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Un B-52 en Vietnam a finales de la década de 1960, con camuflaje “Sudeste asiático”.

 

La manera de aplastar al enemigo desde el aire en Vietnam del Sur fue algo diferente a las operaciones en Vietnam del Norte. En este caso podía haber más continuidad en los ataques, que también dependían menos directamente de Washington. Aquí se trataba ya de una guerra enteramente colonial, pues la guerrilla indígena (el Vietcong) carecía de aviación. No existía la posibilidad de llevar a cabo la guerra económica y psicológica, como contra Vietnam del Norte. En realidad, todo se reducía, en las palabras del general Westmoreland a “descubrir al Vietcong, fijarlo y destruirlo”. La táctica aérea resultante fue aproximadamente la de un elefante pateando a ciegas un hormiguero. Cada tipo de avión del inventario USA se adaptó como pudo a la tarea.

Los Boeing B-52, bien lejos de su paisaje natural de patrullaje de los bordes del imperio soviético, aprovecharon su enorme capacidad de carga para convertirse en el más pesado de los pateadores. El terreno a machacar se dividía en franjas de un kilómetro de ancho por dos de largo. Esta “caja” tenía entonces el tamaño apropiado para un bombardeo de saturación a cargo de una célula de tres B-52, que en conjunto regaban casi 100 toneladas de explosivos sobre la parcela asignada, a razón de media tonelada por hectárea. El proceso se podía repetir cuantas veces se quisiera sobre la torturada geografía de Vietnam.

Sobre las colinas que rodeaban una aldea llamada Khe Sanh, cerca de la frontera con Laos, ocupada por algunos millares de soldados norteamericanos y que tenía que ser defendida a toda costa por razones de prestigio político, los B-52 dejaron caer casi 60.000 toneladas de bombas en más de 2.500 ataques durante las siete semanas que duró el ataque de las fuerzas de Vietnam del Norte. El ritmo era de un grupo de tres aviones cada 90 minutos, sin interrupción. Los aviones más pequeños del resto de la fuerza aérea atacaron 22.000 veces y dejaron caer unas 40.000 toneladas de explosivos. En un día normal, más de 450 aviones de guerra se cruzaban sobre la desdichada aldea. El general Westmoreland felicitó a las tripulaciones de los B-52 en su base de Guam: era su avión el que “había roto las espaldas” al enemigo. Tras la retirada de las fuerzas de Vietnam del Norte, los norteamericanos se retiraron a su vez en junio de ese mismo año, dejando tras si un extraño paisaje de cráteres superpuestos. La operación recibió el nombre en clave de Niágara.

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