frentedemadridCrónica, 14 de febrero de 1937

 
 

Para combatir el régimen de lluvias propio de esta época, la consigna de hoy es:
¡Todos los impermeables al frente!

El Día de Alicante, 2 de octubre de 1936

 

 

La frontera armada o frente de guerra, la principal zona de contacto violento entre los estados nacional y republicano, arrancaba en el Pirineo aragonés, a casi 2.000 metros de altura, entre nieves perpetuas y prados alpinos. Descendía luego rápidamente hasta el valle del Ebro, casi 300 km en línea recta, dejando a la derecha las tres capitales aragonesas de Huesca, Zaragoza y Teruel –Huesca en realidad semicercada por territorio republicano. El frente discurría entre pastos y bosques primero, campos de cereal después y  algunas huertas muy lucidas, todo ello bajo el ardiente sol del verano o el helado cierzo invernal. No era un sistema de trincheras continua, sino dos alineaciones de posiciones, parapetos y puntos fuertes paralelas y bastante trabadas, separadas por una amplia distancia.

Trepaba a continuación la muga los montes de Teruel, la estribación sur de la cordillera Ibérica, asperos montes y páramos de caliza salpicados de pinares y carrascas. Aquí no se podía hablar de línea del frente. Un pueblo pertenecía a la zona nacional y el de enfrente a la republicana. A veces se hacían incursiones con pequeñas fuerzas a caballo que guerreaban por aquellos agrestes parajes, se diría que sin mucha convicción.  De esta guisa, el frente rodeaba la ciudad de Teruel, que era una especie de bastión avanzado nacional en territorio republicano, y se encaminaba hacia el norte, la Alcarria, un paisaje de  páramos, cañones calizos y campos de cereal que descendía en suave pendiente hasta el valle del Tajuña y dejaba ver detrás la esquiva ciudad de Madrid. La línea del frente abandonaba los campos y volvía a trepar hacia las alturas de la Sierra del Guadarrama a través de Riofrío y las abandonadas serranías del Ocejón. Dejaba al norte el puerto de Somosierra para volver luego a seguir bastante de cerca la línea de cumbres del Guadarrama.

Seguía así entre riscos hasta que, a la altura de la carretera de la Coruña, la frontera se dirigía en línea recta hacia la ciudad de Madrid, donde se retorcía sobre los primeros edificios de la ciudad, mordiendo el caso urbano de la ciudad pero sin penetrar profundamente en la masa edificada. El frente de la Ciudad Universitaria era el más extraordinario de todos. Se trataba de un área de unos 4 km cuadrados, en forma de cabeza de perro, con el cuello cruzando el río Manzanares y el hocico en el hospital Clínico. Allí la línea de trincheras no solo era continua, sino con varias alturas. En algunos puntos se utilizaban como posiciones los edificios de las facultades e institutos, y había lugares en que los enemigos estaban prácticamente pared con pared. En algunos edificios se podía subir con las debidas precauciones hasta las plantas superiores, y contemplar toda la ciudad de Madrid ahí abajo. El subsuelo también era campo de batalla. Algunas alcantarillas urbanas cruzaban las líneas, y los republicanos cavaron por su cuenta varios túneles que luego abarrotaban de explosivos, volando edificios enteros. El cruce del Manzanares se hacía a través de la llamada pasarela de la muerte, un puente de circunstancias incesantemente destruido por el día y reconstruido por las noches, día tras día, durante los más de dos años que se mantuvo aquella posición atroz.

De ahí la línea cruzaba la Casa de Campo, atravesaba los barrios de Usera y Villaverde, dejaba Vallecas al norte y volvía a acercarse al río Manzanares a la altura de Vaciamadrid, en el punto donde se une con el río Jarama. Siguiendo aproximadamente el curso del Jarama, la frontera giraba hacia el sur, y luego al oeste, ya sobre el Tajo, hasta Toledo, en un paisaje de viejas ciudades y buenas huertas. Desde ahí, la línea del frente enfilaba hacia Extremadura entre encinares, peñas y campos de labor, y llegaba hasta la Siberia y más allá, en el gran valle del Guadiana, que fluía hacia la tentadora y cercana frontera portuguesa. En el camino hacia Portugal, Mérida quedaba apenas a 25 km de distancia del máximo saliente republicano (cortar la zona nacional en dos a la altura de Mérida fue la gran obsesión del ejército republicano durante toda al guerra).
Después de haberse acercado tanto a la frontera portuguesa, el frente giraba bruscamente hacia el Este y discurría por el escalón que forma el borde del valle del Guadalquivir, entre pueblos serranos de caseríos apiñados. Al norte de la ciudad de Córdoba el frente cruzaba el Guadalquivir y su rico valle en dirección a Granada. Entonces empezaba el sector con más contrastes: cerca de Granada, el frente subía hasta las heladas cumbres de la Sierra Nevada y luego se despeñaba hacia el sur, acabando en el Mediterráneo entre cultivos tropicales a la altura de Motril.

Esta frontera fue duradera. Algunos de sus tramos, como el de la Sierra del Guadarrama, se mantuvieron incólumes desde agosto de 1936 hasta marzo de 1939. En su trazado general, se mantuvo casi inmóvil algo más de un año, desde febrero de 1937 (la caída de Málaga) hasta la primavera de 1938, cuando los facciosos llegaron al mar Mediterráneo cortando la zona republicana en dos. Medía unos 2.000 kilómetros.

La densidad militar de esta frontera era pequeña en general. El frente occidental de la Gran Guerra, desde Suiza al mar del Norte, medía unos 700 km, tres veces menos, y estaba guarnecido por unos seis millones de soldados, tres veces más, lo que daba una densidad de unos 8.000 soldados por kilómetro. En la guerra civil española, más bien en su segunda fase, habría todo lo más 1.000 soldados como media (a repartir entre los dos ejércitos en guerra) para cubrir cada kilómetro de frente.

La frontera era un sumidero de hombres y de materiales, funcionando de manera parecida a dos placas tectónicas que chocan y se hunden en el punto de contacto, al estilo del valle del Rift. Un país en guerra se divide en frente y retaguardia, y las relaciones entre estos dos mundos consisten principalmente en una cinta transportadora que lleva comida, pertrechos y suministros de todas clases, armas y soldados al frente. La cinta funciona de regreso llevando soldados magullados, heridos y traumatizados de todas las maneras, muertos y chatarra a la retaguardia. Algunas cintas transportadoras resultaban ser complicadas de organizar, como la que llevaba sangre de la retaguardia al frente, lo que requería un sistema de extracción, conservación, envasado, transporte y aplicación a los heridos desangrados por la violencia enemiga.

La cinta transportadora de soldados se debía organizar con mucho cuidado. Un error frecuente consistía en hacer recorrer a los heridos que salían del frente el mismo camino que recorrían los soldados todavía intactos que entraban en él. Los soldados entrantes se veían en plazo breve convertidos en los guiñapos humanos salientes, lo que resultaba malo para la moral.

A diferencia de los frentes entre dos estados tradicionales en guerra, en que la línea de contacto violento se establece mediante arremetidas de un estado en otro, en la GCE la frontera se definió como la cristalización de un punto de equilibrio entre los dos poderes en lucha. La columna enviada desde Valladolid a ocupar Madrid encontró su punto de equilibrio o quedó en tablas con los milicianos republicanos ya el segundo o tercer día, en el puerto del León. Las fuerzas nacionales que salieron de Sevilla a comienzos de agosto tardaron casi 100 días en encontrar su punto de equilibrio en las afueras de Madrid. El movimiento de los facciosos de esos cien días fue progresivamente descendente en velocidad hasta que se paró. Los milicianos enfrente retrocedieron cada vez menos kilómetros cada día hasta que también se detuvieron.

A partir de una situación inicial muy fluida en julio de 1936, como dos tipos de partículas mezcladas en un barril, se definieron con bastante rapidez dos sectores separados por un frente que a su vez disminuyó paulatinamente de longitud.

La longitud del frente al comienzo de la GCE era incalculable: resultaba ser la suma de todos los microfrentes que formaban los enclaves nacionales en territorio republicano, como Albacete o el Santuario de Sta. María de la Cabeza y sus equivalentes republicanos, como Badajoz o el barrio del Albaicín en Granada. El de Albacete era especialmente complicado: los republicanos resistían en el edificio del Gobierno Civil rodeados por los militares sublevados, que a su vez pronto estarían rodeados por las columnas republicanas enviadas para reconquistar la ciudad. Poco a poco todos los enclaves fueron eliminados o conectados con el frente principal, como sucedió en Oviedo cuando las fuerzas nacionales procedentes de Galicia consiguieron romper el cerco republicano de la ciudad. En el cercano Gijón, sin embargo, el enclave del cuartel de Simancas fue aniquilado después de unas pocas semanas. Progresivamente, el frente fue reduciendo su longitud. Tras la caída del norte, perdió una prolongada línea. El final fue el perímetro de la zona Centro, unos 1.500 km. Cuanto más duradero es un frente, más tiende a consolidarse y solidificarse, creando construcciones permanentes que pueden llegar a ser imponentes. Aunque se han destruido la mayoría de los búnkeres, todavía quedan muchos ejemplos repartidos por España, y las trincheras son relativamente fáciles de reconocer.

El frente solo es importante desde el punto de vista de Planilandia. En un mundo tridimensional se puede sobrepasar por arriba o por debajo (esto último se intentó de manera muy limitada en frentes urbanos, como la ciudad universitaria de Madrid). Por arriba, los aviones de guerra creaban un frente configurado como una superficie gravitando sobre el territorio del país. En lugar de mirar con prismáticos al campo enemigo, a unos kilómetros adelante, cualquier ciudadano podía ver el frente de la guerra con solo levantar la vista y ver a los aviones de bombardeo enemigos (los “aviones negros” como llamaban los republicanos a los trimotores fascistas) acercándose a su ciudad.

El frente funciona como una membrana que permite cierto tipo de intercambios, además de la violencia organizada. El más lógico es el de información entre los soldados situados frente a frente en sus respectivas trincheras. Los oficiales hacían todo lo posible para evitar la confraternización de sus hombres con los soldados enemigos, por temor al instinto pacifista innato del ser humano, pero a veces se permitía un contacto limitado si los resultados compensaban el riesgo. Así era en los míticos intercambios de tabaco nacional (procedente de Canarias) por papel de fumar republicano (procedente de las famosas fabricas de papel de arroz de Valencia).

Los frentes también necesitaban como respiradero la creación de algunos puntos neutrales donde se podían llevar a cabo intercambios formales, principalmente de prisioneros de un bando por los del otro. La Cruz Roja y la embajadas aseguraban también puntos neutrales que se podían aprovechar para el contacto. Un caso curioso fue el intercambio de un puñado de boy-scouts zaragozanos, atrapados en el parque nacional de Ordesa, por la compañía de revista de Barcelona “Las naranjas de la China”, que habían quedado varados en Zaragoza. Ambos grupos fueron canjeados en Hendaya-Irún en junio de 1937. Los muchachos exploradores fueron reincorporados a la causa nacional y la farándula volvió al seno de la República[82].

 

[82] Mónica Vázquez Astorga: La guerra civil española y el legado de José Borobio Ojeda. Congreso La Guerra Civil Española 1936 – 1939 (2006).

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