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Un Tu-4 a finales de la década de 1940.

 

Tras el fin de la Gran Guerra Patria, la Unión Soviética poseía en el Ejército Rojo la más formidable máquina de guerra terrestre de su tiempo, pero no tenía nada que se pudiera comparar a la aviación estratégica de bombardeo de los Estados Unidos. La URSS, tras haber ido a la cabeza del mundo en aviación de larga distancia durante la década de 1930, había abandonado después casi por completo el desarrollo de bombarderos estratégicos. Hiroshima reveló que el país de los Soviets estaba prácticamente inerme ante la nueva arma, incapaz de detener el ataque o de responder a su vez. En consecuencia, en los años finales de la década de los 40, la principal prioridad de su fuerza aérea fue disponer de interceptores jet de bombarderos, seguida inmediatamente por la de disponer de bombarderos “atómicos” a su vez –sin olvidar el arma nuclear que deberían llevar. Hasta 1950, el único avión de estas características  disponible en la práctica en el mundo era el Boeing B-29 Superfortress (Superfortaleza), puesto que era prácticamente el único aparato capaz de volar distancias de 9.000 km con 9 toneladas de bombas en su panza. Hay que tener en cuenta que las bombas de Hiroshima y Nagasaki pesaban cada una unas cinco toneladas.

El B-29 generó una copia no autorizada de su especie en la Unión Soviética, en un caso fascinante de transferencia de información aeronáutica que no partió de planos y especificaciones, sino del avión mismo. En 1945 el diseñador Andrei Tupolev fue asignado a la impresionante tarea de ingeniería inversa consistente en desmontar pieza a pieza un bombardero Boeing B-29, dibujar los planos y redactar las especificaciones de cada una de ellas, fabricarlas y emplearlas para montar una reproducción exacta del B-29 bajo la denominación soviética de Tu-4. El avión estaba listo en 1948, justo a tiempo para llevar la primera bomba atómica soviética.