Los ahorradores, azote de la sociedad

 

Después del inversor en busca de beneficios, el ahorrador en busca de rentabilidad es el mayor azote de la sociedad. Y el ahorrador con 50.000 euros en el bolsillo es un verdadero peligro público. Alguien debería tranquilizarles, decirles que se gasten su dinero en vicios, cosa que anima mucho a la economía, y que se dejen de juegos malabares con el dinero.

El inversor tiene la excusa de que vive de su profesión, necesita el dinero de los beneficios para pegarse una vida padre. Pero el ahorrador es un señor o una señora que, tras una vida de trabajo y sacrificios, reúne 25.000 euros. Entonces, ¿qué creen ustedes que hace? ¿gastárselos en vino y lo que toque según su orientación sexual? ¿hacer el viaje con el que siempre había soñado? ¿alicatar la cocina? Pues, no señor: meter todo el dinero a plazo fijo en un banco para que le rente algo.

Como mucho va a obtener algo así como 200 euros de renta al año, dos bolígrafos y una agenda. Los beneficios se los quedará el banco como gastos variados. Si queda algo de dinero después algunos ahorradores, en lugar de gastárselo en una cena en un restaurante barato, van y los reinvierten, que ya es vesania. En el peor caso los ahorradores perderán todo su dinero, pues el banco habrá conseguido engañarles del todo.

Querer que tu dinero te de una rentabilidad es una consecuencia de ver películas inglesas ambientadas en el siglo XIX. Como sus personajes viven de las sesenta libras de renta que les dejó su tía Mary y parecen elegantes, hablan bien y beben oporto, los deslumbrados espectadores españoles creen que pueden imitarles con sus minúsculos 25.000 euros. Ignoran que la base la fortuna de tía Mary son tres mil libras invertidas en las minas de oro del Rand, protegidas por guardas a caballo armados de fusiles de repetición.

Los eurillos del ahorrador español, por el contrario, proporcionarán al banco grandes beneficios a base de usarlos para comprar y vender deuda de países en apuros, como España. Tras enriquecer a los grandes propietarios del banco y hacer todavía más inexpugnable el blindaje de sus directivos, el resto del dinero languidecerá en una cuenta financiera hasta que se lo lleve el viento o el propietario decida sacarlo, momento en que lamentará no habérselo gastado en vino o en champán francés cinco, diez o incluso veinte años atrás, que hay ahorradores verdaderamente pugnaces.

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