Los funcionarios que se odian a sí mismos

Interior de Banco Alemán. Despacho con oficinistas trabajando en sus escritorios con una foto enmarcada de Franco en la pared (Otto Wunderlich) Europeana.

No hace mucho un ilustre catedrático emérito de economía, un hombre de más de ochenta años de edad que ha sido funcionario toda su vida, publicó un artículo donde definía los grandes problemas de España: el envejecimiento de la población, la creciente abundancia de jubilados y pensionistas, y la falta de espíritu empresarial: en este país todos quieren ser funcionarios. Es un caso más de los famosos funcionarios neoliberales por oposición.

Son firmes partidarios de la reducción del gasto público (es decir, de sus sueldos, puesto que son funcionarios del Estado). En realidad, les gustaría ser despedidos e iniciar una ilusionante carrera empresarial, pero por desgracia el Estado no despide así como así, hay que hacer algo muy gordo y hacerlo repetidas veces, y ni siquiera hay garantía de éxito: el Estado suele ser lento e ineficaz, y el expediente sancionador se puede traspapelar fácilmente.

Así que no queda más remedio que aguantar en el puesto, con la esperanza de conseguir un cargo en el próximo gobierno de derechas que gane las elecciones, solo o en comandita. Entonces llega el momento de pedir la excedencia, que es un trámite relativamente sencillo, y entrar en política. El 99% de los altos cargos derechistas de la política son funcionarios en excedencia (y un porcentaje considerable de los altos cargos izquierdistas, también).

Ya metido en política, el funcionario en excedencia derechista se dedica a alabar en público el espíritu aventurero de los emprendedores. La derecha cree en el mito del emprendedor creador de riqueza y de empleo, valeroso inventor y organizador, amante del riesgo y en general elegante y triunfador, y abomina del funcionario poltrón y del vago que vive del subsidio y la subvención. Algunos pasan solo dos o tres años fuera de su puesto fijo en el Estado, otros pueden pasar décadas. Pero aunque sean 30 años, al dejar los mítines y las reuniones de la ejecutiva saben que les espera su puesto fijo e inamovible, su plaza. Esta contradicción tan evidente irrita a veces al personal, pero nunca llega la sangre al río porque en este país todos quieren ser funcionarios.

Marciano Lafuente

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