La furia del blanco de España

Una feria de ganado en Andalucía. Album Salón, marzo de 1899 (Biblioteca Nacional)

“Nacionalidad española y origen ecuatoriano…o sea, ecuatorianos” –fue el comentario en un periódico a la detención de cuatro personas que habían abusado de una chica, el 4 de enero de 2019. La categoría administrativa no importa, lo fundamental es el origen, la raza. Hace unos años, en televisión, un residente en un barrio de Madrid no encontraba explicación a una oleada de incendios de coches en sus calles: “Aquí somos todos blancos españoles normales”. Los blancos españoles normales están entrando en política y lo están haciendo con una característica principal: la furia.

Norman Mailer vio claramente esa ira del hombre blanco cuando le enviaron a cubrir la convención republicana en San Francisco en 1964. Describe el brioso desfile junto al edificio de la convención de una banda de gaiteros escoceses que tocaban noche y día, “como el latido de la fiebre en el corazón blanco, anglosajón y protestante”. El año anterior el gobernador electo de Alabama (George Wallace) había dejado claro el argumento en su discurso inaugural en el capitolio de Montgomery: “El racismo internacional de los liberales busca la persecución de la minoría blanca internacional a capricho de la mayoría internacional de color”.

Más de medio siglo después, en España, muchas personas se sienten amenazadas por esa mayoría de color oscuro. Los ricos consideran injusto que se atienda a los emigrantes extranjeros con el dinero de sus impuestos. Los que pasan apuros piensan que los pasan porque los emigrantes extranjeros copan los recursos del estado y no les dejan nada para ellos. ¿No merece un blanco español normal mucho más que un negro extranjero de malas costumbres? Se trata de restaurar la jerarquía social, con la novedad muy importante de que cualquier español blanco estaría en ella muy por encima de cualquier extranjero sin civilizar.

Esta es una gran novedad en España, donde nunca se dio un orgullo racial de tipo germánico o anglosajón. Una razón es que los españoles fueron clasificados como la variedad de menor calidad de la raza blanca, la mediterránea, dos escalones por debajo de la nórdica. Dentro de la Península se podían ver varios focos de jactancia racial, muy marcado el de las Vascongadas, algo menos el de Cataluña, muy débil el gallego y un cuarto elemento, el castellano, muy difuso y retórico. En Andalucía, pionera de los estudios etnográficos en España, no existía en absoluto, salvo en las grandes familias de origen castellano o anglosajón que gobernaban el país.

Ahora se extiende la sensación de que la etnia (por no decir raza) española es de gran calidad. Esta idea ha ido creciendo en paralelo a la de que España es un país excelente. Se hacen listas de orgullos, desde ser el primer país del mundo en donantes para trasplantes a ser el octavo fabricante de automóviles del planeta. Hasta ahora esta idea de país de calidad era compatible con la idea de un país de mezcla y acogida, pues la explicación tradicional de la forja de la gente española siempre ha sido la mezcla: de celtas, íberos, romanos, godos, judíos, moros, y hasta franceses.

Ahora los blancos españoles normales rechazan la posibilidad de absorber e integrar a los extranjeros en el caldero de mezcla español. Se admite a regañadientes que podría funcionar con los procedentes de Latinoamérica, pero se rechaza de plano con los originarios de África o los países árabes. Esto parece indicar que se está popularizando en nuestro país, nunca mejor dicho, la idea de la comunidad del pueblo como solución de todos nuestros problemas.

La idea principal consiste en forjar una comunidad popular basada en el orden natural de las cosas: la nación unitaria, la familia de padre y madre con hijos como célula fundamental de la comunidad, los extranjeros en su sitio, únicamente bien recibidos cuando acuden a cubrir nuestras necesidades económicas, las actividades sexuales fuera de la norma toleradas si se hacen con discrección, pero nunca subvencionadas ni alentadas, etc.

La furia del blanco de España tiene muchos objetivos: el separatismo, el ecologismo, el multiculturalismo, el lobby gay, los políticos y sus coches oficiales, las autonomías, la inmigración sin papeles, la corrección política, los progres, el buenismo, la ley de memoria histórica, etc. Su potencial político es enorme, porque no necesita ni siquiera un programa electoral, solo una lista de iracundas reclamaciones, “eliminar las autonomías” “terminar con la despenalización del aborto”, “expulsar fulminantemente a los inmigrantes que hayan cometido un delito”, y así.

Las que nos van a salvar de la furia del hombre blanco de España son las mujeres. “Acabar con la ideología de género” es una reivindicación que no se entiende, y tampoco se entiende el papel de las mujeres españolas (a poder ser blancas) en la comunidad popular que se propone. Ser buenas esposas y madres reproductoras de la raza superior española no va a ser suficiente para muchas.

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