mapabruneteFragmento del Mapa Topográfico Nacional, 1938, con cuadrícula para uso militar.

 

El Generalísimo Franco, con expresión complacida por el progreso de su ejército, de pie sobre una colina en Aragón, mira al este hacia Cataluña mientras un oficial de artillería todavía más bajito que él explica el fuego de las baterías, oficiales de estado mayor se apiñan detrás de un mapa y un corresponsal extranjero parece completamente aburrido de la guerra.

Un pie de foto en Life, 11 de abril de 1938

 

Durante la gran ofensiva de marzo a abril de 1938, el ejército nacional empujó el frente hacia el este unos 100 km en toda la línea desde los Pirineos hasta el mar Mediterráneo, ocupando unos 20.000 km2 y cortando en dos el territorio republicano. Esta gran victoria se vio facilitada por la lluvia continua de mapas de territorio enemigo que fluía desde las alturas del Estado Mayor a las diferentes unidades: desde mapas topográficos de gran detalle, sobre los que podía decidirse los puntos de ruptura del frente y muy útiles para guiar los disparos de los cañones, hasta mapas de menor escala adecuados para los cuarteles generales de los comandantes de la fuerza y para mostrar a los periodistas por donde iban los tiros. Toda esta riqueza cartográfica fue conseguida mediante penosos esfuerzos pues, por extraño que pueda parecer, los militares sublevados no tenían apenas buenos mapas del país que iban a conquistar en julio de 1936. Este inconveniente no pareció grave en las primeras semanas, en que todo lo que tenían que hacer era avanzar por carreteras bien señalizadas en dirección a Madrid, a razón de unos 900 km en apenas 90 días. En estas circunstancias, resultó muy útil el mapa Michelin de carreteras de la península Ibérica, compañero inseparable de la Guía de España y Portugal (“El empleo de los itinerarios de la Guía junto con el Mapa Michelin al 1:400.000 le facilitará el medio de hacer un viaje agradable”, decía la edición de 1936).

Pero pronto la guerra se detuvo, los avances empezaron a medirse por metros, y la necesidad de mapas detallados se hizo acuciante. Las divisiones orgánicas de pre-guerra tenían algunas colecciones de mapas del territorio de su jurisdicción, pero incompletas. En realidad, la cartografía militar de España en 1936 era dispersa y de mala calidad[172]. Tan sólo se disponía de una serie completa a escala 1:50.000 del Protectorado de Marruecos, evidentemente inútil para conquistar Madrid, Bilbao o Barcelona. Las colecciones completas del mítico Mapa Topográfico Nacional, comenzado en 1875 y que cubría toda España con más de 1.000 mapas, se habían quedado en Madrid, junto con todo el instrumental y toda la documentación del Instituto Geográfico. En 1936 se habían publicado ya medio millar de mapas de MTN, pero había montañas de datos topográficos recogidos para los restantes –la serie completa de 1.111 mapas se terminó en 1968. La salvación cartográfica del ejército nacional vino de varias fuentes, algunas sorprendentes. Zaragoza proporcionó una serie completa de mapas detallados de la cuenca del Ebro, así como gran cantidad de fotografías aéreas, localizadas en los archivos de la Confederación Hidrográfica del Ebro[173].

Estas fotografías habían sido realizadas por una empresa fundada diez años atrás, en 1926: la Compañía Española de de Trabajos Fotogramétricos Aéreos (C.E.T.F.A.). El director de la empresa –Julio Ruiz de Alda, célebre por su participación en el vuelo del Plus Ultra, falangista notorio y que murió asesinado en la saca de la cárcel Modelo de Madrid en agosto de 1936– y sus socios habían aprendido el oficio en Marruecos, haciendo cartografía militar del territorio enemigo a base de la única información posible, que era la obtenida desde el aire. Cuando acabó la guerra de África, los aviadores se dieron cuenta de que los 50 millones de hectáreas de España eran una tierra de promisión para la fotografía aérea.

Las imágenes de CETFA de antes de la guerra han alcanzado con el paso del tiempo un valor incalculable. Aunque sus aviones navegaban sin instrumentos, por lo que las pasadas sucesivas eran poco precisas y a veces zigzageantes, la baja altura de vuelo, unos 2.500 metros, una cámara excelente y unos negativos de gran tamaño aseguraron unas fotografías de gran calidad, con una resolución muy aceptable. Lo que muestran es un paisaje “preindustrial” en muchos sitios, un campo explotado y batido hasta el agotamiento, sin dejar ni un palmo sin cultivar, pastorear, aprovechar para leña, setas, caza o lo que fuera menester. Se ven menos árboles que hoy en día, los caminos son mucho más estrechos y sin asfaltar, y el grano general del paisaje es fino, un mosaico de pequeñas piezas más que las grandes teselas que forman nuestro paisaje actual.

Este era el paisaje que mostraban las fotos de la cuenca del Ebro –realizadas por CETFA para la Confederación Hidrográfica del Ebro–  guardadas en Zaragoza, que fueron de gran utilidad, teniendo en cuenta la gran intensidad que terminaría tomando la guerra en Aragón. Alemania e Italia también pusieron de su parte para paliar la pobreza cartográfica del ejército nacional. El ejército alemán tenía una serie completa del mapa topográfico español 1:50.000, que fue prontamente enviada a Burgos. El cuerpo expedicionario italiano (CTV, Cuerpo de Tropas Voluntarias) proporcionó un valioso gabinete cartográfico militar completo, que se instaló en Vitoria y fue muy útil en el ataque a Vizcaya en la primavera de 1937. Italia aportó también su gran experiencia en la elaboración de mapas del territorio enemigo a base de fotografías aéreas, adquirida en Etiopía el año anterior. La aviación nacional también había hecho lo mismo en Marruecos, a menor escala, durante la guerra de 1909-1927, dando origen a la experiencia de CETFA. Además, se pusieron en marcha las redes de espionaje para sustraer mapas del territorio republicano. Con estos mimbres y un duro trabajo, el ejército franquista pudo llegar a realizar su propia versión del mapa topografico nacional 1:50.000, con algunas hojas conteniendo apenas esbozos incompletos, pero que se reveló muy útil para el esfuerzo de la guerra. Los mapas civiles del Instituto Geográfico eran militarizados quitando información superflua (como los tipos de cultivos) y añadiendo una cuadrícula regular para facilitar la medición de distancias. El “50.000” era el mapa madre, del que salían los 1:25.000 o incluso 1:10.000 o 1:5.000, necesarios para preparar ataques con precisión en terrenos abruptos con gran densidad de fuerzas , y también por otro lado, los “mapas de mando” 1:100.000 y otras escalas menores, como el mapa de España en un solo panel que dominaba el despacho del Franco en el CGG (Cuartel General del Generalísimo) de Burgos.

El terreno de la gran ofensiva de marzo-abril de 1938 fue fotografiado desde el aire minuciosamente para obtener la información necesaria para elaborar los mapas, en una extensión de unos dos millones de hectáreas entre Teruel y Valencia[174]. También fue necesario fotografiar amplios sectores de las provincias vascas, así como parte de la provincia de Guadalajara, con vistas a la gran ofensiva sobre Madrid prevista para finales de 1937. No se pensaba repetir el error de marzo de ese año, cuando según la queja de los generales italianos, sus fuerzas debieron contentarse en la Alcarria con el famoso mapa Michelin 1:400.000.

La aviación nacional tenía algunos modelos alemanes muy apropiados para el reconocimiento y la fotografía aérea, al ser rápidos pero lo bastante grandes como para cargar gran cantidad de equipo fotográfico, como el Heinkel 70 Rayo o el Dornier 17 Bacalao.  Sus servicios y los de otros aparatos usados para el mismo fin se hicieron muy necesarios en los meses siguientes  a la batalla de Teruel, cuando el ejército franquista inició la conquista paulatina de Aragón, Cataluña y parte de Valencia. El avance solo se detuvo durante los meses de verano para neutralizar la ofensiva republicana en el Ebro, y luego prosiguió hasta ocupar toda Cataluña en febrero de 1939. Esta clase de guerra metódica necesitaba mapas de calidad.

El ejército popular también tuvo que dedicarse a producir cartografía militar en grandes cantidades, usando como base el Mapa topográfico nacional y todas las fuentes que pudo reunir. Se militarizaron los mapas civiles del Instituto Geográfico y se dibujaron muchos mapas detallados de las zonas principales de guerra, como los alrededores de Madrid, Teruel, el frente aragonés, el Ebro y Levante. Los mapas republicanos resultaron ser de excelente factura, bien impresos y con frecuencia tirados a varias tintas. Es verdad que los mapas buenos llegaban a los estados mayores de las unidades grandes del ejército, como divisiones, brigadas y batallones, y las compañías y secciones se debían arreglar a veces con calcos a papel cebolla de trozos de los mapas originales.

Toda esta cuantiosa producción cartográfica requería el entrenamiento del personal militar para comprender y utilizar los mapas. Aquí el ejército popular de la República estaba en desventaja, aunque las escuelas populares de guerra y la Escuela Popular de Estado Mayor dieron cursos de cartografía militar a los futuros oficiales que pasaban por sus aulas, que incluían conceptos tan abstrusos como la proyección Lambert [175].

El mapa es una expresión de dominio de un territorio, tanto mayor cuanto más detallado sea. La serie de 1.111 hojas del Mapa Topográfico Nacional fue un esfuerzo principal en la larga lucha del estado español para afianzar su poder sobre el país que gobernaba, del mismo rango que la Guardia Civil o el Ministerio de Obras Públicas. Los mapas 1:50.000 del MTN detallaban los términos municipales, las edificaciones, desde un casco urbano a una alquería aislada, todas las vías de comunicación, desde el camino real a un sendero de montaña, los usos de la tierra (viñedo, cereal, pastizal, pinar y así hasta una veintena), las fuentes, las minas, los ríos y los arroyos. Las precisas coordenadas geográficas encerraban todo el país en una red geodésica invisible pero omnipresente, cuyas manifestaciones se podían ver en los postes y mojones pintados de blanco que jalonaban todas las elevaciones del país.

Después de la guerra, los militares tomaron las riendas de la producción cartográfica española, escarmentados por la penuria que habían sufrido entre 1936 y 1939. Sobrevivió el instituto geográfico civil, pero bajo las riendas del Ejército, que completó por su parte sus propias series de mapas, de excelente calidad. Además, entre 1940 y 1943 el ejército alemán compuso su propia serie de mapas 1:50.000 de toda la península Ibérica, con la colaboración de las instituciones españolas. Por si fuera poco, las fuerzas armadas británicas y norteamericanas produjeron mapas de escala similar de extensas zonas de España, principalmente Levante y Andalucía, y en 1945 la fuerza aérea norteamericana realizó un vuelo completo de toda la Península, el primero que se hacía, que sirvió como base de una cartografía detallada. Así en apenas diez años, desde julio de 1936, la cartografía en España creció y se multiplicó, pero como instrumento de violencia y arrastrada por la guerra.

 

[172] Los mapas impresos durante la guerra civil española (I) Cartografía republicana. Francesc Nadal, Luis Urteaga y José ignacio Muro. Estudios Geográficos, LXIV, 2003
[173] Los mapas impresos durante la guerra civil española (II) Cartografía del Cuartel General del Generalísimo. Francesc Nadal, Luis Urteaga y José ignacio Muro. Estudios Geográficos, LXIV, 2003
[174] Revista de Aeronáutica, nº 1, Información nacional
[175] La Escuela Popular de Estado Mayor. Funcionamiento y programa general de estudios del nuevo centro de enseñanza militar. Boletín decenal del Estado Mayor Central del Ministerio de Defensa Nacional. Sección de Información del Ejército de Tierra, nº 2, 20 de junio de 1937.

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