Cómo evitar el momento Charlton Heston

–¡Maníacos! ¡Yo os maldigo! –dice el coronel Taylor de rodillas sobre la arena, ante los restos machacados de la estatua de la libertad. Los maníacos habían provocado una guerra nuclear y el pobre coronel, después de vagar por el espacio en estado de hibernación durante mucho tiempo, vuelve sin darse cuenta al planeta Tierra y se lo encuentra habitado por una colección de humanos alelados y de monos listillos. Un desastre. Tras esta digresión, volvamos a Cataluña.

Se acerca el momento Charlton Heston, aquel en que alguien caerá de rodillas sobre la arena ante los restos destrozados de algo importante y maldecirá a los maníacos que nos llevaron a esto. Los catalanes (entiéndase muchos de ellos, unos dos millones) no quieren más dinero, no quieren más leyes. Lo único que quieren es un poco de respeto. Esta escena también ha salido en mucha películas. Alguien monta la de Dios es Cristo y emerge de la nube de polvo entre los escombros diciendo “Yo lo único que quería era un poco de respeto”.

En realidad quiere decir “empatía”, capacidad de sentir lo que sienten los demás, una cualidad que hasta poseen los chimpancés y puede que otros animales. Vamos a ver, los famosos dos millones tienen una mente con ideas que se agitan dentro de ella, y los 45 millones restantes de españoles deberían intentar averiguar qué se cuece ahí dentro. Parece ser que es una variante del nacionalismo más cerril. Hace poco se publicó un tuit de una mente de este tipo quejándose amargamente porque en un bar de Barcelona no le habían entendido cuando pidió un montado de lomo en catalán.

Vamos a ver, diría cualquiera, pues lo pides en la lengua vehicular del bar y se acabó el problema. En Madrid, ciudad orgullosa y mundial, tenemos cientos de lenguas vehiculares en los bares. Todo el mundo, parroquianos y barmen, se esfuerza un montón por entenderse y al final todo el mundo se entiende, aunque sea señalando las botellas. Cuando llega el nacionalismo a un bar, échate a temblar. En lugar de bebida y distracción, comienza la trifulca. Pues esa es la la cuestión, aunque sea ardua: hay que entender por qué una persona renuncia a un sabroso montado de lomo porque no le han entendido cuando lo ha pedido en la lengua nacional de la nación donde se supone que está localizado el bar. Hay que comprender, empatizar y decirle al nacionalista irritado:

–Pero, tú eres gilipollas.

Pero no se consigue nada con improperios, seamos constructivos. ¿Qué hizo De Gaulle en su famosa visita a Argel el 4 de junio de 1958, en plena amenaza de guerra civil? ¿Dijo acaso “vamos a aplicar estrictamente la ley”? No, le dijo a la multitud agrupada en el Forum “Je vous ai compris”, os he comprendido. Fue el mismo De Gaulle que se puso hecho una fiera el 23 de abril de 1961 y paró en seco el putsch de los generales en Argel, hablando vestido de uniforme en televisión y diciendo aquello de “Francesas, franceses: ¡ayudadme!”

Pues eso, nada de artículos 155 ni acusaciones togadas de rebeldía. No hay generales golpistas enfrente. Lo que hay que hacer es ganarse al personal con comprensión y empatía. ¿Y qué mejor que un nacionalista para comprender la mente de otro nacionalista? Como está prohibido hacer un referéndum, y mientras se convoca la Conferencia de Nacionalistas Españoles, que ya tarda, es urgente celebrar un encuentro Nacionalismo Español/Nacionalismo catalán, donde todo el mundo pueda hablar con libertad de lo que les pasa por sus cabezas patrióticas, una versión formal de los clásicos grupos de autoayuda: “Me llamo Jorge y soy nacionalista español”, “Em dic Jordi i sóc nacionalista català”, y de ahí para adelante. Como decía el director de la prisión de Mallorca en la película El Verdugo, “José Luis, hablando se entiende la gente”.

Marciano Lafuente

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