El hombre, ¿es facha por naturaleza?

“Se trata de nosotros” Captura de pantalla de la web de Alternative für Deutschland.

Hasta ahora, se consideraba el fascismo como una ideología aberrante, fuera del sendero habitual, que está ocupado por el asunto capitalista-socialista. Pero recientes investigaciones están demostrando que el fascismo es la conducta natural de la especie humana. La hipótesis del fascismo primigenio o biofascismo se basa en una vasta recopilación de investigaciones históricas y arqueológicas, combinada con los hallazgos de la etología humana y de primates próximos. Esta aproximación biológica al fenómeno del fascismo tiene la ventaja de no perder el tiempo en disquisiciones ideológicas –la habitual y estéril polémica sobre si el fascismo es un subproducto del socialismo o del capitalismo, por ejemplo. Y está ofreciendo resultados que la investigación tradicional no puede dar.

Un libro de 1997, Demonic Males: Apes and the Origins of Human Violence (Machos demoníacos: los simios y el origen de la violencia humana), de  Richard Wrangham y Dale Peterson, mostró que los tres componentes básicos del fascismo se dan en los chimpancés: violencia jerárquica dentro del grupo, violencia contra las hembras y violencia fuera del grupo en expediciones de depredación, cuando los chimpancés matan a todos los machos de otro grupo, lo destruyen y ocupan su territorio. Una combinación de estas tres violencias define muy bien el fascismo y explica su éxito. Existen y han existido muchas sociedades especializadas en la violencia jerárquica dentro del grupo –como la Unión Soviética en la década de 1930 o Camboya en la época del polpotismo– y de hecho una sociedad así construida puede durar mucho tiempo, pero siempre será considerada antinatural, nunca suscitará el consenso.

También se han dado muchos casos de sociedades volcadas en la agresión exterior, caso de los imperios coloniales como el británico o del concepto de guerra eterna utilizado por los Estados Unidos. Pero esta beligerancia exterior carece generalmente de una base sólida en el interior. La disidencia debilita al imperio, que carece además de objetivos claros: ¿ganar dinero, “civilizar”, o simplemente dar trabajo a los militares? En contraste, los imperios fascistas parten de una base interior muy sólida basada en la violencia y tienen objetivos muy claros en su violencia exterior: dominar absolutamente el territorio conquistado y a sus habitantes, hasta el exterminio final de estos.

La violencia interior del fascismo tiene como meta la limpieza del territorio y de los que en él habitan. Pero esta violencia se ejerce sobre categorías de personas bien delimitadas, no es difusa ni difícil de comprender como en el caso de regímenes opresores muy basados en ideologías complicadas, como el estalinismo. En la URSS estaliniana, nadie estaba a salvo. Por el contrario, en la Alemania hitleriana, todos estaban a salvo excepto los judíos, los gitanos, los homosexuales, los socialistas en activo y unas pocas categorías más bien delimitadas. El resto, la gran mayoría del Volk, estaba seguro y podía dedicarse a trabajar para la agresión exterior.

Las versiones modernas del biofascismo son bastante pálidas comparadas con sus precedentes de mediados del siglo XX, pero son bastante reconocibles. Todas tienen un líder indiscutible que grita. Grita y dice brutalidades, cosas contrarias a la civilización –como que los inmigrantes quieren destruir nuestro país, que las mujeres deben estar en su sitio, que es necesaria mucha mano dura para resolver los problemas, etc. – Prueba de que el fascismo es un fenómeno natural es que cada vez que un líder biofascista abre la boca y suelta una burrada enorme, obtiene instantáneamente cien mil votos más. Por que lo dice es lo que todo el mundo piensa pero nadie se atreve a decir, por temor al linchamiento de los correctos políticamente, los pijo-progres. Estos se parecen mucho a los bonobos, la especie más próxima al chimpancé, que viven en una sociedad no violenta dirigida por alianzas entre las hembras (!). ¿Mundo bonobo o mundo chimpancé? ¿Podremos elegir?

Marciano Lafuente

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