El fenómeno LINN: cuando el nacionalismo sale tan caro que no nos lo podemos permitir

Fragmento de Vive la nation! de Adolphe Villette (1917). Ver imagen completa en Gallica (bnf.fr).

Aunque se pensaba que el anacionalismo y el internacionalismo son características asociadas a los pijoprogres con dinero, recientes informes procedentes de varias partes del mundo están señalando la consolidación del fenómeno LINN (low income, no nation), que se puede traducir como “sin un duro y sin una nación”. Los LINN contradicen la idea de que no tener patria es un lujo reservado a unos pocos ricos o, en otras palabras, que para los pobres la nación es su único patrimonio. Muy al contrario, los LINN no pueden permitirse ser nacionalistas, como no pueden permitirse tener coche o pasar dos semanas de vacaciones fuera de casa.

Es otra vuelta de tuerca a la complicada relación entre las clases humildes y el nacionalpopulismo. A mediados del siglo XIX se daba por sentado que la verdadera patria de los proletarios era el socialismo, creencia que recibió un duro golpe cuando los obreros franceses marcharon en masa contra los obreros alemanes que cargaban sobre ellos en 1914. En general, la nación intentó recompensar esa lealtad con prebendas diversas, como el sufragio universal o la seguridad social. En 1929 la nación pareció ser un refugio contra los vendavales financieros de la Gran Depresión, hasta tal punto que el fascismo (que es nacionalismo hiperactivo) pareció cercano a dominar el mundo. Tras el derrumbe sangriento del fascismo y años de crecimiento económico el término mismo de clases humildes pareció erradicado, apareciendo en su lugar una clase media media muy variada y más o menos escarmentada de los horrores del nacionalismo.

Pero la crisis de 2008 derribó el castillo de naipes de la prosperidad y muchas personas dejaron de ser clase media. Como era de esperar, el nacionalpopulismo crece con rapidez en este medio ambiente de resentimiento contra los excesos del globalismo, y la nación vuelve a ser, como es lógico, el gran refugio. Pero ahora no estamos en 1929. La nación parece absolutamente impotente, mucho más que hace 91 años, ante las poderosas fuerzas de la crisis global. Muchas personas que no andan bien de dinero se están dando cuenta de que se necesita mucho más que cerrar las fronteras y expulsar a los emigrantes para que todo funcione otra vez.

No es “buenismo”, sino realismo. El problema es que los estados nacionales siguen existiendo e incluso están reforzando, al menos momentáneamente, su poder, como muestra el Brexit. Empero muchas personas humildes saben que necesitan un Brexit, un Francexit o un Españexit tanto como un dolor de muelas. Simplemente porque no pueden permitirse perder la libertad de movimientos que existe por ahora en la UE, de la que puede depender directamente su bienestar. Por ejemplo, más de la mitad de los residentes británicos en España (la tercera masa extranjera, tras Marruecos y Rumanía) no son pensionistas costeros, sino trabajadores en activo cuyas vidas van a cambiar, y no para bien, cuando dejen de ser ciudadanos de la UE y pasen a ser vulgares extranjeros. Lo mismo ocurre con los 200.000 españoles que viven y trabajan en el Reino Unido. Puede sonar muy bien que no se permita entrar a ningún extranjero en nuestro bello país sin examinarlo antes minuciosamente en busca de cualquier tara social, económica o física, pero esa práctica no nos hará tanta gracia cuando nos la apliquen a nosotros… si algún día queremos movernos a otro país.

A escala mayor, ante la crisis ambiental, social y económica se nos viene encima, el estado nación parece ridículamente pequeño e ineficaz para enfrentarla. Los Estados Unidos abarcan el 2% de la superficie del globo, y ni siquiera la reciente creación del USSF (United States Space Force) les permitirá evitar sufrir las consecuencias de todo lo que pase aquí abajo, en la superficie de nuestro planeta. Ni el CO2, ni la contaminación, ni el dinero, ni casi nada ya respetan las fronteras nacionales. El nacionalismo nos deja indefensos en un mundo interconectado. No podemos permitirnos el lujo de ser nacionalistas.

Por la transcripción: Marciano Lafuente

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