¿Un referéndum para Cataluña? Que sean dos

 

Últimamente los referendos no salen bien. Fíjense en el famoso Brexit, un gran e inesperado corte de mangas a la Unión Europea que va dar trabajo a abogados y funcionarios durante décadas para localizar los miles de lazos legales y comerciales que quedarán cortados entre el Reino Unido y el resto del mundo, vía UE. Por esta y otras razones, muchos ingleses –el triunfo del Brexit fue un triunfo del nacionalismo inglés– apuran melancólicamente su pinta en su rincón favorito del único pub de su barrio y piensan que la victoria brexitiana estuvo bien, pero que no hay que exagerar, que sus sueños de jubilarse en Santa Pola van a quedar seriamente comprometidos. En fin, que cada vez hay más brexit-arrepentidos. Y lo malo es que no hay vuelta atrás: a lo hecho, pecho. Un referendo es una cosa muy, muy seria.

Pero, ¿y si hubiera una segunda oportunidad? Podría llamarse la segunda vuelta del referendo. Consistiría en una segunda convocatoria a los electores, un tiempo después nítidamente delimitado, en que se les haga exactamente la misma pregunta. La segunda vuelta tendría que estar incluida con toda claridad en la organización general del referendo, sea cual sea el resultado: un tiempo prudente después, por ejemplo un año o dos, haga frío o calor, la consulta se repite.

Lo del referendo repetido es una invención canadiense. En 1980 los quebequenses votaron si se iban de Canadá y en 1995 volvieron a hacerlo. En ambas ocasiones decidieron que no. Pero quince años es un plazo muy largo, hay que negociar el segundo referendo de manera extenuante otra vez. La solución de referendo con segunda vuelta elimina este inconveniente, la negociación sería única e incluiría las dos convocatorias a las urnas. Otro precedente es el mismo Brexit: son millones de personas las que piden un segundo referéndum, aunque hasta ahora el gobierno ha hecho oídos sordos.

¿Cuáles serían las ventajas de un doble referendo, en el caso que nos ocupa, es decir la cuestión del “derecho a decidir” de Cataluña? Son muchas, pero vamos a seleccionar las más importantes.

Ambas partes salvan la cara

Como es sabido, llega un momento en las negociaciones políticas en que todo se reduce a establecer quién se tira del coche más tarde antes de caer por el barranco. Y luego pasa lo que pasa, incluso la violencia. El doble referendo no podría ser rechazado por el gobierno catalán por razones evidentes, y sería aprobado explícitamente y organizado, con todas las precauciones y garantías de libertad de voto habidas y por haber, por el gobierno central, el de Madrid.

El voto se aquilata

Es decir, se pondera, examina y purifica de toda obcecación y resentimiento. En los referendos únicos, como el Brexit, mucha gente simplemente quería dar una lección a Bruselas y a los malditos eurócratas que allí proliferan. No tuvieron en cuenta su jubilación en Santa Pola. En el referendo con segunda vuelta, puedes votar una primera vez con la ira y el resentimiento guiando tu mano hacia la papeleta y una segunda vez con todavía más ira y resentimiento, pero esta vez confirmado y engrosado por los hechos y tal vez orientado hacia otra papeleta.

Un referendo único es como comprar un piso sobre plano, sin verlo: puede que tengas suerte o puede que no. Es más lógico visitar la vivienda, hacerte a la idea y luego decidir si la compras o no. Se dirá que eso ya se hace, con las amenazas apocalípticas de la miseria que caerá sobre Cataluña si se vota por la independencia o con la visión beatífica del paraíso que será una Cataluña independiente. Pero no es lo mismo que te lo cuenten que comprobarlo tú mismo.

Se quita hierro al asunto

Saber que puedes rectificar elimina mucha de la angustia asociada a una decisión trascendental, la convierte en menos sublime y ominosa. En asuntos de nacionalismo grande o pequeño, toda precaución es poca para relajar tensiones. A votar con tranquilidad y luego, salga lo que salga, un año o dos después, a votar otra vez con más fundamento. Por cierto, el referendo de la independencia de Escocia fue en septiembre de 2014 y el del Brexit en junio de 2016. Veinte meses después. ¿Cómo saldría ahora un referéndum para la independencia de Escocia? Resulta que el principal argumento que se esgrimió contra la independencia escocesa es que el país de las faldas a cuadros para varones quedaría fuera de la Unión Europea.

Además, se cuasi-elimina el argumento de que, si se autoriza (sic) un referendo y se pierde, los nacionalistas locales exigirán otro. Con la segunda vuelta, tendrán otro automáticamente. Es verdad que luego habrá que pactar de manera solemne, en algún claro del bosque sobre una piedra, una plazo largo sin más referendos, pero si ya ha habido dos, nadie puede quejarse.

Inconvenientes tiene el referendo con segunda vuelta, como todo. Por ejemplo, costará más dinero. Pero más dinero y otras cosas nos está costando el mega-atolladero político hispanocatalán en el que estamos metidos.

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