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El Convair NB-36H Crusader, lo más cerca que estuvo de convertirse en realidad la pesadilla de un bombardero atómico propulsado por energía nuclear.

 

En la especificación del B-36 no se pudo usar la coartada de fabricar un avión para la defensa de territorio estadounidense, que fue la excusa para el B-17 Fortaleza Volante. Al contrario, el pliego de condiciones dejaba claro que se necesitaba un bombardero intercontinental, capaz de atacar Europa desde bases situadas en territorio estadounidense. Aquello fue a comienzos de 1941, cuando la invasión de las islas británicas no se descartaba en absoluto, lo que habría privado a la USAAF de bases allí para atacar a Alemania. La amenaza se disipó pronto, pero el desarrollo del B-36 siguió por inercia y porque alguien pensó que podía ser útil para la guerra contra Japón. Tampoco pudo ser, y a finales de la década de 1940 la recién creada USAF se encontró con un avión enorme entre las manos cuya única utilidad lógica era el bombardeo de la Unión Soviética y sus aliados, y con bombas atómicas además.

En los últimos años 40, la US Air Force y la US Navy libraron una dura carrera de armamentos. Las cosas no fueron bien para la Marina al principio: los presupuestos militares disminuían año tras año tras el pico alcanzado en 1945, y los estrategas podían argüir con razón que su gran colección de barcos y portaaviones carecía de valor frente a un solo bombardero atómico. USAF y USN pelearon ferozmente por ampliar su parte de un pastel decreciente. Tras varias conferencias de paz, en las que el Secretario de Estado de Defensa James V. Forrestal actuó como mediador, los aviadores obtuvieron su superbombardero atómico Convair B-36 Peacemaker y los marinos su superportaaviones (el USS United States) supuestamente capaz de acoger en sus cubiertas aviones tan grandes que pudieran servir a su vez como bombarderos atómicos.

Tras la muerte de Forrestal, el nuevo ministro canceló la construcción del United States y alentó la del B-36. La Marina contraatacó con acusaciones de corrupción a la firma Convair y a los intereses que en ella pudiera tener el secretario de la Fuerza Aérea, lo que llevó a audiencias del Congreso y un escándalo regular. La Marina se presentó a sí misma como la guardiana de la tradición y la decencia, calificando el bombardeo atómico de ciudades indefensas como gravemente inmoral (cuando su intención evidente era practicarlo ellos mismos). Tales contradicciones lastraron su testimonio ante la opinión pública. La Fuerza Aérea, por el contrario, se presentó como una organización fuertemente cohesionada, mirando al futuro más que al pasado, ofreciendo una guerra por control remoto sin bajas por parte estadounidense que sonaba (y siguió sonando en las décadas siguientes) agradablemente en los oídos norteamericanos.

Por fin la primera explosión de la bomba atómica soviética y el comienzo de la desconcertante guerra de Corea acabaron con las hostilidades. Los presupuestos militares volvieron a crecer año tras año. Habría pastel para todos, superportaaviones, bombarderos atómicos embarcados, flotas de B-47 y de B-52 y todo lo necesario para engrasar las ruedas del complejo militar–industrial. Todo estaba más que justificado, pues había una Guerra Fría en marcha entre dos superpotencias armadas con bombas atómicas.

El B-36 nunca fue considerado un diseño perdurable, como sí lo fueron el B-47 y sobre todo el B-52. Mientras no estuvo disponible este último, se le fue remozando y afinando, por ejemplo añadiendo cuatro jets a los seis motores de pistón originales, lo que se convirtió en la versión estándar del Peacemaker. Pero nunca consiguió quitarse de encima el estigma de ser un trasto inútil (a useless cow). La conversión más extraordinaria de todas fue la creación de un bombardero atómico propulsado por energía nuclear, el NB-36H Crusader. Se le instaló un reactor nuclear en mitad del fuselaje, que llegó a funcionar en las pruebas para medir si la radiación alcanzaba a la tripulación, aunque nunca llegó a alimentar los motores del avión.

 

 

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