Los cincuenteniales llaman a la puerta y no les abren

Los cincuenteniales o fiftiennials tienen varias características repugnantes. La primera es la edad, una tierra de nadie entre la venerable vejez y la espléndida madurez. Los cincuenteniales nacieron entre 1955 y 1965 aproximadamente y ahora tienen, si la calculadora no falla, entre 62 y 52 años. Es decir, están en plena cuesta abajo pero se resisten a visitar al médico y les angustia tomar medicinas, bien lejos de la tranquilidad con que los ancianos se toman su polimedicación.

La segunda mala cualidad es la falta de experiencias vitales. Los ancianos han vivido la guerra o al menos el hambre, los mileniales han viajado por todo el mundo desde pequeños y son fluentes en inglés. Los ciencuenteniales no hablan nada, sólo español. Algunos estudiaron francés en el bachillerato (!) y han viajado ya talludos, primero a París y luego si acaso una escapada a Bangkok. No tienen familiaridad con el hecho extranjero. La mayoría de ellos lleva décadas intentando mejorar o empezar su inglés, con poco éxito.

La relación con la tecnología de los cincuenteniales solo se puede definir como patética. Es verdad que han visto televisión desde que eran mamones, pero internet les pilló con casi cuarenta años. Se intentan desenvolver esgrimiendo esmarfones de última generación y abriéndose candorosas cuentas en Feisbuk y Tuita. ¡Se ha llegado a ver a hombres de 65 años con una cuenta de Istagram!

Su actitud hacia los mileniales va del desprecio furibundo a la admiración babosa. Pero en realidad es envidia, mezclada con un poco de pitorreo (schadenfreude sería más correcto) al ver como los sufridos millennials bregan con trabajos precarios y sueldos de 700 euros al mes. A no ser que el cincuentenial se encuentre en la misma situación, que cada vez hay más casos. Si es así, el cincuentenial se convierte en discípulo del milenial, quiere absorber hasta el último truco sobre cómo desenvolverse en el mundo digital, creyendo que eso le salvará la vida.

Los cincuenteniales temen mucho la vejez, ese acercarse a la primera línea de playa. Si han trabajado bien, pueden gozar de una cómoda prejubilación o de unos buenos últimos años laborales. Si han trabajado mal, tendrán que seguir en activo hasta los ochenta años –si Dios les da salud– y luego les quedará una pensión asistencial de quinientos euros al mes.

Los ciencuenteniales tienen un pie atrás y otro delante de manera más marcada que el resto de las generaciones. Es decir, su cuerpo se formó en los primeros años de abundancia de las décadas de 1950 y 1960, y no tuvieron ningún problema de desnutrición, más bien al contrario, son la primera generación que tomó leche a toneladas y devoró filetes a espuertas.

Pero no pueden olvidar lo que les contaron sus padres y abuelos, gente que nació entre 1900 y 1920 y se tragaron entera la guerra civil y los años del hambre. En un mundo con trescientas variedades de yogures en cualquier supermercado, los cincuenteniales pueden ver allí al fondo, entre la sección de congelados y la de bollería industrial, el espectro del hambre, que ellos no han sufrido.

Algunos ciencuenteniales podrán ver tanto el auge como el final del petróleo, los últimos coches de caballos y los primeros coches autónomos, el comienzo de internet y su final, sustituido por algo que seguramente ya está inventando algún milenial de los nacidos hacia el año 2000. Con suerte, no verán nada peor que lo que está pasando ya en el mundo, y podrán decir con orgullo, a la altura de 2050,  “yo estuve allí” cuando sus bisnietos, que tienen que hacer un trabajo para la escuela, les pregunten por la movida de Madrid.

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