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Un Gloster Meteor de los sublevados con los símbolos de Cristo Vencedor pintados en el fuselaje.

 

Tras la II guerra mundial, la exhausta Gran Bretaña debía cantidades enormes de libras a Argentina, y parte de esa deuda se pagó en aviones. De esta forma, la energía solar captada en los extensos pastizales argentinos y concentrada en millones de toneladas de trigo, que durante la guerra fueron enviados regularmente a través del Atlántico hacia Britania, regresó a Argentina en la forma de un centenar de Gloster Meteor, 50 Lancaster y Lincoln y muchos otros aviones menores. La entrega se hizo en 1947, y forzó al límite el pequeño complejo militar-industrial argentino y la capacidad de la Fuerza Aérea, que tuvo que contratar a instructores alemanes en excedencia de la Luftwaffe, que llegaron a Argentina en buen número, junto con ingenieros y técnicos aeronáuticos como Kurt Tank y Reimar Horten.

Tras la masacre del 16 de junio en la Plaza de Mayo, las fuerzas antiperonistas aguardaron solo tres meses antes de lanzar su siguiente golpe de estado, que comenzó el general Eduardo Lonardi entrando a punta de pistola en la escuela de Artillería de Córdoba, el 16 de septiembre por la mañana temprano, con el fin de sumar esta unidad militar a la sublevación (1). Se evitó una guerra civil generalizada, y la lucha duró unos pocos días. Los aviones participaron activamente en el conflicto, con los Gloster Meteor como punta de lanza de ambos bandos.

La Revolución Libertadora de septiembre de 1955 se puede ver como la victoria de la cristiana ciudad de Córdoba frente a la Sodoma y Gomorra peronista en que se había convertido Buenos Aires. Córdoba era además la sede de la industria aeronáutica argentina y de su principal escuela de aviación. Los aviones sublevados pintaron una V con una cruz inserta en sus fuselajes y motores, símbolo de “Cristo Vencedor”, trasunto del islámico “Sólo Dios vence”. El principal dirigente golpista se fotografió arrodillado delante de un cura recibiendo la hostia. La revista Life en español interpretó así la escena: “El caudillo piadoso, general Lonardi, comulga en Córdoba, poco antes de hacerse responsable del bienestar y del destino de la Argentina.”

La guerra civil duró cinco días. Al final, la Armada amenazó con bombardear Buenos Aires y Perón se marchó a bordo de una cañonera a Paraguay, país que conocía desde que actuó como enlace durante la guerra del Chaco. Allí le recibió un avatar del futuro político de Argentina, en la forma del general Alfredo Stroessner, dictador desde 1954 a 1989. La extraña visión de cazas a reacción sobrevolando amenazadoramente Buenos Aires con símbolos católico-guerreros pintados a brochazos en el fuselaje se desvaneció, pero su significado permaneció. Lonardi fue defenestrado después de un par de meses, y el Ejército tomo el control del país, que ya no abandonaría hasta mediados de la década de 1980.

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(1) María Sáenz Quesada: La Libertadora (1955-1958). Random House Mondadori, 2011.