El uniforme de los directivos podría ser más útil de lo que parece

 

¿Qué tienen en común banqueros y políticos? Además de comer y cenar en los mismos restaurantes y sentados a la misma mesa, el uniforme, que se compone básicamente de chaqueta y corbata. Hace unos años, cuando el capitalismo tuvo un momento de pánico e incluso llegó a pedir la suspensión temporal del libre mercado, algunas firmas de la City de Londres aconsejaron a sus empleados que no fueran trajeados fuera del recinto de la Ciudad Prohibida Financiera. Esos tiempos ya han sido olvidados: el capital triunfa en toda línea sobre el trabajo y los trajeados vuelven a ser los amos de universo.

Su uniforme deriva, como sabemos gracias a la Wikipedia, de la chaqueta de montar del caballero inglés, perseguidor de zorros y de sindicalistas. Por esta razón la chaqueta inglesa tiene dos cortes detrás, para que su portador pueda montar a caballo sin arrugarla. La corbata parece que viene del vistoso pañuelo que llevaban al cuello los mercenarios croatas que visitaron París en tiempos de Luis XIII. Los colores oscuros de las chaquetas proceden del estilo de la corte de los últimos Austrias españoles. El traje del caballero quedó fijado así a mediados del siglo XIX, y ha evolucionado poco desde entonces.

Los poderosos antiguos vestían como pavos reales, con muchos perifollos indicadores de su rango. Todavía a comienzos del siglo XX las reuniones de ministros y próceres reunían gran cantidad de sombreros de plumas y brocados. Hoy toda esa rica variedad ha desaparecido. El poderoso actual viste chaqueta oscura, camisa clara y corbata a elegir. Es imposible distinguir su rango examinando su vestimenta. Cuando se juntan varios, sólo el color de la corbata determina su individualidad, el resto está repetido. Las mujeres directivas imitan en general esta uniformidad, si bien con muchos más grados de libertad en colores y formas.

Hasta ahora no se tenía una idea clara de por qué los varones con poder han elegido un uniforme común. Parece ilógico que hombres muy influyentes no quieran distinguirse por su indumentaria, como se ha hecho toda la vida, desde el jersey y la gorra de tanquista del general Montgomery a la túnica de Gandhi. Aplicando la teoría vigente sobre el sentido de los uniformes corporativos, sirven para anular la individualidad de los que los que lo llevan de cara al exterior y al mismo tiempo para proyectar una imagen de marca unificada y potente. De esta forma, una reunión de directivos funciona como un batallón militar o un grupo de religiosos, dando en conjunto una imagen de fuerte poder. Es también una adaptación críptica: el directivo (sea político o empresarial) desaparece en una masa de uniformes de color oscuro, en la que se oculta como un calamar tras su nube de tinta. Al mismo tiempo, conserva un pequeño panel informativo, la corbata, cuyo color, forma y otros signos transmiten información de interés que sólo se puede apreciar desde dentro del cardumen de hombres de poder.

De esta forma, sin necesidad de sombreros de plumas ni entorchados, los directivos pueden conspirar y negociar con sus equivalentes sabiéndose protegidos por el uniforme común de la secta, y al mismo marcar su individualidad y jerarquía ondeando la corbata, repleta de señales de estatus. Así el uniforme de los trajeados refuerza el sentido de pertenencia a una secta con valores y códigos compartidos. Eso se nota cuando algún dignatario se atreve a comparecer en un foro mundial con el traje de su país; si no se trata de una monarquía petrolera, le ponen a caer de un burro.

Hace unos años la aparición de megadirectivos (como los de Silicon Valley) que no usaban chaqueta y corbata, sino una imagen de marca propia, como el jersey de cuello alto de Steve Jobs, hizo saltar las alarmas. Se llegó a predecir la extinción del uniforme de los trajeados. Pero luego las aguas han vuelto a su cauce y la chaqueta y la corbata reinan con más vigor que nunca, tributo a un diseño de éxito que lleva un siglo y medio funcionando en toda clase de circunstancias políticas y sociales.

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