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Un Vultee V-1 republicano adaptado para su uso como bombardero, con una ametralladora instalada en una torreta artesanalmente construida en la parte superior del fuselaje.

 

La conversión en bombardero del avión de pasajeros Vultee V-1 fue uno los fracasos de la . En teoría la idea no parecía mala: el V-1 era un avión completamente moderno, 100% metálico y compacto, capaz de transportar a 8 pasajeros o su correspondiente peso en explosivos a la respetable velocidad de 350 km/h. Capaz de cubrir una distancia de 1.600 km, el avión había sido diseñado originalmente por la empresa Vultee, bien relacionada con las dos firmas que revolucionaron el mundo de la aviación en los primeros años de la década de 1930, Northrop y Lockheed. (Más adelante Consolidated Vultee, más conocida como Convair, se fusionó con General Dynamics, que terminó a su vez fundiéndose en el seno de la firma llamada actualmente Lockheed Martin).

El Vultee V-1 recogió todas las innovaciones desarrolladas en la especie de Silicon Valley aeronáutico que era la costa Oeste de Estados Unidos en aquellos años, como el capó NACA, nuevos perfiles aerodinámicos y nuevos procedimientos de construcción. La innovación más grande consistió en que los técnicos de American Airlines, una de las principales compañías aéreas de la época, participaron en el diseño del avión desde el principio, esgrimiendo como criterio principal la rentabilidad, es decir, la capacidad de hacer ganar la mayor cantidad de dinero posible a la compañía con el menor coste posible.

Once ejemplares del Vultee V-1 entraron a servir en la aerolínea en 1934, pero pronto fueron dados de baja cuando estuvieron disponibles otros modelos todavía más rentables en término de coste por pasajero-kilómetro, principalmente el DC-2. Los Vultee languidecieron en sus hangares o encontraron un hueco en la aviación privada de lujo hasta que los insaciables compradores de armas y aviones de la República española pusieron sus ojos en ellos.

Al final, tras no pocos azares y peripecias, incluyendo la captura de parte de la remesa por los nacionales, una docena de Vultee V-1 consiguió llegar a la parte republicana de España. Al menos seis fueron convertidos en bombarderos. Se les abrió un gran agujero en el techo, que se protegió con una caperuza aerodinámica, donde se instaló una ametralladora. Cada uno de los ocho pasajeros fue sustituido por una bomba de peso equivalente, pues se instalaron ocho lanzabombas de 75 kilos en lugar de los asientos. Se colocaron ametralladoras en las alas, una mira de bombardeo y un colimador en el parabrisas delantero. Equipados de esta forma, fueron enviados a la unidad de bombarderos de las fuerzas aéreas de la República.

Ninguno de los V-1 que cayeron en manos nacionalistas fue convertido en bombardero: todos sirvieron en misiones de enlace y transporte, como también lo hicieron algunos V-1 republicanos. La conversión en bombardero revelaba la desesperada situación de la aviación republicana, que podía mantener el tipo en materia de cazas, pero que tenía entre ocho y diez veces menos capacidad de bombardeo que la aviación nacionalista. Otro factor a tener en cuenta era la intención de algunos oficiales republicanos de debilitar el asfixiante monopolio que tenían los soviéticos sobre su aviación. Así es como aviones diseñados para el ecosistema aéreo comercial norteamericano se encontraron en una base aérea de circunstancias en Valdepeñas (Ciudad Real) en los primeros días de 1938.

En su primera misión, un bombardeo sobre Pozoblanco (Córdoba) la llamada “Escuadrilla Vultee” apenas pudo superar las cumbres de Sierra Madrona, que no es precisamente un Himalaya. La unidad de bombarderos improvisados sufría tantas averías que rara vez podía responder a las continuas demandas de misiones que le hacía el Ejército de Extremadura y el de Andalucía. El tren de aterrizaje resultaba débil para los duros terrones de los campos de aviación manchegos, faltaba la gasolina especial de alto octanaje que necesitaba el avión y no había piezas de recambio: los repuestos se obtenían de dos Vultee que resultaron dañados al caerles encima un hangar.

Las órdenes del mando a los Vultees eran por lo general localizar concentraciones de fuerzas enemigas y bombardearlas, y en caso de no poder llevar esto a cabo buscar el siguiente blanco más fácil, es decir, las poblaciones situadas en la linea del frente. Muchas veces, los bombarderos improvisados eran incapaces de encontrar las concentraciones de tropas y camiones que eran su objetivo principal, y terminaban soltando las bombas sobre los compactos caseríos de los pueblos andaluces, como Baena o Porcuna, donde la media tonelada de bombas que podía cargar el aparato podía causar muchos daños entre la población civil. Al final, la efectividad de la unidad de Vultees resultó ser “prácticamente nula” [1]. Los aviones procedentes de la ayuda soviética seguían siendo los únicos de contaban para la guerra, con las consecuencias políticas previsibles.

Para mayor escarnio, en el mismo momento en que la aviación republicana intentaba usar los Vultees V-1 como bombarderos improvisados, en la Unión Soviética se estaban fabricando unos aparatos de la categoría “aviones de asalto blindados” destinados a sustituir a los Polikarpov R-Z que no eran más que Vultees V-11, la versión militar del Vultee V-1. Al final, el modelo no gustó a los soviéticos, pues resultaba lento y mal remontador, y se abandonó su fabricación a finales de 1938, pasando los 36 ejemplares fabricados a Aeroflot. Según parece, los soviéticos estaban más interesados en las técnicas manufactureras Vultee de chapa de duraluminio moldeada que en el avión en sí [2].

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[1] OLLER GARCÍA, J.: La escuadrilla Vultee en Valdepeñas. Aeroplano (19 2001)
[2] ANDERSSON, LENNART: Soviet Aircraft and Aviation 1917-1941. Putnam ( 1994)

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