El nacionalismo es un gran invento

Esto es un descacharre. Mientras la izquierdilla sigue atrapada en la ciénaga de la reflexión y el debate sobre las mejores estrategias para crear un auténtico poder popular súper democrático capaz de enfrentar con éxito el capitalismo depredador heteropatriarcal, la derechaza silba, se toma el vermú o dos vermús (si tiene un robot de limpieza en casa) y espera tranquila a que las urnas le den el poder, mucho poder, en todas partes.

La derechota no necesita debatir ni reflexionar sobre absolutamente nada, ya tiene todo el trabajo hecho. España es buena, el resto del mundo es peor. Hay que defenderla de sus enemigos, interiores y exteriores, limpiarla, darle una buena mano de pintura, restaurarla, cultivar sus campos, mejorar sus caminos, poblar sus hectáreas, reconstruirla. Una reforma en profundidad para dejar a la nación como una patena. La única discusión es si se usará o no gotelé para remozar las paredes de la patria.

La proposición fundamental del derechonismo es la siguiente: dentro de [lo que contribuya a engrandecer] la nación, todo. Fuera de la nación, nada. Es decir, podremos volver a fumar en los bares y seguir escupiendo en las aceras. Incluso podremos decir burradas a la mujeres por la calle. La magia de la identidad nacional convierte una burrada callejera en un españolísimo piropo. Torturar a un animal durante veinte minutos delante de numeroso público se convierte en arte excelso, etc. ¡Chúpate esa, izquierdérrima!

Es tan sencillo que hasta un niño de tres años podría entenderlo. No hace falta convencer a nadie, todo es evidente por sí mismo. La despenalización del aborto contribuye a la despoblación, y ¿vamos a consentir que nazcan menos niños en nuestra nación? La secesión no es una posibilidad política al estilo canadiense o británico, sino un crimen horrendo que achica el territorio de la nación. ¡Y la izquierdiña enfangada en discutir sobre si el derecho a decidir es una añagaza burguesa o una valiosa conquista del pueblo trabajador!

La derechota ha conseguido una proposición única de venta ultra potente, que cumple las tres condiciones: hace una oferta imposible de rechazar (tus problemas acabarán cuando tu nación –tu identidad– vuelva a ser fuerte y respetada), ofrece algo que la competencia no puede ofrecer (no hay más que comparar “la nación unida marchando con firmeza hacia un futuro mejor” con, por ejemplo, “la extensión de la oferta educativa” o “pensiones sostenibles”) y por esa razón puede atraer clientes o votantes en masa con gran facilidad.

Y mientras tanto la izquierda no atina a encontrar su propia nación, la de las relaciones humanas unidas por redes de interés mutuo en lugar de la de los territorios separados por fronteras. Por ejemplo, la nación universal de los taxistas, o de los parados, o de los empleados de banca, o de los agricultores, todos bajo el mismo sol y el mismo aire, que por cierto se está calentando bastante, debe ser cosa de ese cambio climático o sindemia global del que nadie dice una palabra, excepto una escolar de 15 años (Greta Thunberg) y a ratos una parlamentaria de 29 (Alexandria Ocasio-Cortez).

Marciano Lafuente

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