El virus del nacionalismo afecta ya a dos millones de personas en Cataluña: es la hora de la epidemiología

Fragmento de una fotografía de F. Catalá Roca publicada en Cataluña, de José Pla (Colección Guías de España, Ediciones Destino – Barcelona, 1961-1977)

Expresado con brevedad y en términos de salud pública, la cuestión es la siguiente. Hace ya algunos años que se viene detectando en la región catalana una numerosa población infectada por un patógeno, el virus del nacionalismo. Este patógeno no causa problemas fisiológicos, pero sí cambios no desdeñables en la conducta. Recuerda en cierto sentido al kuru, causado por un prión y transmitido por comer cerebros de los antepasados, enfermedad que fue endémica en Nueva Guinea –aunque el kuru, tras un muy largo período de incubación, termina por causar la muerte del paciente.

De entre las muchas manifestaciones externas de conducta de los pacientes infectados por el virus nacionalista catalán, la que más nos interesa es el voto a los partidos independentistas. En las dos o tres últimas elecciones este voto de ha mantenido estable en torno a un 47%, una elevada y constante prevalencia  que indica una relación simbiótica muy estable entre el huésped y el patógeno. la distribución de la población afectada es bastante regular en toda la región catalana, con menos densidad en el medio urbano y singularmente en Barcelona. La expresión del patógeno (el virus independentista) tiene la complicación de este 47% de los sufragios se traduce, gracias a una ley electoral que premia al voto rural y castiga al voto urbano, en algo más de la mitad de los escaños del parlamento regional.

De ahí que el patógeno pueda conseguir un foco de infección muy potente, puesto que puede colonizar el poder político en Cataluña. Descartada la vía política (en otras infecciones similares, por ejemplo en Escocia y en Québec, la expansión morbosa del nacionalismo se atajó gracias a la aplicación de unos cuantos referéndums, pero en España esta solución no es posible, por razones que no podemos detallar aquí), solo queda la solución epidemiológica. Claro que la gran expansión de patógeno no hace las cosas fáciles. En principio, no es posible exterminar a la población infectada o sospechosa de estarlo, solución que se aplicó en el caso de las vacas locas. Tampoco será factible separar a la población infectada de la normal, teniendo en cuenta que asciende a casi la mitad de la población de la región catalana. Los problemas logísticos serían formidables, tanto si se opta por el internamiento en campos de concentración como si se prefiere la simple deportación a áreas aisladas.

No se conoce ninguna medicación apropiada para eliminar el virus del nacionalismo, y parece ser que la panacea que se recomendaba tradicionalmente –viajar, conocer mundo– no funciona en este caso. No obstante, hay alguna esperanza en que se puedan usar nuevas técnicas de condicionamiento psicológico, como el Método Ludovico. Probado con éxito en La naranja mecánica, de Stanley Kubrick, se aplica en unas pocas sesiones de varias horas de duración. Una versión compacta de 0cho horas sería suficiente, según los expertos. La terapia de aversión al nacionalismo se podría administrar a toda la población afectada con un coste elevado, pero asumible. ¿Podría ser un enfoque epidemiológico una salida al embrollo de Cataluña? La respuesta parece ser un rotundo sí.

Marciano Lafuente

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