Paréntesis, un relato en el espacio profundo

Imagen: NASA (Internet Archive)

Por Fernando Alonso Millán

La única sensación física que sintió fue la suave vibración que produjo la nave de transporte al desacoplarse de la estación. En su interior, sin embargo, los sentimientos que albergaba eran como verdaderos terremotos que removían su alma. Seis meses en plena soledad. En pleno vacío interestelar. Las manos le temblaban por el terror que sentía. Se dijo que si otros habían podido soportar el tiempo de vigilancia durante ese periodo, él también lo iba a poder aguantar. Sin embargo, no se lo creía del todo.
Recordó, mientras abría su petate y comenzaba a sacar las pocas pertenencias que le habían permitido llevarse, las historias que se contaban entre los soldados sobre la gente que había vuelto tras los seis meses de vigilancia en ese tipo de estaciones. Había oído de todo, desde los que habían tenido que ser licenciados por la pérdida total de la cordura, hasta los que habían vuelto como héroes por haber dado a tiempo la alarma ante el ataque del enemigo. Particularmente, tenía en su memoria el caso que se comentó mucho, al poco de comenzar su periodo militar obligatorio, de un cabo que a los dos meses de estar en la estación a la que le habían enviado, se había vuelto loco y había activado la señal de alarma para que fueran a buscarlo. Se comentaba, entonces era un soldado recién ingresado en filas y por lo tanto completamente crédulo, que el cabo en cuestión había sido fusilado por dar la falsa alarma. No estaba en aquel momento ni ahora seguro de que fuera cierto, pero ese tipo de historias pasaban de compañía en compañía con pequeñas variaciones alentadas por los mandos que los querían tener continuamente asustados y atentos a las órdenes.
Como cuando, al cabo de tan solo tres días de haber recibido el traje militar completo, un soldado de su mismo escuadrón se había olvidado de coger la gorra cuando fueron llamados a formar en el patio central del cuartel, y el capitán al pasar revista y verlo destocado, le impuso un castigo de una semana en el calabozo. Nadie, desde entonces, se había vuelto a dejar olvidado ninguna parte de su indumentaria. Se aprende rápido en estas situaciones, se dijo.
En diez minutos ya había vaciado su petate y ordenado en el pequeño armario que había al efecto en la cabina, su ropa y material de aseo. Había intentado llevarse con él su terminal personal con los juegos y entretenimientos que solía utilizar, pero se lo habían confiscado hasta su vuelta. Dio una vuelta por el habitáculo para conocerlo lo mejor posible dado que iba a ser su hogar durante seis meses que, se temió, iban a parecerle eternos. Se componía de una habitación de cinco por tres metros en la que había una pequeña mesa pegada a la pared junto al sistema de producción de alimentos y de bebida. Esto último en realidad era un teclado con seis botones con los que podías elegir las seis comidas preparadas que la estación tenía precocinadas y que se recalentaban y terminaban de cocinarse en el momento de elegirlas. Al lado había un grifo y un lavabo minúsculo donde se podía conseguir el agua para beber. En otra pared se podía ver el centro de control de alarma, que en resumen era una pantalla desde donde se podía visualizar los datos relativos a la estación y los posibles, y, esperaba que nunca ocurrieran, ataques del enemigo. Y por último, se encontraban en la siguiente pared un par de puertas correderas una a lado de la otra que, tras abrirlas, comprobó daban a una baño de un metro cuadrado y a una ducha del mismo tamaño respectivamente.
Se preguntó dónde estaría la cama. Buscó con la mirada y vio la trampilla en el techo que daba al túnel desde donde se podía acceder a la unidad de procesamiento de datos de la estación y por donde él había entrado ya que la nave de trasporte se acoplaba en el punto neutro de rotación de la estación. Había visto fotos de la misma antes de salir de la base de lanzamiento y sabía que se parecía a unas mancuernas que giraba sobre su eje perpendicularmente para crear el efecto de la gravedad. En uno de los extremos estaba el habitáculo y en el otro se podían encontrar los ordenadores y sensores de la estación. En medio se encontraba la compuerta de acceso, ya que en ese punto no había ninguna gravedad que afectase a la nave de transporte. En teoría, le habían dicho, nunca iba a necesitar ir a la otra parte, ya que estaba diseñada para que los automatismos trabajaran sin necesidad de intervención humana. Eso esperaba.
Seguía sin encontrar la cama. ¿Tal vez había que dormir en el suelo? Sin embargo, al poco rato encontró una manilla en la única pared que quedaba libre de aparatos o accesos a los baños, y tirando de ella, comprobó que una pequeña litera se desplegaba hasta formar un lecho donde dormir. Se componía de un delgado colchón envuelto en una tela de material plástico y una almohada sin funda. No había sábanas ni mantas. Sabía, por la clase que había recibido antes de salir hacia la estación, que la temperatura de la habitación nunca caía de los veintidós grados, pero le gustaba dormir con algo por encima para sentirse cobijado. Recordó las instrucciones recibidas para manejar los instrumentos de control. Duraron quince minutos. Cómo conseguir alimentos y agua. Cómo comprobar los sensores de proximidad del sistema de alarma. Cómo activar la alarma si fuera necesario. Y nada más.
Se fijó en lo viejo que parecía todo. Tenía el metal esa pátina brillante en las esquinas de haber sido tocado innumerables veces. Y el olor del aire era rancio y pesado, como si hubiera sido respirado y recirculado muchas veces antes de ahora. Se sentó en la silla fijada a suelo que había junto a la mesa. Le quedaba un poco alejada y no se podía girar ni acercar. Tal vez estaba diseñada para gente más grande que él. No es que fuera un gigante, pero tampoco especialmente pequeño. Se consideraba de un tamaño normal, en la media. Se levantó y se dirigió al centro de control de alarma, esto es, a la silla que también estaba fijada al suelo enfrente de la pantalla de inspección. Debajo de ella había un teclado escamoteable. Lo sacó y pulsó la tecla de encendido. La pantalla de activó y pudo leer, a parte de la fecha, un menú de tres líneas donde se le daba a elegir entre controlar el estado general de la estación, o conocer las condiciones alrededor de la misma en unos cientos de parsecs, o, y esto en grandes letras mayúsculas, la posibilidad de emitir una señal de alarma. Volvió a guardar el teclado en su compartimento y, al cabo de unos segundos, la pantalla se apagó.
Miró a su alrededor y supo que ya había explorado todos los rincones de la estación. Se le cayó el alma a los pies. Iban a ser los seis meses más largos de su vida. Y todo por culpa de una pequeña situación de la que él no se sentía culpable. ¿Cómo iba a saber que ella era sargento si iba vestida de civil? ¿Y cómo iba a saber que ella era la hija del general, si nadie se lo había dicho? Además, estaban fuera de servicio y fuera del cuartel. Pero el marrón le había caído solo a él, con todas sus consecuencias. Degradación de cabo a soldado raso y destierro por seis meses a la maldita estación de vigilancia lejana. Y menos mal, por lo que había oído, que ella lo había intentado defender frente a su padre cuando éste se enteró del tema.
Vigilancia lejana. Y tan lejana. Estaba alejada de todas las rutas comerciales entre los mundos del imperio y la capital. Por suerte, también estaba alejada de los puntos más calientes de la guerra contra los extraterrestres. Los gusanos. Bueno, no parecían gusanos según las fotos que les habían enseñado, más bien osos pero sin pelo. Nunca se había topado con ellos, pero las historias que se contaban en el cuartel eran de lo más variopinto. Comían hombres, decían. O por lo menos te sorbían la sangre. O cosas por el estilo sobre su violencia y degradación. Les tenía auténtico pavor. Llevaban casi cincuenta años de guerra, desde que se toparon con ellos en uno de los brazos espirales más cercanos de la galaxia. Y desde entonces, todos los seres humanos habían estado envueltos en la maldita guerra. Sus padres habían sido llamados a filas. Y sus tíos y tías. Uno de ellos había muerto en una batalla. Por suerte, parecía que últimamente las hostilidades habían bajado de intensidad como si se estuvieran creando unas zonas de influencia más estables para cada raza. O eso se comentaba en el cuartel.
Decidió hacerse con una rutina para poder mantener la estación y a sí mismo ordenado y limpio. Se fijó un horario diario de aseo, ejercicios, comidas y vigilias que le permitieran vivir esos seis meses lo más atareado posible para no aburrirse y lo más pulcro para que cuando fueran a por él vieran que lo tenía todo bajo control. Hizo una lista mental de productos de limpieza que encontró en un pequeño armario al lado de la unidad de alimentación. La lista era realmente corta: un bote de detergente universal, unos guantes y un estropajo. Y el bote estaba mediado. Iba a tener que ahorrar detergente si quería que le durara los seis meses. Se fijó en la hora: las 22:34. Podía cenar algo. Era tarde para todo lo demás ya fuera limpiar o hacer ejercicio o… Nada más. No había nada más que hacer. No tenía videolibros o juegos con los que entretenerse. Ni tenía… Por cierto, por tener no tenía ni un arma con la que poder defenderse si llegaban los gusanos. Miró de nuevo en los dos armarios que tenía la estación y no vio nada parecido a un arma.
Se decidió por cenar algo. Se sentó en la mesa al lado del centro de alimentación o como se llamara y leyó los títulos que cada botón permitía leer. Dos de ellos estaban tan borrosos por el uso que era imposible leer nada. En los otros se conseguía entender las palabras “puré”, “pescado”, “fruta” y “verdura”. Dedujo que en uno de los botones pondría algo como carne y en el otro no se atrevió a imaginarse nada. Se decidió por pulsar el de puré. En ese momento, un mensaje se iluminó debajo del teclado en una pequeña pantalla donde pudo leer durante unos segundos: “Fuera de horario de comidas”. ¿Cómo?, se dijo. Nadie le había dicho nada de horario de comidas. ¿Y cuál sería ese horario? Bueno, tampoco tenía excesiva hambre en ese momento. Se giró hacia el centro de la habitación y se imaginó que los días a partir de entonces iban a pasar muy lentos.
Al cabo de un rato volvió a leer el reloj que tenía enfrente encima del centro de alarma: 22:41. Faltaba un mundo para que se hiciera la hora de dormir. Se volvió al teclado para elegir alimentos y pulsó otro en el que se leía aún “pescado”. La respuesta fue la misma: “Fuera de horario de comidas”. Pulsó uno tras otro el resto de los botones recibiendo como respuesta el mismo mensaje. Se echó las manos a la cabeza y se mesó los cortos cabellos con desesperación. No se podía creer que estuviera en esa situación por culpa de… nadie. Del sistema imperial reaccionario, en todo caso. Todo regido por el sistema de clases. Y lo malo es que él era de la clase media. Le hubiera gustado ser de la clase alta, como la sargento que se había ligado en el bar. ¿Qué diablos hacía una niña de la clase alta en ese bar de mala muerte? Sin embargo, lo habían pasado bien y no se arrepentía de nada. Bueno, se arrepentía de todo, pero como era imposible volver atrás, prefería quedarse como lo bueno de la relación.
Apoyó la cabeza en la mesa de acero y cerró los ojos. Recordaba los años en que aún no tenía responsabilidades viviendo en casa con sus padres. O los primeros años que pasó de soldado recién reclutado que tuvo que hacerse al mundo absolutamente distinto del cuartel. Entonces, pasó malos tiempos rodeado de gente nueva que no conocía y con los que había que tener cuidado de lo que hacías y decías. Ahora añoraba esa sensación de tener a alguien a su lado. Y acababa de empezar el periodo de medio año. Cuando llevara unos meses en soledad, no quería imaginarse lo que iba a sentir. Se decidió por irse a la cama. En realidad era casi la hora en que se acostaban en el cuartel. Abrió la cama y se desnudó quedándose en calzoncillos. Se tumbó sobre el colchón y comenzó a buscar un interruptor que le permitiera apagar la luz. No había nada parecido a eso. Por lo menos alrededor del lecho. Se levantó para buscarlo por el resto de la habitación. Nada. ¿Cómo era posible? ¿No habían puesto un mando que permitiera apagar la luz? En ese momento, la luz se apagó. Miró el reloj de pared y pudo leer los dígitos retroiluminados: 11:00. Estaba automatizado. ¿A qué hora se encendería? Si era igual que en el cuartel, a las seis de la mañana. Tanteando, se dirigió a la cama y se tumbó a dormir.
Al cabo de un rato, seguía despierto. Necesitaba algo que lo cubriera aunque solo fuera una sábana, ya que no hacía frio en absoluto. Abrió los ojos y pudo comprobar que con todos los testigos y leds que había en la habitación había la suficiente luz como para encontrar las cosas en la oscuridad. Se bajó de la cama y cogió la camiseta que había llevado puesta. Se volvió a la cama y se la colocó por encima, cubriéndose mínimamente los hombros. Se sintió mejor. Cerró los ojos, pero seguía sin poder conciliar el sueño. Ahora notaba que había demasiados ruidos provenientes de todos los sistemas electrónicos y de habitabilidad de la estación. Se oían zumbidos, vibraciones y pulsos que despierto con la luz encendida no se escuchaban tan claramente. Por favor, se dijo, esto es insoportable. No voy a poder aguantarlo. Se sentía cansado por el estrés del viaje, pero la excitación le impedía llegar a dormirse. Sin embargo, poco apoco notó que los pensamientos se iban volviendo cada vez más ilógicos y supo que se estaba adormilando.
De repente, se hizo la luz. Se despertó sobresaltado. ¿Dónde estaba? Ah, sí, en la estación de vigilancia. Se fijó en la hora: 6:00. Igual que en el cuartel.
Se levantó del camastro y se dirigió al baño. Mientras orinaba, pensó que todo ese líquido iba a ser recirculado y que al cabo de un tiempo se lo iba a beber. Lo mismo que con el agua de la ducha, se dijo mientras se enjabonaba en el habitáculo diseñado al efecto, pensando que el olor de la misma era un tanto extraño. Al rato, ya estaba vestido y sentado enfrente de la unidad de alimentación, preparado para pulsar un botón y recibir su primer alimento. Pulsó el que ponía “puré”. La pantalla se iluminó con el mensaje “Fuera de horario para Puré. ¿Quería haber pulsado Desayuno?” Y sin poder contestar a la pregunta, el sistema se activó y tras producir unos cuantos ruidos, apareció una bandeja de un solo compartimento en el que se podía ver una masa de color marrón claro. Era una especie de engrudo caliente. Al lado de la apertura donde aparecían las bandejas cayó una cuchara de plástico. En la pantalla, se iluminó un mensaje que ordenaba que tras el uso del dispositivo contenedor, era prioritaria la devolución del mismo para su reutilización. Es decir, se dijo, que devuelva el envase.
Introdujo la cuchara en la masa caliente y cogió una porción de la misma. Con cautela, se la introdujo en la boca y paladeó, también con prudencia, para ver si reconocía algún sabor. Era dulce. Pero nada más. Parecía que hubieran intentado crear un plato de gachas con sabor a café y galletas, todo a la vez, pero sin conseguirlo en absoluto. Por suerte, no sabía mal porque no sabía a casi nada. Era como meterte una pasta caliente y dulce al cuerpo tan solo para conseguir energía y seguir vivo. Cuando terminó de desayunar, introdujo de nuevo la bandeja vacía en el compartimiento del que había salido y vio como desaparecía en las entrañas de la máquina. La pantalla se iluminó de nuevo con el mensaje: “Devuelva la cuchara también.” Lo hizo.
Miró a su alrededor, y vio que no tenía nada que hacer. Bueno, sí: levantar la cama. La cerró y se volvió a sentar. Puedo limpiar la ducha y el baño. Se dirigió al pequeño armario donde se encontraban los útiles de limpieza y comenzó a leerse las pocas instrucciones de uso que llevaba el detergente. Después de leerlo, lo devolvió con cautela a su sitio. En pocas palabras, era puro veneno. Si te caía en la piel te podía hacer quemaduras profundas; desde su aplicación en la superficie a tratar hasta el uso del inodoro, debía dejar pasar al menos dos horas; en caso de ingestión, llamar a urgencias inmediatamente. ¿Llamar a quién? Se volvió a sentar en la silla. Puedo hacer ejercicio, para mantenerme en forma, se dijo. Más animado, se levantó y, tras quitarse el pantalón y quedarse en calzoncillos, empezó a realizar una rutina suave de ejercicios para calentar las articulaciones. Una vez que sintió que sus músculos estaban preparados, aumentó la energía de los movimientos hasta conseguir romper a sudar abundantemente.
Al rato, se detuvo empapado en sudor, respirando fuertemente, y con una sensación de sed enorme. Entre el ejercicio y el maldito engrudo, se dijo, me estoy muriendo de sed. Se dirigió al pequeño grifo en la pared al lado de la unidad de alimentación y buscó un vaso. No había. Por lo menos a la vista. Miró a ver si se le había pasado algún compartimento que le pudiera suministrar alguno, pero no encontró nada. Haciendo cuenco con las manos, abrió el grifo y esperó hasta que se llenó con el delgado chorro que salió, y se lo llevó a la boca. Casi lo escupe. Si no hubiera tenido tanta sed, no se lo hubiera tragado. Sabía horrible. Como a desinfectante o a algún producto químico. Pero necesitaba beber más, con solo un trago, no era suficiente. Volvió a llenar sus manos y volvió a forzarse para tragar el líquido. Lo repitió una vez más pensando que era necesario para estar suficientemente hidratado. Se sentó completamente desmoralizado y con un gusto espantoso en la boca. Quería llorar. De hecho, comenzó a llorar, pero se detuvo pensando que las lágrimas eran un gasto innecesario de líquidos preciosos. Se dirigió a la ducha para quitarse el sudor. Después de desnudarse, abrió el grifo, pero no salió ni una gota. Una pequeña ventana se iluminó durante unos segundos donde puedo leer: “Permitida una ducha al día”.
Dos horas más tarde seguía desnudo, sentado en la silla de la unidad de vigilancia, pensando que lo mejor iba a ser hacer los ejercicios antes de la ducha de la mañana. O tal vez, primero desayunar, después hacer los ejercicios y después ducharse. Entonces, pensó, casi mejor no hago nada que me obligue a sudar. El sabor del agua es espantoso. Eso iba a hacer, nada. A la mierda. Ni ejercicios, ni ducha ni nada. Que se jodan. ¿No lo habían metido en ese calabozo del que no se podía huir? Pues no pensaba hacer nada. Como si se pudre todo. Que vengan a los seis meses a por él, y adiós a toda esa mierda. Más animado con las ideas negativas que había podido pergeñar, se levantó y se vistió de nuevo solazándose en ponerse una ropa sucia encima de una piel sudada. Bajó la cama y se tumbó mirando al techo. Al rato sintió de nuevo sed. Cabizbajo, se bajó para dirigirse al grifo.
Pasaron las horas lentamente. Muy lentamente. Se encontró deseando beberse una cerveza. De hecho, se encontró anhelando estar borracho. Por lo menos, no se sentiría tan aburrido. Miró el reloj. Faltaba una hora para la comida, en el caso de que se mantuviera el mismo horario que en el cuartel. Pulsó de nuevo el botón de Pescado y volvió a leer el mensaje: “Fuera de horario de comidas”. Lo pulsó de nuevo cuando el mensaje desapareció de la pantalla. “Fuera de horario de comidas”. Miró el reloj. Una hora aún. Pulsó de nuevo. “Fuera de horario de comidas”. Una hora. Se giró hacia la unidad de vigilancia. No, se dijo, Centro de control de alarma. Se dirigió hasta la silla del centro de control de alarma y se sentó lentamente. Sacó el teclado, y pulsó el botón de encendido. La pantalla se iluminó mostrando el menú principal.
Eligió la opción 1. Se desplegó un listado informativo donde se podía leer que todos los procesos vitales eran correctos: tanto el sistema de producción de energía como el de recirculación de aire y el de agua funcionaban perfectamente, y que el proceso de mantenimiento de alimentos era el adecuado.
Pulsó la tecla de Retorno. Se decidió por pulsar esta vez el número 2. Se desplegó una pantalla donde se podía leer que no había ninguna alarma.
Y pulsó la tecla de Retorno. Se fijó en el teclado. Era un modelo estándar, es decir, con todas las letras y símbolos que se necesitan para manejar un ordenador normal. Bueno, un ordenador que no funcione por órdenes verbales, claro. Eso le hizo pensar en dos cosas: la primera, que desde hacía ya unos cuantos años nadie utilizaba teclados como ese. Y dos, ¿para qué diablos habían puesto un teclado estándar, si tan solo se podían utilizar cuatro teclas específicas? Tal vez, si pulsaba alguna de función… por ejemplo F1, se mostraría en pantalla algo distinto, más información, o vete a saber. Levantó el dedo y lo posicionó sobre el botón donde se leía F1. Dudó. ¿Y si eso activaba alguna alarma que implicara sufrir algún tipo de malas consecuencias? Separó lentamente el dedo de la tecla. Empujó el teclado hacia el hueco donde se escamoteaba y esperó a que la pantalla de apagara.
Siguió esperando. Por fin, llego la hora de comer. Se sentó frente a los botones donde se podían elegir las distintas comidas y se decidió por pulsar el que ponía “Pescado”. La máquina volvió a producir una serie de ruidos y al cabo de un minuto apareció una bandeja como la del desayuno y un tenedor de plástico. La sacó del hueco y miró la masa uniforme que descansaba en el único compartimento del recipiente. Era de color blanquecino, casi lechoso y no producía ningún olor. Cogió una pequeña porción de la masa y se la llevó a la boca. Casi no tenía sabor a nada. Tal vez se podía adivinar un lejano gusto a… ¿salsa de champiñones? A pescado, seguro que no. La textura era idéntica a la del desayuno: a engrudo. Y la temperatura también era la misma. Dejó la bandeja a un lado y decidió pulsar el botón donde se podía leer “Fruta”. Se iluminó un mensaje en el que se explicaba que tan solo se podía elegir una comida en cada periodo de alimentación. Se le cayó el alma a los pies. ¿Solo se podía elegir una comida? Pero las porciones eran realmente escasas. Iba a pasar hambre. Otra causa más para no hacer ejercicio diariamente y no malgastar energías. Cogió de nuevo la bandeja con la comida y empezó a comer metódicamente. Intentaba tragar la masa lo más rápidamente posible para que estuviera el menor tiempo posible en su boca. En un par de minutos ya lo había acabado. Metió el tenedor en la bandeja y la volvió a encajar en el compartimento de donde había salido. El sistema la recogió y la introdujo en su interior. Esta vez no le pidió que devolviera el cubierto. En ese momento se preguntó para qué habían diseñado el sistema para haber soltado un tenedor si la textura tanto del desayuno, donde había utilizado una cuchara, como de lo que fuera que se acababa de comer, era la misma. Prefirió no pensar en ello.
Miró el reloj. Faltaban casi siete horas para la cena. Tal vez, se animó, hubiera merienda. Lo intentaría a eso de las seis. Sintió sed. El maldito engrudo le producía mucha sed. Se levantó y, tras prepararse mentalmente, abrió el grifo y bebió cuatro buches de agua. Eso sí que sabía y olía. Horrible, pero sabor y olor, sí que tenía. Se volvió a sentar y comenzó a añorar las comidas de su madre. Incluso las de su padre, sobre todo los fines de semana que, no sabía muy bien por qué, era cuando cocinaba él. Recordó los años de juventud, en el barrio jugando con los vecinos y cuando se hacía la hora de comer, recibir la llamada de sus padres para que volviera a casa. A veces, si el juego estaba muy interesante, no hacía caso y le tenían que llamar dos veces para que fuera a comer. Entonces, tenía que soportar la reprimenda de su madre durante unos minutos como precio a pagar por haber estado jugando un rato más. Echaba en falta esos ratos de estar en familia. En ese momento, hubiera dado dinero por recibir una buena riña de sus padres. Cualquier cosa en lugar de estar a solas consigo mismo en mitad de, literalmente, la nada.
Comenzó a sentir un poco de sopor. Me puedo echar la siesta, pensó. Se fijó que no había vuelto a subir la cama, por lo que se tumbó en ella. En ese momento decidió no volver a bajar la cama nunca. Así parecía que la habitación estaba menos vacía. Cerró los ojos y dejó que la mente vagara libremente de un pensamiento a otro. Recordó esas películas donde un psicólogo o un hipnotizador le piden a un paciente que ponga la mente en blanco. ¿Cómo diablos se pone la mente en blanco?, pensó. Intentó no pensar en nada, pero rápidamente le venían recuerdo de su juventud, o del cuartel, con el resto de la tropa, o de la relación con la sargento, causa de estar en ese momento intentando no pensar en nada. Se dio un par de vueltas en la cama intentando encontrar la posición más cómoda, hasta que se quedó dormido.
Se despertó con la boca seca. Miró el reloj. Las cinco treinta y seis. Se levantó torpemente de la cama y haciendo un esfuerzo, volvió a beber agua. Se dirigió al baño y orinó preguntándose cuanto tiempo pasaría hasta que ese mismo líquido volviera a su cuerpo una vez fuera procesado. Se volvió a sentar en la silla junto al sistema de producción de alimentos. Desde ahora, pensó, a esta zona la llamaré la cocina, y, mirando al centro de control de alarmas, a esa otra, la oficina. No, mejor el despacho. Eso es. La cocina aquí, ahí el despacho, allí el baño, y la cama, el dormitorio. Más contento por haber creado un hogar mentalmente donde iba a pasar los próximos meses, se dirigió al despacho y se sentó. Sacó el teclado de su compartimento y pulsó el botón de encendido. Se iluminó la pantalla y el menú principal se mostró esperando una orden. Pulsó el uno y pudo leer que todos los elementos de la estación funcionaban correctamente. Volvió a guardar el teclado en su sitio y esperó los segundos necesarios hasta que la pantalla se apagó. ¿Cuántos segundos estaba iluminada la pantalla hasta que se apagaba? Volvió a sacar el teclado y encendió el sistema. Lo recogió en su compartimento y contó mentalmente hasta que se apagó la pantalla de nuevo. Quince segundos. Segundo arriba o segundo abajo, se dijo. Volvió a repetir la acción y se confirmó en su idea de los quince segundos.
Miró el reloj y leyó la hora: las cinco y cuarenta y dos. Se levantó y se dirigió a la cocina. Pulsó el botón donde aún se podía leer Fruta. Se iluminó el mensaje de estar fuera del horario de comidas. Tenía hambre. Pulsó el botón donde no se leía nada por haberse borrado el letrero. La misma respuesta. Con un suspiro, se relajó en la silla de la cocina. O lo intentó. No era nada cómoda. Muy dura y el respaldo demasiado alto como para reclinarse hacia atrás. Se levantó de la silla y se tumbó en el suelo. Al poco rato, lo encontró demasiado duro. Reptó hasta una de las paredes y se sentó apoyándose en la misma. Mejor así, se dijo. Miró el reloj. Faltaban tres minutos para las seis. Mantuvo la vista en los dígitos de la pared y vio como cambiaban. Dos minutos. Siguió mirando. Un minuto. Se levantó para sentarse en la cocina. Esperó y cuando el reloj indicó las seis en punto, pulsó el botón de Fruta. Oyó los ruidos típicos dentro de la máquina que le proporcionaba la comida y sonrió. ¡Bien!, se dijo, hay merienda. Esperó a que saliera la bandeja y el cubierto, y los recogió del compartimento. Vio que esta vez la masa uniforme que iba a tener que comerse era de color beige claro. Lo acercó a su nariz y no consiguió distinguir ningún olor. Cogió una porción y la introdujo en la boca. Intentó descubrir algún sabor, pero como mucho, siendo muy generosos, parecía saber lejanamente al típico sabor de algo que en teoría debería saber a vainilla. Siendo muy generosos. Con un suspiro, lo devoró rápidamente ya que sentía realmente hambre. Rascó todos y cada uno de los restos que se habían quedado pegados en las paredes de la bandeja y la devolvió, junto con la cuchara, a su sitio para su, esperaba, limpieza y próximo uso.
Así, pues, se dijo, el desayuno es a las seis de la mañana, la comida a las dos, la merienda a las seis de la tarde y la cena a las diez de la noche. Como en el cuartel. Se mantuvo sentado un largo rato en la silla. Cuando la postura comenzó a ser una tortura, se tumbó en el suelo. Se dio cuenta que tenía que cambiar de postura cada cuarto de hora más o menos. Se sentó con la espalda apoyada en la pared y relajó todos los músculos del cuerpo. Fue resbalando poco a poco hacia la izquierda hasta volver a estar tumbado con el dorso apoyado en el suelo y el tabique. Descubrió que era una postura bastante cómoda, por lo que la mantuvo un rato largo. Miró el reloj. Las ocho y diecinueve. Bueno, se dijo, en una hora y cuarenta minutos, a cenar.
La luz se encendió. Abrió los ojos y los volvió a cerrar con un suspiro. Había tenido un extraño sueño en el que sus amigos de juventud habían quedado con él para ir a bañarse al lago del pueblo. Pese a llegar al punto de reunión a la hora convenida, ya no estaban allí, esperándolo, y los veía alejarse en las bicicletas hacia la zona de baño. Sin embargo, pese a que los persiguió pedaleando fuertemente, no conseguía alcanzarlos, incluso perdía terreno, y dejaba de verlos a lo lejos. Pensando que los podría encontrar en la orilla donde solían bañarse, se dirigió hacia allí, y cuando llegó, no había nadie. Miró a su alrededor, y los vio en el camino de regreso al pueblo, con los trajes de baño húmedos como si estuvieran volviendo de la jornada de baño. No puede ser, se había dicho, no les ha podido dar tiempo de bañarse si aún es pronto y acabo de llegar justo detrás de ellos. Sin embargo, se fijó que el sol se estaba poniendo ya y que la hora de cenar estaba realmente próxima. En ese momento se había encendido la luz y supo que todo había sido sueño. Lo que no sabía era si el suspiro que había dado era de alivio por haber salido del extraño sueño o de tristeza por haber entrado en la dura realidad.
Se levantó de la cama para dirigirse al baño. Una semana, se dijo, llevo aquí una semana y he entrado ya en una rutina vital. Por suerte. Creo. Se desnudó y orinó en la taza. Mierda, pensó, la meada es realmente oscura. Me estoy deshidratando. Había oído que cuando tenías la orina muy oscura era porque a tu cuerpo le faltaban líquidos. Sabía que estaba bebiendo poco agua, ya que no conseguía acostumbrarse al espantoso sabor de la misma. Encima, el engrudo que tenía por comida, no ayudaba en nada a la hidratación. “Al contrario.”, dijo. “Eso me está matando.” Sin embargo, tras la ducha, se vistió con unos calzoncillos limpios y la camiseta del día anterior y se sentó en la cocina. Pulsó el botón de desayuno y esperó a que saliera la bandeja con la comida. Cinco minutos más tarde, ya había terminado de desayunar y había conseguido forzarse a beber unos cuantos tragos de agua. O de lo que fuera eso que salía del grifo.
Se tocó la cara y sintió la barba de tres días en su mano. Bueno, puedo afeitarme. Eso era bueno. Por lo menos tendría algo que hacer durante un rato. Sacó la maquinilla de afeitar del cajón donde tenía sus pertenencias y se dirigió al único espejo de la estación, que se encontraba en la ducha. Se pasó la máquina por la cara, pensando que si su sargento le hubiera visto con la barba tan crecida le hubiera metido un paquete importante. Entonces, se fijó en su cabello. “¡Hostias! ¿Cómo me voy a cortar el pelo si no tengo tijeras?” En seis meses, pensó, le iba a crecer bastante. Seguro que no pasaré una revista ni con el sargento borracho. Como solía ir, por cierto.
Al día siguiente procedió a lavarse la ropa en el pequeño lavabo al lado de la cocina. Como tan solo utilizaba calzoncillos y camiseta ya que para la temperatura de la estación era suficiente, el proceso era rápido. Demasiado rápido ya que el resto del día se lo pasaba sentado. O tumbado. Pensando. Recordaba el cuerpo tan denso y la piel tan suave de la sargento con la que había estado una sola noche. “Joder, era guapa. Muy guapa.”, dijo. Se sintió excitado. Aún recordaba en sus manos el tacto de la piel de la chica, sus pechos coronados por dos pezoncitos, su culo redondo, su… Me la voy a machacar, pensó dirigiéndose al baño. Sin embargo, antes de llegar, se imaginó la estación llena de cámaras de vigilancia que alguien estaba viendo. O tal vez no en directo, pero sí cuando vinieran a por él comprobaran las grabaciones… si es que había cámaras. Tal vez. No, ¿para qué? ¿Cómo iba a grabar las veinticuatro horas de estancia de un pringado como yo?, se pensó. Sin embargo, continuó, son militares, y están locos, como putas regaderas. Notó cómo la libido desaparecía de golpe, y se volvió cabizbajo a la silla donde estaba sentado.
Otro día. Miró el reloj: las doce y dieciséis. Miró la pared de acero. Volvió a mirar el reloj: las doce y dieciséis. La pared de acero seguía ahí. Estaba tumbado en la cama, ahorrando energías. Su estómago estaba dando señales de alarma, ya que no había ingerido comida desde hacía seis horas. Por lo menos, en el cuartel, a estas horas ya habrían parado una vez de hacer instrucción y podían haber ido a la cantina a comer algo. Solía almorzar un bocadillo de bacón con queso. Y un café. “O mierda.”, dijo en voz alta,” ¡Como me gustaría tomarme un café!” Aunque fuera el del cuartel, que no era el mejor del mundo. “O una cerveza, o…” Abrió los ojos de golpe. Estaba hablando solo. Pensó que eso era síntoma de locura. O algo así, por culpa de la soledad. Debo intentar controlarme. No debo hablar solo. Eso, es, pensar sí, pero hablar en voz alta, no. Pensar, solo pensar. Y si fuera posible no pensar, mejor. Pero eso era inviable, por lo que su mente de forma rápida giró a recordar la época en que sus padres le permitieron por primera vez tomar una cerveza. Era un sábado y estaban celebrando algo, aunque no recordaba qué era. Sin embargo, no les había dicho que tres o cuatro meses antes, ya había comenzado a beber alcohol a escondidas con sus amigos en casa de uno de ellos, que sabía dónde guardaba las botellas su padre. Habían abierto una de whisky y habían probado cada uno de ellos el licor. Recordaba el fuego que sintió cuando el líquido bajaba por su garganta y las toses que eso le produjo. Y las risas de los demás cuando lo vieron ponerse rojo. Sin embargo, las bromas se volvieron en contra de los demás cuando el resto de amigos tuvieron la misma reacción ante el licor.
Abrió los ojos de golpe. Miró el reloj: las catorce y dieciséis. Se levantó de la cama y saltó a la cocina. “Mierda, mierda, mierda. ¡Me he dormido¡”, dijo, mientras pulsaba el primer botón que acertó a ver. Esperó un segundo conteniendo la respiración y leyó con horror el mensaje que se iluminó: “Fuera de horario de comidas”. No se lo podía creer. Pulsó otro botón con el mismo resultado. Se echó las manos a la cabeza mientras veía como le mensaje se mantenía iluminado durante unos pocos segundos y se apagaba de nuevo. No sabía si reír o llorar. Soy idiota, se dijo, soy el más idiota del mundo. Estuvo a punto de empezar a darle patadas a la máquina, pero supo que no iba a servir de nada salvo romperla y quedarse sin comida a partir de entonces. Además del lío en que se metería cuando vinieran a por él y la vieran rota a golpes. Claro, que para entonces estaría muerto. “Qué tonterías pienso”. Mierda, había vuelto a hablar en voz alta. Cállate, se ordenó a sí mismo, ¡Cállate!
La merienda apareció a los pocos minutos de haber pulsado el botón correspondiente. Esta vez no había permitido que el horario lo cogiera por sorpresa. Además, el hambre que sentía le habría impedido volver a quedarse dormido. Cogió la cuchara y comió lentamente la pasta ofrecida por la máquina. Quería que durara lo máximo posible. Tal vez así, se dijo, le alimentara más. O le durara más la sensación de plenitud. Sin embargo, nada más acabar con la comida, supo que se podía haber engullido otras dos porciones iguales sin ningún problema. Devolvió la bandeja y la cuchara al sistema y vio cómo desaparecía en su interior. ¿Cómo sería por dentro esa máquina? Se la imaginaba como un conjunto de seis depósitos de pasta que dispensaban según la solicitud. O tal vez fuera un sólo depósito y justo antes de emplatarlo en la bandeja, se mezclaba con un colorante que a su vez le daba un lejano sabor indeterminado. Tal vez nunca lo supiera.
Se quedó sentado en la silla, sin moverse. Había decidido realizar la menor cantidad de movimientos en aras de ahorrar la mayor cantidad de energía. Sin embargo, al cabo de un rato, la posición le obligó a levantarse y dejarse caer en la cama. Tal vez en horizontal, podría estarse más tiempo quieto. El estómago le estaba enviando señales de hambre. Cuanto más pensaba en comida, más necesidad de comer sentía. No recordaba momentos en su vida que hubiera tenido una sensación de hambre tan fuerte. Ni cuando estaba de maniobras en las marismas con las largas jornadas de caminar de un sitio a otro con tan solo unas pocas raciones de campaña que les había suministrado. Entonces, el hambre era algo menor en comparación con el cansancio y agotamiento generalizado que había sentido. Además, el hecho de saber que al cabo de unos días iban a volver al cuartel y una vez allí podrían reponerse, era algo incomparable a la percepción de inmensa soledad e indefensión que sentía en ese momento.
Tengo que pensar en cosas positivas, se dijo. No sé, en los viajes que había hecho con sus padres cuando habían estado de vacaciones en la costa. Joder, entonces iban de restaurantes a ponerse… No, no pienses en comida. Piensa en otras cosas, Tal vez, los estudios. O los amigos, en el instituto. De repente, se acordó del compañero de clase que estaba todo el día pensando en cosas extrañas. Hablaba de espíritus y del más allá. Todos se reían de él. Era delgaducho y alto como un palo. Estaba siempre meditando, según sus palabras. Y decía que tenía un truco para poder hacerlo, aunque el resto del mundo estuviera haciendo ruido a su alrededor. Pero ¿cómo lo hacía? Intentó acordarse. Se sentaba pegado a la pared. Hizo eso. Entonces cerraba los ojos. Lo hizo. Y… ¡la respiración! Recordó que decía que el truco consistía en sentir la respiración. Comenzó a respirar lentamente. Se concentró en sentir el aire entrar y salir de sus pulmones. Podía oír la corriente entrar y salir de su cuerpo. Lentamente, fue relajando los músculos y los tendones. Se sintió algo mejor. No está mal, se dijo. Tal vez deba practicar más esto.
Los días pasaron lentamente. “Dos meses. Llevo aquí dos meses.”, dijo. Se dio cuenta que había hablado solo, pero ya no le molestaba. Parecía que escuchar su propia voz calmaba levemente la soledad que sentía sobre él. Se sentó en el suelo con la postura en lo que había empezado a llamar La Posición. Consistía en cruzar las piernas y dejar reposar los brazos a sus costados. Entonces, levantaba la mirada hacia el reloj y comenzaba a respirar lentamente. No quería volver a perderse una comida. Sin embargo hubiera sido más fácil si hubiera podido hacerlo con los ojos cerrados. Escuchaba el aire moverse dentro de su cuerpo, entrar y salir regularmente, como un metrónomo. Lentamente, dejaba de sentir las piernas, como si su sistema nervioso desconectara esa parte del cuerpo. La primera vez que lo sintió, se había quedado alucinado. Incluso le dio algo de miedo el pensar que su mente pudiera realizar esas cosas. Después, dejaba que sus brazos inertes se disolvieran también. Tan solo sentía el cuerpo respirando lenta y rítmicamente. Desde hacía unos pocos días, incluso el estómago había comenzado a desvanecerse, lo que le permitía no sentir la sensación de hambre que siempre tenía.
De repente, dejó de sentir la respiración. De hecho, había dejado de sentir completamente su cuerpo. Comprobó que seguía despierto y que el reloj continuaba cambiando lentamente los dígitos. Pero ya no notaba ningún órgano ni músculo. Intentó mover una mano y rápidamente volvieron los sentidos a percibir su piel y las uñas contra el suelo. Se maravilló ante su poder de concentración. Cada vez le costaba menos entrar en ese estado de aletargamiento. Y conseguía que el tiempo pasase más rápidamente para su mente. De hecho, ya era casi la hora de comer. Se levantó y se dirigió a la cocina pensando qué botón pulsar esa vez.
Cuatro meses. Se miró en el espejo del baño. Vio a un tipo delgaducho con una barba respetable. Hacía más de un mes que había decidido no afeitarse. La maquinilla que se había traído para ello estaba empezando a fallar. Lo cierto es que era realmente vieja, regalo de su padre. Así que había pensado que se volvería a afeitar unos días antes de que regresaran a por él. Nadie se daría cuanta. Salvo que realmente hubiera cámaras de seguridad instaladas en el habitáculo. Pero las había buscado y no había encontrado ninguna. Tendrían que estar realmente bien escondidas, porque la exploración había sido profunda. Tenía todo el tiempo del mundo para perder en esas cosas.
Pese a los intentos de ahorrar energía estando el mayor tiempo posible meditando o simplemente tumbado en la cama, sentía que había perdido mucho peso. Se le notaban los huesos de las clavículas y de las muñecas. Además sus brazos ahora eran mucho menos musculados. Salió de la ducha y se secó con la camiseta del día anterior. Se puso unos calzoncillos y se dirigió a la cama. Se tumbó y cerró los ojos. Tenía cinco horas por delante para dormitar un poco. Había conseguido dejar pasar el tiempo simplemente tendido pero calculando de forma inconsciente el tiempo que faltaba para la siguiente comida. Comenzó a canturrear una tonadilla que se había inventado. “Debería ponerle letra.”, dijo. Siguió canturreando.
De repente, un pitido estridente comenzó a escucharse en toda la habitación. Se levantó de golpe buscando con la mirada de dónde procedía. Se fijó que la pantalla del Centro de Control de Alarma estaba encendida y mostraba un mensaje parpadeante que señalaba que se había captado un objeto dentro del radio de los sensores. Se sentó en la silla y sacó el teclado, con manos nerviosas. Pulsó la tecla para que le mostrara el entorno de la estación y apareció un mensaje que señalaba que un meteorito estaba en las cercanías de la estación y que se preparara para un posible impacto. “¡Un impacto! ¿Cómo me preparo para un impacto?” Miró a su alrededor y no vio nada donde cobijarse. Se aferró a la mesa y esperó mirando la pantalla. El pitido seguía sonando. Le estaba volviendo loco ese ruido tan agudo. Pasaron tres o cuatro minutos y súbitamente, el ruido cesó y en la pantalla volvió a aparecer el mensaje de “No hay alarmas”. Después se apagó. Se quedó uno o dos minutos completamente quieto. Se fijó que seguía aferrado a la mesa, por lo que relajó las manos y se soltó lentamente. “¿Ya está? ¿Ya ha pasado todo?”, dijo. Guardó en su sitio el teclado, y se volvió a la cama. Se tumbó de nuevo, pensando en lo indefenso que estaba, Y en lo indefenso que se sentía. Pasara lo que pasara, no tenía ninguna posibilidad de respuesta. Si había un golpe con un meteorito o cualquier otra cosa que hubiera en el espacio, no podía hacer nada para salvarse. No había trajes espaciales, ni una cápsula de socorro. Nada. Y si llegaban los gusanos, no tenía ninguna posibilidad de defensa. “¿Qué mierda es esta? ¿Para qué nos mandan a estas estaciones de vigilancia si está todo automatizado? ¿Para pulsar un puto botón cuando se acerque el enemigo? Y luego, ¿qué? ¿Tirarles los calzoncillos sucios?” Entonces comprendió que allí sólo enviaban a los que se metían en problemas y a los que les molestaban por haber hecho o dicho algo en contra del Emperador o alguno de sus acólitos. Estaba realmente enfadado. Se dio cuenta que era la primera vez desde que estaba allí que estaba enfadado con el sistema. Y eso lo enfureció más, esta vez contra sí mismo, por seguir todos los preceptos sociales que se esperaba de él.
Decidió relajarse para no sufrir más de la cuenta, por lo que adoptó la Posición y dejó que la mente vagara fuera de su cuerpo. Sin embargo, notaba con cierta alegría que el enfado se mantenía vivo en el fondo de su ser, permitiéndolo ver la situación personal de otra forma a partir de entonces.
Durante los dos meses siguientes, no se produjeron más señales de alarma. Aunque el mero hecho de que se acercara la fecha de su regreso a la humanidad, lo estaba empezando a poner realmente nervioso. Todos los días activaba la pantalla de Centro de control de alarma y leía la fecha que mostraba: cinco de enero del año 20130. Al día siguiente, seis de enero. Al siguiente, siete de enero. Las horas se le hacían todavía más largas de lo normal. Cuando pensaba en los primeros días que había pasado en la estación le parecía algo muy lejano en el tiempo. Y a la vez, parecía que había sido ayer cuando la trampilla del techo se había cerrado detrás de él dejándolo en la más absoluta soledad.
Un día antes de la llegada de la nave de regreso, se afeitó la abundante barba. Le costó un buen rato, ya que con la maquinilla de afeitar los largos pelos se atascaban y tenía que limpiarla cada pocos segundos. Por fin se miró al espejo y descubrió una cara enjuta enmarcada con una melena de color castaño en la que asomaban aquí y allá unas tempranas canas. Casi no se reconocía. Nunca había llevado el pelo largo. Mucho menos esa melena sucia e hirsuta. Pero se estaba quedando sin champú para lavarse y había tenido que economizarlo desde hacía unos cuantos días. Ya no importaba, en unas horas saldría de allí. Decidió que la mañana siguiente se daría una buena ducha aunque gastara los últimos restos del jabón. Miró el suelo del habitáculo todo lleno de residuos de la barba y se dirigió al armarito donde guardaba los productos de limpieza. “¿Y si no lo limpio?”, dijo deteniéndose en el centro de la habitación, “¿Y si lo mando todo a la mierda?” Sin embargo, decidió no forzar la suerte por si eso lo metía en problemas y continuó hasta el armario. Se puso los guantes, sacó una pequeña esponja y el bote de detergente, del que casi no quedaba nada. Una vez en la ducha, vació el envase completamente y, respirando lo menos posible los efluvios que manaban, limpió apresuradamente el habitáculo. Después cerró la puerta y… se dio cuenta que no había ningún lugar donde tirar el bote vacío. No había cubo de basura. Alucinado, se dio cuenta que no había producido desperdicios. Claro, la comida no producía basura, y nada de lo que le habían permitido traer era para tirar. Tal vez, al día siguiente, el bote de champú. Así que devolvió la botella vacía al armario junto a los guantes y el estropajo, y lo cerró. Se tumbó sobre la cama a esperar la hora de la comida.
El día había llegado. Se había duchado y lavado el pelo con los últimos restos de gel de baño y había intentado, sin demasiado éxito, peinarse con los dedos a falta de un peine que no tenía ya que nunca lo utilizaba debido al corte militar que debía llevar en el cuartel. Se había vestido con los pantalones, la única camiseta limpia y los zapatos reglamentarios con sus correspondientes calcetines. Al ir a abrocharse el pantalón, se había dado cuenta de la pérdida de peso cuando tuvo que apretarse varios centímetros del cinturón para que no se le cayeran al suelo. Había metido en su petate las pocas pertenencias que poseía y se había sentado a esperar la llegada de la nave que lo devolviera a casa. Miró el reloj: las once y siete. Los últimos días se le habían hecho eternos, como si cada minuto que pasaba durara como una hora. Pero por fin el día había llegado.
Pasó el tiempo y llegó la hora de la comida. Se estaba empezando a poner nervioso. No sabía a qué hora llegarían a por él. Intentó recordar a qué hora lo habían dejado cuando lo abandonaron en la estación y creía recordar que había sido por la tarde. Se levantó de la silla del despacho y se sentó en la de la cocina. Pulsó el botón de Pescado. Esperó los dos minutos que necesitaba el sistema en soltar la bandeja y comenzó a comer mecánicamente. “Espero que esta sea la última bazofia que coma.”, dijo. Devolvió la bandeja y el cubierto a la máquina nada más acabar con la comida y volvió a esperar. De repente, se le hizo un nudo en el estómago. Estaba pensando si el sistema de vigilancia no debería haber captado la nave espacial varios días antes ya que en teoría, según le habían dicho, el área de vigilancia alcanzaba varios parsecs. Se dirigió a la silla del despacho y sacó el teclado para activar la pantalla. Apareció el menú principal y pulsó la tecla 2. No había ninguna alarma activada. ¿Qué significaba eso? ¿Era normal? Tal vez, se dijo, las naves emitían un código de reconocimiento y la estación, por lo tanto, no daba la alarma. Según recordaba, cuando lo trajeron, no había ninguna alarma sonando en el habitáculo. “Mierda, podían explicar estas cosas cuando te mandan para aquí.”, dijo. Se notaba el corazón latiendo a un ritmo muy alto. Estaba realmente alterado. Cerró los ojos para tranquilizarse. Comenzó una rutina de respiración y meditación. Se había hecho un experto en el tema durante esos meses. Poco a poco, notó que su cuerpo se relajaba y su corazón latía más lentamente.
Cuando volvió a abrir los ojos, la pantalla de Centro se había apagado. La volvió a encender y leyó la fecha: 10/01/2130. Era el día. Recordaba perfectamente que el sargento le había dicho que la fecha de recogida iba a ser el día 10. Lo había grabado el su mente a fuego. Día 10, seguro. “¡Venga, joder! Venid de una puta vez.” Se levantó y comenzó a dar vueltas por la habitación. Al pasar al lado de la cama, la levantó para que no le molestara al dar los giros. Se echó las manos a la cabeza y descubrió que no se había puesto la gorra. Abrió el petate y la descubrió al fondo del mismo. Se la puso como pudo ya que el volumen extra de cabello le impedía calársela según el reglamento militar. Dio dos vueltas más y se quitó la gorra. Le molestaba el que estuviera a punto de caérsele y encima le daba calor en la cabeza. La puso sobre el petate y continuó andando. Al poco rato, se sintió cansado. Estaba realmente en muy baja forma y débil. Se sentó en la silla de la cocina a esperar.
Siguieron pasando las horas y llegó el momento de la merienda. Comió fruta. Y siguió esperando. Y comió puré para la cena. Y cuando la luz se apagó, se sintió morir. Estaba completamente desmoralizado. Se levantó de la silla y, tras bajar, la cama, se tumbó vestido sobre el colchón. “Tiene que venir, Tienen que venir.”, decía, “No me pueden dejar aquí más tiempo. Ya han pasado los seis meses.” Los minutos se convirtieron en horas y seguía despierto. No me lo puedo creer, se dijo, “¿Por qué no han venido aún? ¿Se habrán retrasado? Tal vez han tenido alguna avería que les ha impedido llegar a tiempo.” Comenzó a tararear. Cuando se cantaba, se sentía un poco mejor. Sabía que parecería un loco, pero prefería eso a sentirse completamente abatido. ¿Qué canción estaba tarareando? “¡Ah, sí! Long way home.” Se había hecho famosa hacía un año durante un mes más o menos y en el cuartel todos la cantaban.
La luz se encendió a las seis en punto. Abrió los ojos lentamente sintiéndose completamente adormilado. Hacía tan solo una hora y media que había conseguido dormirse. Tuvo el impulso de levantarse, desnudarse y dirigirse a la ducha, pero en ese momento recordó que ya no le quedaba gel de baño. Se quedó sentado en la cama un rato. Miró la silla de la cocina y decidió desayunar. No tenía hambre, pero sabía que debía alimentarse. Pulsó el botón que activaba el desayuno y esperó a que la máquina se lo presentara. “No me puede estar pasando esto a mí. No me puede estar pasan esto a mí. ¿Por qué a mí? ¿Por qué yo?” La máquina le respondió depositando una bandeja llena de la masa diaria de comida. La sacó del compartimiento y comenzó a engullirla sin sentir ningún gusto en la boca. Cuando terminó, devolvió la bandeja y se quedó quieto pensando si tal vez quitarse los pantalones que le estaban dando mucho calor o dejárselos puestos por si aparecían de repente a por él. Se decidió dejárselos ya que no se podía imaginar que se hubieran olvidado de ir en su… rescate. Eso es, se trata de un rescate, se dijo.
Su cabeza iba dando vueltas según pasaban las horas. A la hora de la comida, seguía negando su mala suerte. “No me lo puedo creer. No es posible.”, dijo. A la hora de la merienda, había decidido quitarse los pantalones y los zapatos, pero dejarlos bien a mano para cuando llegaran, aunque fuera de improviso. “Bueno, de improviso ya no pueden llegar, pues estar tardando, pero quiero decir que si los dejo sobre la mesa del despacho, me daría tiempo a ponérmelos.”, habló para sí. Esa noche durmió mucho mejor ya que el sueño acumulado lo dejó aletargado rápidamente.
Al día siguiente, abrió los ojos y se levantó como un autómata para ir a orinar. “Joder. Estoy meando marrón. Estoy jodidamente deshidratado.” Se dirigió al grifo al lado de la cocina y mientras esperaba que el sistema de producción de alimentos soltase la bandeja con el engrudo de la mañana, bebió varios buches de agua. Le seguía pareciendo un sabor espantoso. La masa del desayuno mitigó bastante el mal sabor de boca que le había dejado el agua. Pero seguía persistiendo en su boca. Eso lo enfadó mucho: “¡Vaya mierda de agua! ¡Vaya mierda de comida! ¡Vaya mierda de todo, joder!” Tiró la bandeja vacía por el suelo y le dio una patada. Pese a ser de plástico, le hizo daño en el pie desnudo. “¡Coño! ¡Su puta madre!”, gritó, mientras se masajeaba los dedos afectados por el impacto. Se sentó en la silla de la cocina mientras murmuraba: “Vaya mierda de vida, hostias. Vaya mierda de vida.” Poco a poco el dolor fue remitiendo, pero su enfado interior crecía lentamente. “Cabrones, ¿Por qué no venís ya? Hijos de puta, ¡venid a por mí!” Con el rabillo del ojo, vio una luz encenderse en la mampara de la cocina: era el mensaje en el que ordenaba la devolución de la bandeja y el cubierto. “¡Vete a tomar por culo, hija puta!”, chilló a la máquina, “¡Vete a tomar por culo!” Después buscó la bandeja con la mirada y la encontró en un rincón, en el suelo. “Que devuelva la bandeja. La puta bandeja de los putos cojones. ¡No quiero, hostias! ¡No me da la gana! Para la mierda de comida que das, no me da la gana de devolverte nada, ¡gilipollas!” Estaba completamente fuera de control. “¡Venga, tengo hambre! Dame más comida, cabrona.” Comenzó a pulsar los botones de los distintos alimentos, por lo que se encendió el mensaje de estar fuera del horario de comidas. “Fuera del horario de comidas.”, dijo con voz burlona, “Fuera del horario de comidas. ¡Fuera de tu puta madre!” Se levantó de la silla y comenzó a dar vueltas mientras daba patadas al aire. “Os voy a dar de hostias, hijos de puta. Cabrones. Os voy a matar. Voy a cortaros los huevos, en cuanto lleguéis. Voy a mataros a todos.” Poco a poco, la fuerza fue disminuyendo y los movimientos se fueron debilitando. Al rato seguía diciendo imprecaciones, pero el aliento le estaba empezando a fallar. Se dirigió a la cama y se tumbó mientras una intensa sensación de impotencia se apoderaba de él. Comenzó a llorar mientras seguía insultado en voz baja al mundo entero: “Hijos de puta… cabrones… hijos de puta… hijos de puta…” Las lágrimas cayeron sobre el colchón de plástico y resbalaron hacia su hombro. Lentamente, los ojos se le fueron cerrando hasta que se quedó completamente dormido.
Despertó dos horas más tarde. El mensaje en la cocina solicitando la devolución de la bandeja seguía encendido. Se levantó lentamente y, tras recoger la vasija de plástico y la cuchara del suelo, los introdujo en el compartimiento, comprobando que el mensaje se apagaba. Pese a haber dormido, estaba agotado anímicamente hasta la extenuación. No podía casi ni pensar. El resto del día lo pasó en un duermevela tan solo roto por los cortos periodos de alimentación. A la mañana siguiente, la moral seguía por los suelos, y mientras esperaba a que la bandeja del desayuno apareciera empezó a hablarle a la máquina: “Lo juro, si venís a por mí, no… no volveré a meter la pata, no haré nada que… Seré un buen ciudadano, trabajaré duro para el Emperador. Es más, me reengancharé después del periodo obligatorio.” Rompió a llorar. “De verdad, yo… Seré un buen soldado, lo juro. Pero venid a por mí…” La bandeja con la comida apareció junto con la cuchara. Las sacó y comenzó a comer mecánicamente mientras las lágrimas caían sobre la masa uniforme.
Esa noche, antes de apagarse la luz, estuvo un rato mirando el petate con la gorra y los pantalones que lo cubrían. Entonces, se levantó y, tras coger ambas prendas, las introdujo en el saco, lo cerró y lo guardó en el pequeño armario de la cabina. Después se tumbó en la cama a esperar la noche artificial.
El día que comprendió que algo en la estación estaba fallando fue cuando una alarma del centro de control se activó. Se levantó respirando agitadamente de su periodo de concentración. No sabía a ciencia cierta cuánto tiempo había pasado desde que deberían haber ido a buscarlo. Miró la pantalla encendida y leyó la fecha que le mostraba el sistema: 27/05/2130. Tras sacar el teclado de su sitio, pulsó la tecla 2 para comprobar si algo o alguien se estaba aproximando a la estación. Sin embargo el mensaje de “No hay alarmas” le indicó que el problema era otro. Entonces, buscó información del estado general de la nave y la pantalla se iluminó informando que el nivel de producción de energía estaba al 70 por ciento.
“¿Qué es esto? ¿Porqué…?”, dijo, “Setenta por ciento.” No sabía qué pensar. No tenía idea de lo que eso significaba para su vida. En ese momento, el sonido de la alarma desapareció, aunque el dígito en la pantalla seguía en el mismo valor. Al cabo de unos segundos, la pantalla se apagó también. Pulsó la tecla de encendido para comprobar si algo había cambiado, pero el porcentaje seguía siendo el mismo. Guardó el teclado en su lugar y se tumbó en la cama sin saber qué podía esperar de esa información. Entonces, su pensamiento cambió a la fecha que había leído. Hasta ese momento, desde el día que había comprendido que no iban a volver a por él, había decidido no saber cuánto tiempo llevaba de más en soledad. Sin embargo, sabía que eran varios meses ya que su barba y cabellos estaban muy crecidos. “Tres meses y… No, cuatro meses y diecisiete días.” Nuca había sido un genio del cálculo mental, pero notaba que últimamente su cabeza le estaba jugando palas pasadas. Tenía problemas a la hora de recordar ciertos episodios de su vida. Y había notado que los nombres de sus amigos y conocidos, estaban empezando a borrarse de su memoria. “Entonces,”, dijo, “llevo diez meses y diecisiete días aquí. Diez putos meses y diecisietes putos días.”
Miró el techo. Comenzó a cantar: “Diez meses y diecisiete días, diez meses y diecisiete días.” Se detuvo. ¿Qué rimaba con días? Guías. No. Mías. “Esas no son mías. No.” Siguió pensando. “Ya está: tías. Eso es. Tías. Diez meses y diecisiete días, si estuviera en casa me follaría a unas tías. Sí, seguro.” Y rompió a reír. La risa se convirtió lentamente en un quejido de desesperación. Se quedó un rato respirando agitadamente hasta que se tranquilizó poco a poco. “Diez meses.”, dijo.
Varios días más tarde, tuvo la confirmación de que la estación estaba empezando a dar síntomas de agotamiento cuando a la hora de la comida, y tras pulsar el botón donde se podía leer “Pescado”, apareció un mensaje nuevo: “Depósito agotado. Por favor, elija otro alimento.” Lo tuvo que leer dos veces para hacerse a la idea de lo que eso significaba. Pulsó el botón donde se leía “Puré”, y la máquina comenzó a hacer los ruidos típicos de la preparación de la comida. “Entonces,”, dijo, “hay varios depósitos y uno de ellos se ha agotado.” Intentó recordar si entre sus elecciones de comidas había pulsado más veces el botón de pescado o no. No estaba seguro. “Juraría que he ido eligiendo más o menos por igual las distintas opciones. Al fin y al cabo, saben todas igual. A nada.” Se acordó que el centro de control de alarma tenía una opción donde se podía comprobar el estado de los alimentos. Después de comer y devolver la bandeja, se cambió de la silla del despacho y activó la pantalla con el teclado. Pulsó la tecla número dos y miró el menú. El porcentaje de producción de energía estaba al sesenta por ciento. “Mierda.”, dijo. Y el estado del mantenimiento de alimentos era correcto. “¿Correcto? Tu puta madre, correcto.”
Dos días más tarde, la cocina señaló que la elección de carne, si esa era realmente lo que preparaba ya que el texto se había borrado hacía mucho, también estaba agotado. Después de elegir otro alimento, comenzó a pensar que tal vez debería empezar a plantearse el activar la alarma. Después de todo, estaba en peligro. Si se quedaba sin energía ni alimentos, ¿no era causa justificada para dar la alarma? Sin embargo, el miedo a las represalias era superior al miedo a una posible muerte por hambre. En ese momento, no se sentía completamente en peligro de inanición. “Aún tengo comida y agua, y la energía está en el sesenta por ciento…”
Sin embargo, las dudas de activar la señal de alarma, empezaron a disiparse varios días después cuando un aviso nuevo se activó en la central. El porcentaje de energía había bajado al cincuenta por ciento y la recirculación del aire se encontraba en situación de error. En ese momento, la línea de estado de la recirculación del agua cambió a error también. Se quedó completamente bloqueado. Sus ojos leían la información, pero su cerebro no lograba asimilarla. Poco a poco se fue haciendo a la idea del problema en que estaba inmerso. “Joder, me estoy quedando sin energía, sin aire, sin agua y sin comida. Sin nada.” Miró la parte inferior de la pantalla: . Sabía que en el menú principal iba a poder elegir la activación de la señal de alarma. No conseguía obligarse a sí mismo a volver al menú principal para no tener la posibilidad de activar la opción tres. Durante un rato, la pantalla se mantuvo iluminada. Entonces, se apagó.
Se levantó lentamente de la silla para ir sentarse en la cama. En su cerebro la lucha para decidirse a activar la alarma estaba siendo brutal. “Tengo que activarlo. ¿Pero y si… vienen y no hay gusanos…? Joder, tengo que activarlo. Bueno, tal vez pueda aguantar un tiempo más sin problemas… No, la energía está al cincuenta. Va a ir a peor. Tengo que llamar. Sí, eso es, la activo y digo que creía que una de las alarmas que se han encendido era porque venían los gusanos. Sí, eso puedo decir si me piden explicaciones. Venga, esa es la idea. ¿Por qué has activado la alarma? Creía que venían los gusanos, una señal se activó, y pensé que eran los gusanos. Vale, eso voy a hacer.” Más animado, volvió al teclado de la central y encendió la pantalla. Entonces, vio la opción tres en mayúsculas: SEÑAL DE ALARMA. Situó el dedo sobre la tecla número tres, pero no la apretó. Sentía el sudor correrle por la espalda. Levantó el dedo y pulsó la tecla uno. Quería cerciorarse de que la situación de la estación era realmente tan preocupante como parecía. La información no había cambiado, tanto la energía como el aire y el agua seguían con problemas. Volvió al menú principal. Puso de nuevo el dedo sobre la tecla tres y, cerrando los ojos y tomando una bocanada de aire, la pulsó.
No pasó nada. Abrió los ojos y leyó un nuevo mensaje que había aparecido en la pantalla: ¿Está seguro de activar la alarma? (S/N). “Mierda.”, dijo, “No no estoy seguro, joder. Pero tengo que hacerlo. A tomar por culo.” Y pulsó la tecla S. En ese momento el mensaje cambió a “Señal de alarma transmitida”. Y la luz se apagó por completo.
Abrió los ojos completamente, buscando cualquier punto de luminiscencia entre los distintos dispositivos que jalonaban las paredes del habitáculo. Comprendió que el sistema de energía había fallado completamente tras el envío de la señal de alarma. O esperaba que realmente dicha señal hubiera sido completamente transmitida. Miró a su alrededor, pero no conseguía ver absolutamente nada. Sus ojos comenzaron a percibir uno o dos pequeños puntos de luz parpadeante al lado opuesto de la habitación. Se dirigió a ellos y comprendió que eran un par de leds que parpadeaban en señal de aviso. Tal vez tuvieran algún tipo de batería que las mantenía activas. Lo que no sabía era cuánto podían durar esas luces encendidas. De repente, comenzaron a iluminarse más aparatos lentamente, e incluso la pantalla del Centro de Control de Alarma, se encendió, mostrando un mensaje: “Sistema reiniciándose”. Durante casi un minuto, el anuncio no cambió. Entonces, la pantalla típica del menú principal se iluminó de nuevo, y las luces de la habitación comenzaron a encenderse poco a poco. Miró el reloj de la pared y se quedó fascinado al comprobar que la hora que marcaba era las 00:00. Leyó la fecha que mostraba la pantalla y comprobó que todos los dígitos estaban a cero.
Pulsó la tecla número dos para comprobar el estado general de la estación y comprobó que el porcentaje de producción de energía era de diez. El resto de controles para el aire, agua y alimentos señalaba el estado de error. El dígito de producción de energía cambió a quince, y al cabo de un minuto pasó a veinte. Más tranquilo al comprobar que la energía se estaba recuperando lentamente, dejó que la pantalla se apagara. Miró el reloj y leyó 00:07. “Mierda.”, dijo, “Ahora no sé qué hora es. Claro, que qué más da. Aquí pueden ser las doce, pero en la Tierra será otra hora y en Newland será otra distinta.” Entonces se le ocurrió. “Si son las doce, ¿por qué no se han apagado las luces?” Miró la silla de la cocina. Se sentó en ella y pulsó uno de los botones para ver qué ocurría. Se iluminó el mensaje de fuera de horario de comidas. “Vaya, esto funciona bien, por desgracia.”
No estaba seguro de nada. Tal vez hubieran pasado seis o siete días desde el fallo generalizado de la energía y, esperaba, del envío de la señal de alarma, cuando el tercer alimento, esta vez el Puré se acabó. Solicitó verdura y esperó a que la bandeja apareciese. Suspiró pensando que a ese ritmo en un mes se quedaría sin nada para comer. Notó que el aliento no había sido suficiente como para hacer una respiración completa y volvió a aspirar con fuerza. Ahora sí le había entrado el oxígeno necesario. Entonces, se dio cuenta que algo estaba pasando con el aire. Parecía que no había suficiente. En ese momento apareció la bandeja con la comida. La cogió y se la comió mecánicamente. La devolvió vacía, pensando en que el sistema de recirculación de aire había comenzado a no funcionar correctamente. Lo cierto era que ya había pasado un tiempo desde que en la pantalla de control había podido leer que el sistema estaba fallando. Pero hasta ahora no había sentido nada extraño. Se sentó en la cama sintiéndose completamente abatido. Sabía que iba a morir en pocos días. “Pensaba que de hambre, pero me temo que va a ser de asfixia”. Y no supo si era mejor o peor.
Entonces, sintió que no estaba solo. Alguien que conocía bien estaba con él a su lado. Pese a que estaba mirando hacía la pared de enfrente, supo que era su madre. No se atrevió a girar la cabeza por si desaparecía, pues comprendía que era una alucinación. “Hijo, ¿Cómo estás?”, la oyó preguntar. “Bien, mamá. Un poco solo, pero bien.” “No estés triste, sabes que estoy aquí contigo.” “Sí, mamá, pero tengo problemas con el aire y la comida. Además, se han olvidado de mí y no me vienen a buscar.” “No te preocupes, que están al caer. Ya verás, en un par de días, estarán aquí para llevarte de vuelta a casa.” “¿Sí, en dos días? Dos días no son nada para esperar.” “Eso es, tú, tranquilo, que están viniendo a por ti con comida y aire. Y agua fresca y buena.” “¡Jó, mamá! Tengo miedo.” “No te preocupes, hijo. Están llegando.” En ese momento, la sensación desapareció y supo que estaba solo de nuevo. La tristeza lo inundó completamente, aunque parte de la esperanza que la acababa de dar su madre permaneció dentro de él. Se giró hacia donde había percibido la presenta y no vio a nadie.
Dos días más tarde se despertó muy incómodo sintiendo la piel fría al tacto. Comenzó a notar que la temperatura de la habitación ya no era como antes. Normalmente con la camiseta era suficiente como para sentirse confortable, pero ahora sentía que le gustaría ponerse algo más de abrigo. Decidió vestirse también con el pantalón, pensando que cubriéndose las piernas, estaría algo mejor. “Bueno”, dijo, “si no me muero de hambre, será porque la falta de aire o el frío se van a adelantar.” Curiosamente, no sentía miedo a estar muerto. Casi lo veía como una solución definitiva a su problema actual de soledad.
La respiración era cada vez más costosa. Notaba que tenía que hacer un esfuerzo cada vez más grande para llenar los pulmones con el suficiente oxígeno. Desde hacía un día se había instalado un intenso dolor de cabeza que lo estaba martirizando. Le latían las sienes y sentía que los pensamientos eran cada vez más dispersos. No conseguía centrar la atención en nada durante más de cinco o seis segundos. Miró el reloj. Las trece cincuenta y cinco. Sabía que se estaba aproximando la hora de la comida, pero no conseguía acordarse de a qué hora la maldita máquina le iba a permitir sacar alimento. “A las trece horas. No. A las catorce. Es decir, a las dos, ¿no?” No estaba seguro. Decidió levantarse de la cama y sentarse en la silla de la cocina. A duras penas, se pudo poner en pie y echar un par de pasos antes de caer al suelo, completamente agotado y sin respiración. Se tumbó aspirando fuertemente hasta conseguir que la visión volviera a ser nítida. Miró el reloj: las catorce cero dos. Se puso a cuatro patas y consiguió llegar a la silla. Se aupó lentamente y se sentó respirando intensamente. Levantó como pudo la mano hacia el teclado de la pared y pulsó el primer botón. Se encendió el mensaje de alimento agotado. No comprendía nada. ¿Por qué no salía la bandeja con comida? Volvió a pulsar otro botón y esta vez escuchó los ruidos familiares de la cocina funcionando. Vio cómo la bandeja aparecía y la sacó del agujero para depositarla en la mesa. También cogió el tenedor y lo hundió en la masa. Se lo llevó a la boca y sintió la comida completamente fría. “Qué raro. No está caliente.”, dijo. Miró la pantalla de la cocina, que estaba encendida mostrando el mensaje en el que le solicitaba la devolución de la bandeja. Se extrañó ya que acababa de empezar a comer en ese momento y ya le estaba pidiendo que la devolviera. Se giró hacia el reloj de la pared y leyó la hora: 17:57. “¿Ya son las seis?, Pero si acabo de sentarme a comer…” Comprendió que había estado casi cuatro horas sin conocimiento, sentado con la comida frente a él. Terminó de comer y devolvió la bandeja. Miró el reloj: 18:03. Pulsó el botón de fruta pensando que era la primera vez desde que estaba en la estación que iba a comer con postre.
No estaba seguro de cuántas comidas se había saltado, pero sabía que habían sido al menos dos. Tal vez tres. Pero le resultaba imposible levantarse de la cama. No podía casi ni mover la cabeza para leer la hora. Además, no conseguía fijar la vista para poder ver bien los dígitos cuando hacía el esfuerzo de girar la cabeza. No único que sentía era que la cabeza le estallaba de dolor y que la respiración era un jadeo continuo. Notaba cómo el estómago se hundía hacia dentro con cada inspiración, que siempre eran insuficientes. Por suerte para él, la sensación de frío había desaparecido. Ya no temblaba descontroladamente. Lo que no sabía era si la temperatura había aumentado o que su cuerpo había dejado de luchar contra las bajas temperaturas. Intentó girarse hacia el borde de la cama para dejarse caer y poder reptar por el suelo hasta la cocina, pero ninguno de los músculos respondió a sus órdenes. Se acordó de cuando era pequeño y se despertaba por las noches después de sufrir una pesadilla en la que, como ahora, su cuerpo no respondía a ningún mandato, como si su cerebro estuviera desconectado del resto del cuerpo.
Volvió a despertarse. No veía nada. Tal vez estaba ciego. No, podía ver la luz del reloj, aunque no conseguía leer la hora. Tenía que ser de noche. ¿Qué hora sería? Se concentró un rato para intentar visualizar los números, pero tan solo conseguía ver una mancha borrosa. Su respiración era cada vez más profunda, aunque la sensación de ahogo no mejoraba con los intentos de captar más aire. Decidió forzar la respiración para ver si así conseguía más oxígeno. Inspiró más fuerte una, dos, y tres veces, hasta que la sequedad de la garganta le obligó a toser violentamente dejándolo sin aire.
Volvió a despertarse. ¿Qué tenía delante de la cara? Le recordaba a algo, pero no estaba seguro de lo que era. Entonces lo recordó: su mano. La movió lentamente y vio que tenía las uñas largas. A saber desde cuando no se las había cortado. Como el sargento de guardia le viera esas uñas lo iba a empapelar un buen rato. Se decidió por ir al cuarto de baño y cortárselas. Cogió el cortaúñas y comenzó a dejárselas en perfecto estado de revista. Sonrió para sí, pensando que había engañado al cabrón del sargento. Esta vez no iba a poder mandarlo a limpiar retretes ni a nada chungo. Se fijó más detenidamente en sus uñas y las volvió a ver largas y sucias. ¿Qué había pasado? ¿Por qué le habían crecido tan rápidamente? ¿Por qué le costaba tanto respirar?
Volvió a despertarse. Pasaba algo. Su cabeza había dejado de latirle. Oía un ruido muy raro que sonaba como detrás de él. Parecía un motor que funcionaba mal, o un gruñido. Comprendió, que era su respiración. Estaba roncando o algo parecido. No, eran los jadeos que estaba haciendo para poder respirar. Pensó que eran los últimos estertores. No sentía ningún dolor. Estaba como en una nube, blanda y suave. Era feliz. Iba a morir muy pronto. Todos sus pesares iban a desaparecer. Casi lo deseaba con anhelo. No, casi no, lo deseaba con un anhelo profundo. Sonrió.
Volvió a despertarse. Había alguien en la habitación. Eran figuran enormes. Me he vuelto completamente loco, pensó. Se acordaba de haberlas visto en alguna parte, pero no sabía dónde. La vista le estaba jugando malas pasadas. Seguía sin poder fijar la mirada a nada y todo lo veía borroso. Una de las figuras, un poco más pequeña que las otras se le acercó y le toco con algo la cara. Escuchó un ruido, como si alguien silbara. De pronto, la vista se aclaró y todo se hizo nítido. Podía volver a respirar con normalidad. Miró a hacia su boca y vio una máscara de respiración acoplada a una bombona. Entonces, levantó la mirada y divisó a tres gusanos que lo rodeaban y lo miraban fijamente.
Estaban vestidos con una especie de traje de combate muy raro, todo lleno de placas protectoras. En la cara, una máscara les cubría la parte de donde imaginó estaría la boca. Comprobó que en sus manos… o garras, no llevaban ningún arma. Tan solo lo miraban con unos ojos profundos y negros sin hacer ningún movimiento. Entonces, escuchó una voz humana: “¿Puedes respirar bien?” No se había fijado, pero entre dos de los extraterrestres había un humano, un capitán médico por el traje que vestía, que también lo miraba detrás de una máscara de respiración. Intentó hablar para contestarle afirmativamente, pero tan solo consiguió emitir un extraño gruñido seguido de un acceso de tos que lo dejó semiinconsciente unos segundos. Entonces vio que dos de los gusanos, se le acercaban y lo levantaban delicadamente con sus poderosas zarpas. Intentó sin ningún éxito luchar contra ellos. Oyó la voz del capitán decirle que no se preocupara, que no peleara ya que todo estaba en orden. Se dejó llevar a través de la puerta de acceso al habitáculo y del estrecho túnel que terminaba en la compuerta exterior, que estaba abierta a una cámara de descompresión. Se fijó que detrás de ellos entraron el otro extraterrestre y el capitán médico y que sellaban la compuerta de la nave. Escuchó el típico ruido de aire igualando presiones y supo, antes de volver a desmayarse, que estaba en una nave espacial y que habían ido a buscarlo.

Paréntesis es uno de los ocho relatos del libro Evolución, de Fernando Alonso Millán.

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