¿Donde están los ricos de antaño?

Richard Branson, un rico con un toque antiguo, vivalavirgen y manirroto. Photo by Austin Distel on Unsplash

 

Los ricos tenían dos obligaciones: aparentar serlo, en su traje, vida cotidiana y ademanes, y repartir dones y prebendas a manos llenas entre una clientela lo más amplia y variada posible. Literalmente, eso consistía en invitar a comer a parientes y allegados, con una mesa bien servida presidida por el señor de la heredad en persona, que no dudaba en trinchar él mismo el pavo o el pernil de cerdo. Los paniaguados del señor de la casa, si eran poetas, improvisaban odas a su ilimitada generosidad, y todo transcurría en la mejor armonía.

Los ricos modernos, los de 10.000 millones de euros para arriba al menos, no cumplen ninguna de esas dos condiciones. Visten y se comportan igual que el resto de los mortales y no invitan a nadie a comer. En vez de esto último, hacen donaciones, a veces muy cuantiosas (son enormes los de la Fundación de Bill y Melinda Gates, por ejemplo). Nuestro rico oficial (cada país tiene un Rico, un Novelista, un Filósofo, etc., casi oficial) se llama Amancio Ortega y labró su fortuna de la nada, a partir de una pequeña mercería en La Coruña. Actualmente es propietario de montañas de activos financieros, inmobiliarios y de otras clases, lo que permite calcular sus ingresos anuales, que son aproximadamente 900.000 veces más elevados que los de un salario normalito en su empresa, Inditex.

El efecto Amancio Ortega erupciona aproximadamente una vez año y funciona así: alguien da una cifra espectacular de ingresos de nuestro héroe, otro alguien pica y dice que eso no está bien, y recibe en seguida un torrente de descalificaciones basadas en tres argumentos muy sólidos: Amancio Ortega da trabajo a miles de familias, crea riqueza a espuertas y paga sus impuestos. Otros argumentos pueden ser que sus ingresos anuales no son una nómina, sino balances de activos, nunca pasta en metálico, y que hace donaciones de equipos médicos por valor de cientos de millones de euros.

Todo eso es verdad, pero ¿por qué este famoso empresario gallego despierta tanto resentimiento en cierta parte de la sociedad? Pues sencillamente porque no se comporta como un rico: nunca se le ve bajar de un jet privado o subir a un yate, y tampoco da fiestas monstruo ni mantiene a una corte de artistas. Parece ser que todas las mañanas a la 8 se presenta en la fábrica de Arteixo, se sienta a una gastada mesa de formica  (ni siquiera tiene despacho) y se pone a trabajar, y tiene ya más de 80 años. ¿Eso es admirable? Pues claro, pero al mismo tiempo inquietante. Si no vive como un rico ni se comporta como tal, repartiendo a manos llenas, ¿para qué quiere el dinero? Y no es un caso único. La familia propietaria de Wall Mart, el mayor imperio comercial de la tierra, es completamente anónima. Nadie sabe donde viven, probablemente en alguna casita en Wisconsin con jardín. Hace poco la prensa publicó la historia de un millonario que suele dormir en su furgoneta, y hay casos a millares. Los ricos modernos son irritantes porque están todo el día trabajando y porque hacen economías. ¿Quién en su sano juicio haría eso? Hay algo extraño en la riqueza moderna, algo ominoso que no existía en la insultante riqueza de antaño.

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