La inmerecida mala reputación de los bancos

Toma de posesión de dos nuevos consejeros provinciales del Banco de España, uno de los cuales presta juramento (20 de marzo de 1972). Ajuntament de Girona (Europeana).

Hasta no hace muchos años, los bancos eran extraños a nuestras vidas. Todos teníamos alguna cuenta (o más bien cartilla) abierta en alguna caja de ahorros, y no había mucho más que contar en nuestro manejo del dinero. Fuera en una caja o en un banco, el dinero se tenía en una cuenta, se sacaba, se ingresaba, se domiciliaban recibos si se podía y eso era todo. Los primeros signos inquietantes empezaron cuando se estimuló a la población para que compraran acciones de la Telefónica, que por entonces era una empresa estatal y por lo tanto de mucha seguridad.

También había una cosa que se llamaba plazo fijo, que también era muy seguro. La gente decía “tengo cien mil pesetas a plazo fijo” como el que enseñaba el perfecto alicatado de su cuarto de baño. Los mismos bancos eran oficinas más bien siniestras, con ventanillas enrejadas como las los bancos de las películas del oeste donde se hacían los trámites con la misma sensación de inferioridad servil que en cualquier oficina del Gobierno. Pero fueron precisamente las películas americanas las que cambiaron esta situación feudal.

Comenzaron a aparecer en las pantallas dinámicos y sonrientes directores de bancos del medio oeste que se sentaban en el borde de la mesa de su despacho mientras se sinceraban con Harry o Samuel y terminaban prestándoles diez o doce mil dólares con la única garantía de su palabra. Los bancos españoles también querían ser así, y las lóbregas hileras de ventanillas fueron sustituidas por mesas entre macetas, quedando un cajero fortificado al fondo para guardar las apariencias. Entonces fue cuando los bancos comenzaron su camino de perdición. En vez de un seco funcionario en una ventanilla, los clientes se encontraron con un gran despliegue de seductores empleados y empleadas que, lejos de llevar a cabo trámites mecánicos de intercambiar impresos y billetes, se entregaban a largas charlas con los parroquianos.

En estas charlas, los banqueros iban destilando veneno en el oído de sus clientes: todos ellos tenían un capital (no un dinerillo) que había que invertir (no ahorrar) para que diera rentabilidad (y no solamente un calendario y un boligrafo por navidad). Los clientes se dejaron arrullar por estos cantos de sirena financieros, elevados instantáneamente de la categoría de pequeños ahorradores de cartilla a la de intrépidos inversores. Todo esto se derrumbó hace unos años, cuando se vio que los bancos no tenían la menor idea de lo que estaban haciendo, salvo coger el dinero de sus clientes y hacerles promesas imposibles de cumplir. Saber que los bancos, lisa y llanamente, mentían sistemáticamente a sus clientes fue una de las grandes caídas del guindo que provocó la crisis. Así es como dejamos de confiar en el director de la sucursal, un hombre majísimo de un pueblo de al lado del de nuestra mujer.

Imagínese una carnicería donde la calidad de la carne que compre es a riesgo suyo. Le ofrecerán un filete pasado de una vaca enferma alimentada con pienso industrial atiborrado de dioxinas y se lo venderán como un jugoso filete de ternera que no ha visto otra cosa en su vida que verdes pastos. Da igual que conozca al carnicero de toda la vida: intentará engañarle. Así pues, en su próxima visita a la carnicería, vaya provisto de instrumental de laboratorio y de un manual para distinguir el género bueno del malo.

Otro elemento muy dañino para la reputación de los bancos es el agudo contraste entre la atmósfera amigable con que nos rodean y la dura realidad que sigue después. Durante años, los bancos funcionaron con la ficción del cliente preferente. Todo el mundo creía pertenecer a esta categoría, que al parecer aseguraba mejores condiciones para los préstamos, plazos más cómodos para devolverlos, y en general una atmósfera de benevolencia financiera para los cliente agraciados con esa bicoca.

De repente descubrimos que no existía la categoría de cliente preferente, y que el trato, en la realidad, era desde el punto de vista financiero igualmente brutal para todos (salvo para los grandes deudores, claro está). Así, vimos como las tiendas reducían sus precios, y los bares hacían ofertas de una jarra de cerveza y una de bravas por 1,5 €, pero los bancos permanecieron impertérritos. No rebajaron ni un céntimo el precio de venta de sus productos. No se ablandaron ni una micra. Si les debías algo, seguirías debiendo exactamente la misma cantidad, incrementada en su caso por diversos intereses de demora y otros castigos financieros, por toda la eternidad.

Tan mala llegó a ser la imagen de los bancos y de los banqueros, que el gobierno intentó legislar torpemente en el sentido de bajarles el sueldo. Se establecerían topes, se dijo seriamente. No podía ser que unos pocos ganaran tanto a costa de la miseria de tantos (como hubiera dicho Churchill). Se llegó a establecer una cifra de salario de castigo, algo brutal, aproximadamente 500.000 € al año a los altos directivos de entidades financieras rescatadas con dinero público.

Entonces es cuando empezamos a tener compasión de los banqueros.   Había que hacer sacrificios, sí, pero ¿quién no los haría sabiendo que conllevan la moderación salarial de los banqueros?. Puede que a usted le quiten la ayuda para cuidar a su anciana madre impedida, o le recorten el sueldo, o simplemente se lo quiten del todo, enviándole al paro. Pero todo eso es pecata minuta comparado con la estupefaciente sensación de ver a un banquero apañándose con 500.000 o incluso menos euros anuales, sudando en su sastrería de Savile Row para elegir el paño más barato y dejando de comprar corbatas de seda virgen del valle de Vilcabamba para conformarse con seda virgen a secas. Esta limitación salarial nunca se llevó a cabo y, como dijo un portavoz del mundo financiero, “antes se congelará el infierno que se recortará el salario de los banqueros”.

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