Los guiris adoran España y en general a sus habitantes

 

Batallones de extranjeros recorren las calles de las ciudades españolas. En Madrid casi no se puede andar por las vías céntricas por su culpa. Los guiris son de dos tipos. Los menores de 25 años van en grupos de cincuenta en cincuenta, de varones o de chicas, casi nunca mezclados. Los varones suelen ir disfrazados, con un abigarrado aspecto general que recuerda a las representaciones teatrales de los presos británicos en El puente sobre el río Kwai. Alguien debería investigar la afición de los hombres jóvenes ingleses a disfrazarse de mujer. Las chicas van todas uniformadas, a base de cuernos de plástico, tridentes, rabos, capas rojas, etc. O bien con parches en el ojo, pañuelos a rayas en la cabeza y garfios. Chicos y chicas parece ser que celebran despedidas de soltero, fines de curso y cosas parecidas. Por lo que a ellos respecta, lo mismo les da estar en Madrid que en Sebastopol.
Sus padres y sus abuelos son turistas muy distintos. Suelen ser parejas de cierta edad, vestidas de sport (ellos lo inventaron) y con una guía o un plano de la ciudad siempre a mano. Se les puede ver a las ocho de la mañana, en la puerta de su hotel, algo inquietos: van a recorrer las calles de la capital de un país donde la tasa de paro es del 16% y más de un millón de hogares no tienen ingresos, que es algo en principio para preocupar a cualquier turista. Luego descubren que no hay ejércitos de indigentes por las calles, solamente algunos centenares, y que la proporción de robos y asaltos es normal tirando a baja.
Los guiris caminan hacia Puerta del Sol esperando ver color local, pero lo que ven es unas cuantas furgonetas de los antidisturbios en la acera de la Casa de Correos, varios coches de la policía municipal y una multitud deambulando pacíficamente por la plaza, que suele albergar dos o tres actos políticos simultáneos en relación con Venezuela, a favor y en contra del gobierno bolivariano. Algo decepcionados, los guiris se van a cenar y a tomar unas copas y descubren que los precios han bajado y que hay captadores a la puerta de los bares, cosa que no había antes.
Todo el mundo parece muy amable y las dentaduras de los nativos parece que brillan más blancas sobre rostros que parecen más morenos. Es entonces, con unas cuantas copas de buen vino en el cuerpo, cuando el guiri se relaja, se vuelve a su pareja y le dice “es como en los buenos viejos tiempos” (the good old times). Este año se espera un 10% más de turistas que el año pasado, y un tercio de las viviendas del barrio de Sol son apartamentos turísticos. En general los españoles están en su sitio, pero no siempre. La nota pintoresca pero significativa la puso una señora inglesa de avanzada edad que puso una queja formal a la agencia Thomas Cook porque había demasiados españoles (too many spaniards) en su hotel de Benidorm.

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