Empatía con los banqueros: esos extraños seres que siempre ganan

Ha vuelto a ocurrir. Otra vez. Para una vez que nos habíamos hecho ilusiones… El 16 de octubre de 2018, los jueces del Tribunal Supremo dictaron una justa y sabia sentencia parando un poco los pies al latrocinio hipotecario. Tras algunas llamadas teléfonicas, el Tribunal Supremo suspendió su propia sentencia y redactó otra, siguiendo al pie de la letra el método Groucho Marx de los principios de quita y pon.

La torpe intervención del Gobierno para rectificar la sentencia suprema judicial ha tenido como resultado final el 8 de noviembre, apenas tres semanas después de la alegría inicial, que todos los periódicos detallen cómo van a subir las hipotecas y cómo nos van a cobrar el impuesto, queramos o no, aunque el Gobierno diga misa. Y lo más seguro es que nos cobren alguna cosa más, un extra para compensar la insolencia populista anti-bancaria.

Ante tamaño alarde de poder bancario y financiero, todos nos hacemos la misma pregunta: ¿Porqué los banqueros siempre ganan? La explicación estándar, porque ellos fabrican el dinero –el dinero es la sangre de los hombres, y quien no lo tiene camina como un muerto entre los vivos, decía el dicho clásico– es demasiado fácil. Tiene que haber otra razón, y la hay: los financieros y banqueros no son personas como las demás. Son una variedad superhumana que por esta misma razón recibe recomprensas sobrehumanas. ¿Qué hacen que no hagamos los demás, los resentidos populistas? Pues cosas como estas:

Los banqueros trabajan más que nadie: tienen la agenda repleta, les arde el móvil, no dan abasto, están dieciocho horas diarias en actividad, del despacho a una reunión, de la reunión al avión, del roadshow a otra reunión. y de ahí a comer con Manolo, su contacto en ya sabes dónde. ¡Ya quisiera el gran directivo una jornada de nueve  a cinco!

Nadie le ha regalao nada a los banqueros: nada de mamandurrias, subvenciones o ayudas. Los hombres del dinero lo han conseguido todo a base de trabajo duro y de conseguir contratos gracias a jugar al golf con José Alfredo y cenar con Pepín. Muy lejos del español medio, con sanidad gratis, subsidio de desempleo, incluso libros gratis para los niños en ocasiones.

Los grandes financieros están siempre agobiaos, pronunciado sin “d” final: no les llega el dinero para nada. Además de los impuestos, resulta que tienen dos, tres o cuatro o cinco casas que atender, hipotecas, pensiones que pagar, planes de pensiones que financiar, más los vehículos y los colegios con idiomas garantizados de los niños. ¡Qué lejos de la visión popular del rico tranquilo y vividor!

Son activos y emprendedores, amantes de la innovación, el riesgo y el desafío. Se enfrentan continuamente a retos ilusionantes. Es algo muy diferente del pancismo del empleado apegado a la rutina, enemigo de cualquier novedad e incapaz de reinventarse.

Son amantes del riesgo. Todos sus privilegios, como la inmunidad legal y los contratos blindados, sirven a un propósito: incentivar que los altos directivos financieros tomen decisiones de riesgo, para que la economía se mueva con más ímpetu. A veces se pasan de la raya, es verdad. Así que
a un alto directivo financiero que apriete el acelerador demasiado y provoque, por ejemplo, que diez o doce mil personas terminen en el paro, no le pasará nada, se podrá retirar con mucho dinero para disfrutar lo que le quede de vida.

La percepción del mundo que tienen los directivos financieros es diferente de la nuestra. A la gente le parece muy mal que al directivo de un banco, que ha estafado a muchas personas con diversos timos financieros, se le premie con un super bonus o una jubilación millonaria. Pero, en contra de lo que piensa mucha gente, no lo hacen con mala intención. Sencillamente, funcionan de manera diferente a la nuestra. En la cultura popular, el que la caga la paga. En la cultura financiera, no hay posibilidad de cagarla. Donde nosotros vemos un escandalosa quiebra, ellos ven una simple reordenación de activos.

Los banqueros, además, disfrutan del efecto señorita del Sur. Así como las mujeres blancas de las plantaciones se desnudaban delante de sus esclavos negros sin caer en la cuenta de que eran hombres con sangre en las venas, lo mismo que se quitarían la ropa delante de un perro o una vaca, así los financieros hacen cosas que los mindundis consideran hirientes, pero que a ellos les parecen perfectamente naturales. Es una cuestión de educación. Sencillamente, no entienden por qué nos ofende.

Por último, una extraña característica de estos seres es que no disfrutan de su dinero. Recientes investigaciones etnográficas muestran que los grandes financieros, a diferencia del resto de los mortales, no gozan de su riqueza. Según los últimos trabajos de campo, la mayoría de ellos se comporta económicamente como el más tímido y peor pagado empleado. El cochazo lo paga la empresa. La finca está a nombre de no se qué sociedad para desgravar.

La obsesión de los superfinancieros es ahorrar en cualquier transacción, como el amo de casa arañando unos céntimos en el mercado. Dedican enormes esfuerzos no a disfrutar de su dinero, sino a conservarlo, atesorarlo y aumentarlo por toda clase de medios. Esto explica los rituales de atesoramiento de tipo “piscina de Tío Gilito”, con ceremonias que tienen lugar en despachos de abogados internacionales, cajas de seguridad de bancos suizos, etc. Y es que, como dice J.P. Colembaum, “el dinero se convierte en una coraza mágica frente a los riesgos del mundo”. Eso explica que personas con cien millones de capital lleguen a cometer actos ilegales o simplemente repugnantes para añadir otro millón a su erario.

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