Las naciones juegan, las ciudades pagan

 

Manhattan debería haber votado a Donald Trump en masa, pero no solamente no lo hizo, sino que le dió un raquítico 9,7 % de los votos. Enorme ingratitud para un hombre que ha adornado el distrito con grandes obras como la Torre Trump y la Torre Mundial Trump. Peor fueron las cosas en el Bronx, donde el actual presidente de los Estados Unidos obtuvo el 9,5% de los votos nada más. En general, la ciudad de Nueva York arrugó la nariz ante el candidato republicano y apoyó en masa a la demócrata Hillary Clinton.

Siete de los diez distritos electorales británicos con menos entusiasmo por abandonar la UE están en Londres. Lambeth, uno de sus municipios, tuvo el resultado más anti-brexit (solo 21,4% a favor) de todo el Reino Unido después de Gibraltar. Los peores resultados de Junts per Catalunya, el partido nacionalista catalán de orden, se obtuvieron en grandes municipios del Área Metropolitana de Barcelona, como L’Hospitalet de Llobregat (7,8% de los votos) o Santa Coloma de Gramenet (5,5%).

Parece que a las grandes ciudades no les gustan los nacionalismos. Las ciudades pueden votar a derechas o a izquierdas, pero cada vez que oyen hablar de identidades, fronteras, aranceles y muros se echan a temblar, y con razón. Las grandes ciudades como Nueva York, Londres o Barcelona funcionan conectadas unas con otras en lo que se conoce como la red urbana mundial. En ellas vive ya más de la mitad de la humanidad. Enfrentan pavorosos problemas de hacinamiento, contaminación y abastecimientos. Son la clave para conseguir un mundo más viable. Y también están enclavadas, sin excepción, en territorios de estados nacionales, y eso está siendo un quebradero de cabeza reciente.

Las ciudades carecen de un poder político proporcional a su excepcional importancia. Al contrario, todas las legislaciones electorales funcionan multiplicando el poder electoral de las zonas rurales poco pobladas, que sirven así como contrapeso conservador de las áreas urbanas muy densamente pobladas. El sistema se diseñó hace mucho tiempo para multiplicar el poder del voto de los propietarios rurales en detrimento del poder político de los trabajadores sin propiedades. Funcionó tan bien que el primer diputado socialista (Pablo Iglesias) no ocupó su escaño en el Congreso hasta 1910, más de 30 años después de la fundación del PSOE.

Actualmente los dos partidos de orden, el PP y el PSOE, se reparten como buenos amigos los escaños de provincias como Soria, que elige dos diputados (tres entre 1977 y 2004). En las cuatro elecciones generales desde 2008 el PSOE ha conseguido 4 diputados y el PP otros cuatro en esta provincia. La probabilidad conseguir un diputado en Soria para el resto de los partidos es cero. Hay muchos más contrapesos, métodos de cálculo electoral que penalizan a los partidos minoritarios y cámaras altas territoriales donde en lugar de “un hombre, un voto” se sigue el principio de “un kilómetro cuadrado, un voto”. El resultado final es reducir de todas las maneras posibles el poder político de las ciudades y aumentar el de las naciones.

El resultado de las elecciones catalanas del 21 de diciembre de 2017 fue de ligera victoria en votos del españolismo (o constitucionalismo) que se tradujo en mayoría parlamentaria para el independentismo, gracias al mayor poder político de las dos circunscripciones más rurales, Lérida y Gerona. La prensa más españolista puso el grito en el cielo, hasta que recordó que el sistema electoral que favorece al nacionalismo catalán es el mismo que favorece al nacionalismo español, y guardó a partir de entonces un prudente silencio. Hay un acuerdo tácito entre españolistas y catalanistas para apagar en lo posible la voz de sus grandes ciudades, como Madrid y Barcelona. Lo mismo sucede en general con las grandes ciudades mundiales, que tiene que lidiar con toda clase de trabas por parte de sus gobiernos nacionales, que representan a territorios separados por fronteras. Justo lo contrario de un sistema mundial de ciudades unidas en red.

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