caretapirelliAeronáutica (Órgano oficial de la aviación republicana), junio de 1937

 

La mayor resistencia enemiga sirvió para que el castigo a los rojos fuese más grande.

El Defensor de Córdoba, 9 de noviembre de 1936

 

El 30 de enero de 1938 se constituyó el primer gobierno nacional en Burgos, compuesto por doce varones de mediana edad. Cuatro de ellos por lo menos habían pasado grandes peripecias para poder sentarse en el salón del consejo de ministros del Palacio de la Isla. Tanto Serrano Súñer como Raimundo Fernández Cuesta habían estado presos en la cárcel Modelo de Madrid. Serrano se fugó y el jefe de la Falange fue canjeado tras 18 meses de cárcel. Suances y Peña Boeuf, ministros de Industria y Comercio y de Obras Públicas, altos profesionales a los que el golpe militar pilló en  Madrid, también escaparon de la zona roja. La ruta de escape clásica de la zona republicana era Madrid – Alicante – Marsella – Biarritz,  que terminaba en Hendaya e Irún, y de ahí a la capital nacionalista, lo que ponía a Burgos a 2.000 km de distancia de Madrid. Otra variante consistía en salir en coche por la frontera de Cataluña con Francia. Por lo que se sabe a partir de memorias de los que lo hicieron, el control de salidas era bastante relajado.  La mayoría de los  miembros del gobierno republicano de la misma fecha se encontraban cuando el golpe de estado en Madrid, Bilbao, Valencia o Barcelona, y no tuvieron que pasar a la convulsa y urbanizada zona roja porque ya estaban en ella desde el principio. Sus trayectorias personales dieron un giro común al terminar la guerra, cuando tuvieron que exiliarse en masa.

En mayor o menor grado,  las 24 millones de trayectorias personales correspondientes a cada ciudadano español se vieron todas afectadas por la guerra. Aproximadamente 500.000 murieron a consecuencia de la violencia organizada, entre un 2 y un 3% de la población. Más de dos millones fueron enrolados en las fuerzas armadas y servicios anejos, casi un 15% del total. Probablemente más de un millón de personas fueron desplazadas por la guerra, dentro del país, y aproximadamente medio millón cruzaron la frontera de Francia, la mayoría para regresar algún tiempo después.

Algunas trayectorias fueron enrevesadas, como la de los soldados republicanos que terminaron a las órdenes del general Leclerc en la liberación de París, tras pasar por el Sur de Francia, Argelia y el Chad. Otras fueron de muy largo recorrido, como algunos “niños de la guerra” enviados a la Unión Soviética que se quedaron allí y fundaron familias hispanorusas. Otras fueron atroces, como la de los soldados republicanos que pasaron desde el norte de Cataluña a los campos de refugiados franceses en las playas de la Costa Azul, de allí a batallones de trabajadores a las órdenes del ejército francés, y de allí a la muerte y la tortura en Mauthausen, Gusen y otros campos nazis.

La guerra empeoró y destrozó las vidas de la inmensa mayoría de los que la vivieron, pero algunos pasaron más apuros que otros. En general, las personas de orden que se encontraban en la zona nacional desde el principio o que pudieron llegar a ella posteriomente –ingenieros, médicos, empresarios, arquitectos, comerciantes, terratenientes, financieros, catedráticos y así–  vieron mantenido o acrecentado su estatus, durante la guerra y posteriormente en la España franquista. Un buen puñado de industriales obtuvo grandes beneficios fabricando para el Ejército nacional. Los militares que mostraron su lealtad al golpe militar desde el principio fueron los mejor parados. Los que sobrevivieron –la mortalidad militar fue de aproximadamente uno de cada diez llamados a filas, con un número bastante mayor de heridos y mutilados– alcanzaron elevados rangos y permanecerían las siguientes décadas atrincherados en una casta cerrada dotada de intocables privilegios, con sueldos bajos pero muchas pagas en especie, incluyendo economatos militares y la mano de obra gratuita de los quintos.

Hubo muchos más cuya vida cambió drásticamente a causa de la guerra: los pastores trashumantes, los arrieros, los feriantes, y todos aquellos a quienes su trabajo exigía libertad de movimientos. Determinados oficios considerados más o menos superfluos casi desaparecieron.

Los perdedores principales fueron la gente sin dinero ni propiedades, es decir, la llamada antiguamente clase obrera y menestral. El medio ambiente que resultó más dañado por la guerra fueron las ciudades grandes. Cuando se juntaron ambas circunstancias, las consecuencias fueron terribles para cientos de miles  de personas, atrapadas en las ciudades sin apenas medios para ganarse la vida. Los trabajadores por cuenta ajena de la zona franquista aprendieron a trabajar por poco dinero sin quejarse, confiados a la buena o mala voluntad de sus patronos. Los trabajadores de la zona republicana gozaron en teoría de una edad de oro que duró dos años y medio. Sus sueldos se multiplicaron, así como sus derechos laborales, como el seguro de enfermedad, maternidad y tantos otros que décadas después se darían por descontados, sin contar con el control político que, al menos teóricamente, ejercían sus representantes. En realidad fue una época muy dura, ya que el gobierno republicano fue incapaz de defender ni de alimentar adecuadamente a su población. Desde mediados de 1937, los trabajadores de la zona republicana vieron como su dinero valía cada vez menos, al mismo tiempo que la comida subía de precio, y sus condiciones de vida se degradaban irremisiblemente, a pesar de los muchos programas sociales puestos en práctica, como redes de guarderías, hospitales, comedores populares y así. Socorro Rojo Internacional (SRI) y otras organizaciones repartían regularmente paquete de comida y otros elementos de primera necesidad y paliaban algo la calamidad, que sin embargo se fue acentuando hasta la derrota final. Innumerables organizaciones extranjeras, desde “trabajadores escoceses” a “tranviarios de Estocolmo”  enviaban regalos para los niños de España, muchas veces camiones cargados de juguetes, lo que hizo brotar el comentario malhumorado de que podrían dejar de mandar juguetes y empezar a mandar armas para combatir a los fascistas. Lo cierto es que estos envíos incluían medicinas y muchos otros valiosos artículos.

La miseria en la zona nacional no era responsabilidad directa del gobierno. Había menos carestía de comida, lo que evitó la hambruna general de la zona republicana, y los muy necesitados eran atendidos por la versión fascista de las antiguas juntas de damas caritativas: el Auxilio  de Invierno, que pronto cambió su nombre por Auxilio Social, por el que fue conocido durante décadas. La institución fue copiada de la organización de asistencia social del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (NSDAP), Winterhilfe. La puso en marcha en España la Sección Femenina de Falange (FET y de las JONS desde mayo de 1937), en dura competencia con la organización asistencial de la rama femenina del carlismo, las Margaritas. Auxilio Social repartía raciones de comida, bolsas con productos de primera necesidad, mantenía asilos y establecimientos de acogida para niños, enfermos y ancianos y en general y llevaba a cabo casi todas las tareas de asistencia social que se puedan imaginar. Una organización pareja, Frentes y Hospitales, se ocupaba de la asistencia a los militares.

Hubo no obstante mucha gente cuya vida cambió poco a causa de la guerra. España era un país muy grande y con muchas condiciones ecológicas distintas, y dos tercios de la población vivían de la tierra, empleando pocos insumos del mundo exterior. En pueblos y aldeas pequeños con débiles comunicaciones con el exterior la vida cambió poco. Incluso en la zona republicana, donde se pretendía dar la vuelta al orden social, hubo bastantes localidades donde la vida siguió como antes, por falta de estímulo externo o interés local por la colectivización. En la zona nacional muchas aldeas vieron la guerra a través de los llamamientos extemporáneos de quintos que entraban en filas, las continuas colectas patrióticas, algunos actos de propaganda en la plaza y poco más, si no contamos a una o dos personas fusiladas como escarmiento y alguna que podía estar en la cárcel por rojo. Fuera de eso, la vida continuaba su curso majestuoso y orgánico, nunca lejos de la miseria. Esto no se aplica a la los pueblos que tenían la desgracia de encontrarse demasiado cerca del frente de batalla.

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