La nostalgia de la kermés

Photo by Luca Upper on Unsplash

El presidente del Eurogrupo, Jeroen Dijsselbloem, en una entrevista muy seria publicada por el Frankfurter Allgemeine Zeitung el 20 de marzo de 2017, dijo que los países del sur de Europa viven en una permanente orgía de vino y mujeres y todo el mundo se escandalizó. La cosa tenía su importancia y salió en los periódicos durante una semana, por el alto cargo que ocupaba el lenguaraz burócrata europeo y también porque era una de las pocas veces que un político de los Pirineos y los Alpes para arriba se expresaba con tanta sinceridad sobre la bien conocida vagancia crónica y amor por la juerga de los países del sur de Europa. Sin ninguna razón, como veremos. Dijsselbloem estaba sufriendo un ataque agudo de nostalgia de los tiempos en que eran ellos, los países de la mitad norte de Europa, quienes se entregaban sin freno a las juergas con vino y mujeres (con perdón).

Las pruebas abundan: la segunda estrofa del himno nacional alemán arranca así:

Deutsche Frauen, deutsche Treue,
Deutscher Wein und deutscher Sang,

es decir, para los que no sabemos alemán,

Mujeres alemanas, lealtad alemana,
vino alemán y canciones alemanas,

Esta estrofa ha sido piadosamente enterrada en los últimos años políticamente correctos de la República Federal Alemana, pero ahí está. En la misma patria de Jeroen Dijjsebloem encontramos una figura arquetípica de la farra desatada: la kermesse. La maravillosa película La kermesse heroica describe muy bien la situación en el siglo XVII en Holanda: los naturales del país, gordos y buenos vividores, reciben la visita de los españoles, representados como ascéticos y adustos SS que van a poner orden en tanta lujuria. Por cierto, las verbenas se llamaban originalmente kermés, por lo menos en Madrid.

Mientras que los pintores flamencos se deleitaban pintando cuadros de gran formato representado fiestas aldeanas con mucho baile y ríos de vino y cerveza, la pintura española de la época producía San Jerónimos esqueléticos con una calavera en una mano y un crucifijo en la otra. Esto fue así, el norte juerguista y el sur tenebroso, hasta mediados del siglo XIX, cuando se comenzaron a fijar los arquetipos turísticos del sur alegre y despreocupado. Viena funcionó como puente entre ambos mundos con piezas como “Vino, mujeres y canciones” (Wein, Weib und Gesang), el vals de Johann Strauss hijo de 1869 (gracias Wikipedia).

Desde entonces, españoles, italianos y griegos (los portugueses no se dejaron) se pusieron el uniforme de sureños vivalavirgen y se embarcaron en un programa de jolgorio sin fin, que no terminó hasta 2007, cuando todos los periódicos del norte de Europa titularon con sombría satisfacción cómo la economía de los países PIGS mordía el polvo: “The Fiesta (en español en el original) is over”, la juerga se ha terminado. Diez años después Dijjsebloem intenta animar a los sureuropeos insinuando que se entregan a una orgía perpetua y todo el mundo se le echa encima. Así hemos acabado, sin fiesta, ni vino, ni mujeres (con perdón), ni canciones por ninguna parte, ni en el sur ni en el norte.

Marciano Lafuente

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