madridbajolasbombasMadrid bajo las bombas fascistas. Cartel editado por el Comisariado de Propaganda de la Generalitat de Catalunya. Mi Revista, 1 de noviembre de 1938. Biblioteca Nacional de España – Hemeroteca Digital.

 

 

Los gráficos de carga señalan las convulsiones de aquellos días de emoción, que culminaron el 7 de noviembre con la fuga del gobierno rojo, y conservan el recuerdo de los bombardeos aéreos sobre los barrios extremos.

El suministro de energía eléctrica en Madrid bajo el dominio rojo
Por Enrique Becerril, ingeniero de caminos
Revista de Obras Públicas, nº 2.697 (1940)

 

Madrid había cambiado mucho desde los tiempos de Larra y Mesonero Romanos: era una ciudad de un millón de habitantes “ensanchada, hermoseada, urbanizada, con grandes vías decoradas por soberbios rascacielos y un subsuelo cruzado por el Metro en todas direcciones[53]”. Esta hermosa ciudad viviría días y años de prueba a partir del 19 de julio de 1936.

“Espectáculo supremo, aterradora destrucción” – Con esta oferta imposible de rechazar, el cine Salamanca anunció la proyección de Los últimos días de Pompeya, la nueva producción de la RKO. Era el 29 de julio de 1936, una semana después de la derrota de los militares facciosos en la capital y cuando se luchaba con denuedo para impedirles el paso por la Sierra del Guadarrama. El cine, inaugurado un año antes, era un magnífico local modernista con aire acondicionado, actualmente buque insignia de la cadena C&A.
Sería imposible exagerar la confusión que reinaba en la ciudad, sede del Gobierno de la República. Circulaba el rumor de que las casas de empeños devolvían los objetos empeñados sin más que presentar unas autorizaciones emitidas por el Ayuntamiento, que se apresuró a desmentir esta información. Se prohibió “terminantemente” a los ateneos y agrupaciones sindicales que requisaran género de las tiendas sin más que presentar vales impresos por ellas mismas. La sección de combustibles y lubricantes del comité de requisa de vehículos anunció que no daría gasolina a ningún vehículo que no prestara servicio a alguna entidad reconocida. Se sacrificaron 385 vacas en el matadero, casi el doble de la cifra normal de antes de la guerra, y llegó el primer camión de pescado fresco a la ciudad desde el Alzamiento, procedente de la costa mediterránea. El pescado fresco del Atlántico tardaría casi tres años en volver a pasear por la ciudad[54].

Durante tres meses la ciudad contempló con creciente inquietud el avance del ejército enemigo, que salió de Sevilla los primeros días de agosto vía Mérida y  Talavera, con parada en Toledo para rescatar a los sitiados en el Alcázar. Por fin, en noviembre, llegó el momento del asalto final a la ciudad. Hay aquí un buen nudo de las discusiones bizantinas de la guerra civil: las causas del fracaso del ataque faccioso a la capital. Las tropas nacionales estaban cansadas y eran pocas para la tarea, o fueron las armas rusas, o fueron las brigadas internacionales, o fue la movilización de los milicianos madrileños. Todos estos factores se sumaron, y aún hubo otros, como la inesperada eficaz reacción del general Miaja y la obcecación del mando nacionalista por lanzar ataques frontales en vez de maniobrar con habilidad. Además, los milicianos se defendían mucho mejor en la ciudad que en el campo, pues no en vano era su territorio, mientras que a las fuerzas coloniales atacantes les sucedía lo contrario. El resultado final fue que el ejército nacionalista fue detenido a las puertas de Madrid, es decir derrotado, acontecimiento que cambió todo el curso de la guerra. Madrid había sido efectivamente, como decía la propaganda, “la tumba del fascismo” –los castizos decían que por qué no lo llevaban a enterrar a otra parte. La “heroica defensa” de Madrid proporcionó energía a la República durante mucho tiempo, fue un hilo de esperanza en medio de los constantes reveses que tendría que atravesar.

A partir del 8 de noviembre de 1936 la vida se estabilizó en Madrid. Los facciosos habían sido detenidos en una sinuosa línea del frente que circulaba por el sur y oeste de la capital, donde daba una profunda dentellada en la Ciudad Universitaria que la dejaba a unos metros de las primeras casas del barrio de Arguelles. Arguelles era un barrio de gente de dinero, y parece ser que esa fue una las razones que decidieron al general Varela, comandante de todo el sector, a intentar la última y agónica penetración en la ciudad por aquel punto. Durante muchos meses por seguir aquel entrante, donde los dos ejércitos enemigos estaban en contacto íntimo, y podían dispararse a bocajarro, fue una pesadilla para todos los que tuvieron la desgracia de servir allí. Para los facciosos era el tormento de Tántalo: estaban a 200 metros de la entrada de la calle de la Princesa, por donde se podía llegar en cuestión de minutos a la Plaza de España y de ahí, por la Gran Vía, Plaza de Callao y calle de Preciados hasta la Puerta del Sol, kilómetro cero y gran centro simbólico de España.

En ese punto exacto de la línea del frente donde durante 29 meses los facciosos suspiraron por la entrada en la capital se construyó después de la guerra un arco del triunfo de 44 metros de altura, en la llamada Avenida de la Victoria, y un poco más allá, en la entrada de la calle, un complejo de arquitectura fascista que incluyó el enorme ministerio del Aire, actual Cuartel General del Ejército del Aire, sobre el solar que ocupó la Cárcel Modelo. El estilo del edificio recordaba del tal modo al Escorial que fue bautizado popularmente como monasterio del Aire.

Varela pensaba que encontraría menos oposición a su entrada en Madrid por el norte, porque el norte de la ciudad era de derechas, y el sur era de izquierdas. Chamberí, Salamanca y Arguelles eran bastiones de la burguesía, mientras que Embajadores, Puente de Vallecas y Atocha pertenecían a los rojos. La mayor parte de las personas investigadas por el SIM como sospechosas de pertenecer a la quinta columna procedían de la zona norte de la ciudad. Para complicar más las cosas, el norte era donde estaban la mayoría de las embajadas, formando un enjambre centrado más o menos en el barrio de Salamanca. Las embajadas era pedazos de extraterritorialidad en mitad del territorio republicano, y la mayoría de ellas estaban repletas de refugiados de derechas que salvaban allí precariamente sus vidas hasta que podían hacer la larga ruta hacia la España nacional que pasaba por Valencia, y desde ahí o algún otro puerto mediterráneo a Marsella, Hendaya y por fin Irún.

El gradiente de peligro crecía en la ciudad de este a oeste. Las últimas calles de los barrios de poniente estaban prácticamente a tiro de fusil del enemigo, mientras que el parque del Retiro y alrededores eran zonas menos peligrosas. El ejército faccioso declaró una zona de seguridad en el Este de la ciudad donde en teoría no se haría fuego de cañón ni se bombardearía con aviones. El resto de la ciudad era lo que se llamó más tarde en las guerras coloniales zona de fuego libre. Los cañones facciosos estaban enclavados en el Cerro Garabitas, la altura dominante del parque de la Casa de Campo, antigua propiedad real abierta al público en 1931, desde donde tenían la ciudad a su merced. Los cañoneos eran bastante regulares, pocas veces intensos. Las calles con orientación norte-sur estaban relativamente protegidas de las bombas, pero las de dirección este-oeste estaban directamente enfiladas con las baterías enemigas. Este era el caso de la Gran Vía (llamada entonces Avenida de Rusia, más tarde Avenida de la Unión Soviética), que para más complicación era muy ancha y tenía al edificio de Telefónica, el más alto del Madrid de la época, como infalible guía de los obuses enemigos.

 

[53] Salvador Valverde, Nuevo Mundo, 1932-09-16
[54] ABC, 29 de julio de 1936

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