El milagro de Bankia

Edificio del Monte de Piedad y Caja de Ahorros de Madrid en construcción, estado de la obra en septiembre de 1873. Plaza de las Descalzas, Madrid. Biblioteca Digital Hispánica – Biblioteca Nacional de España.

 

Hubo una singularidad del espaciotiempo en la plaza del Celenque, Madrid, durante varios meses de 2012 , hacia las seis de la tarde de lunes a jueves. A la derecha según se mira la entrada principal del edificio (actualmente abandonado) estaba la salida del párking de directivos de la entidad antes conocida como Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Madrid, luego Bankia.  En una de las paredes de esta salida hay un cajero automático. No tiene mucho uso, porque a pocos metros está la gran sala de cajeros de la entidad. Ocurrió que una concentración de afectados por la piratería hipotecaria ocupó la acera de la fachada principal durante varios meses, con tiendas de campañas, sillas de plástico e infiernillos para prepararse la comida, dispuestos a resistir.

Mitad por precaución y mitad como medida de presión, la dirección de Bankia decidió cerrar la gran sala de cajeros, y sólo quedó para servicio público el solitario cajero de la salida del párking. Por las tardes se formaban unas colas regulares, y a cosa de las seis empezaban a salir coches del aparcamiento subterráneo privado de la entidad: los directivos volvían a sus hogares, en alguna urbanización de postín. Es sabido que las jerarquías en las grandes empresas se miden por un orden de picoteo mucho más estricto que el de un gallinero, y sin duda el disfrute de una plaza de aparcamiento segura en un lugar tán céntrico de Madrid se consideraba un gran privilegio entre la cúpula directiva, equivalente al de la famosa llave del lavabo de ejecutivos de las películas americanas.

Los directivos o ejecutivos cogían su coche, enfilaban la rampa de subida y se topaban de bruces con la cola del cajero. La cola del cajero estaba formada por personas más bien cansadas a esas horas, con caras de pocos amigos y la desconfianza instintiva que sentimos todos cuando tenemos que manejar nuestro dinero en público. Algunos coches podían salir con rapidez, atravesar la cola que se echaba atrás renuentemente y enfilar el cruce de la calle Arenal hacia Mayor. Otros tenían que esperar a que se despejase el tráfico, lo que les obligaba a resistir hasta un minuto entero al volante, en medio mitad de la ceñuda cola del cajero.

Había varios tipos de coches. Uno eran los todoterrenos urbanos, de dos toneladas de peso, con el conductor sentado bien alto y dominando la situación. Parados en medio de la cola de representantes del pueblo llano, se les veía algo incómodos, pero bastante a salvo. Otros, menos frecuentes, conducían deportivos aerodinámicos de los que no levantan un palmo sobre el suelo. En este caso los de la cola miraban desde arriba al conductor, aplastado sobre su asiento con el trasero a pocos centímetros del asfalto. Estos lo pasaban peor, y se podían ver claramente algunas miradas de pánico entre ellos.

Nunca salía ningún coche verdaderamente caro, ninguna berlina blindada con cristales tintados, seguramente tenían su propia salida premium algunas calles más allá. Los que usaban la salida del cajero eran ejecutivos intermedios, soldados de poca importancia en la gran guerra financiera. Los grandes jefes estaban a salvo, no conocían las calles de la ciudad, vivían en una burbuja protegida. Por fin, los afectados por la piratería hipotecaria y financiera levantaron el campamento, se reabrió la sala de cajeros y los coches de los directivos pudieron abandonar discretamente el aparcamiento, sin apenas ser notados. El punto de fricción desapareció. Pero la gran guerra financiera continuaba.

Meses después, en enero de 2014, el venerable portavoz de la economía occidental The Economist (fundado en 1843) dedicó un artículo a la venerable institución financiera antes conocida como Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Madrid (fundada en 1703 por el padre Piquer). La revista no puede evitar un suspiro de admiración al examinar Bankia y sus movimientos, y lo expresa así, en inglés que queda más fino: “And the bank is profitable again”. El banco ya es rentable otra vez. Luego explica que el Gobierno español enterró (sunk) 22.400 millones de euros en la entidad (usando la división demagógica, unos 500 euros por habitante) y que tal vez algún día pueda recuperar parte de ese dinero. El broche de oro de la explicación del Milagro de Bankia lo pone el presidente de la entidad, que dice con modestia: “el tiempo pone a cada uno en su sitio”.

El Milagro de Bankia, junto al cual el de Fátima parece poca cosa pese a estar implicados en él tres pastorcillos y la mismísima Virgen María, consiste en que bastó inyectar unos 22.000.000.000 € en una entidad que perdía unos 22.000.000.000 € para que la entidad dejara de tener pérdidas. En septiembre de 2018, el mismo presidente de la entidad consideró “una pregunta trampa” la cuestión de un reportero sobre “si finalmente se van a devolver todas las ayudas recibidas” y terminó diciendo ante la prensa: “Creo que Bankia tiene que ser privatizada. Defender la banca pública como un instrumento de política económica es un gravísimo error”. ¡El milagro continúa!

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