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Breguet 19 del Servicio de Aviación del Ejército, Escuadra Nº 1, Asturias, Octubre de 1934.

 

En declaraciones a la prensa internacional que hizo a comienzos de 1937, más o menos cuando la caída de Málaga, Franco resumió geográficamente la tarea que le quedaba al Ejército Nacional en su conquista de España. En aquellos días Extremadura y Andalucía Occidental, teritorio enemigo, ya estaban en sus manos, así como el alto valle del Ebro, el valle del Duero y Galicia, zonas éstas por lo general adictas al Glorioso Movimiento (Andalucía oriental había sido simbólicamente dominada gracias al control de Granada ya de desde Julio de 1936).

En primer lugar, vino a decir Franco, había provincias que ya pertenecían de corazón a la España nacional, pues habían votado a las derechas en las elecciones precedentes, como era el caso de Santander, Castellón o Cuenca. Cataluña y Valencia, regiones ricas, eran por lo tanto naturalmente de derechas. El País Vasco, católico y conservador, mantenía una alianza contra natura con la República. Sorprendemente, el general vino a decir que toda la Hispania parecía rendida al Ejército Nacional… salvo un puñado de irreductibles astures. “Tan sólo el proletariado asturiano, envenenado por doctrinas marxistas y extremistas, presenta verdadera oposición al Glorioso Movimiento” vino a decir el Caudillo.

Franco no se refería a los burgueses de la calle Uría de Oviedo, ni a los aldeanos de Somiedo, sino a los terribles obreros asturianos de los Valles Mineros, especialistas de la subversión, insurrectos en 1917 y en 1934. En esta última ocasión, el mismo Franco había dirigido las operaciones de contra insurgencia. La revolución de Asturias de octubre de 1934 fue una buena oportunidad para que los militares españoles aprendieran en la práctica lo que sería una guerra contra la gente de la consigna UHP (Unión Hermanos Proletarios) en armas.

Los resultados preocuparon y tranquilizaron por igual a los militares. Por el lado malo, quedó demostrado que las concentraciones numerosas de trabajadores eran peligrosas, especialmente si conseguían armas. Esto colocaba en alerta roja, además de los valles mineros de Asturias, a la ría de Bilbao, el bajo Llobregat, la costa levantina, el Bajo Guadalquivir y Madrid (en menor grado). Secundariamente, podrían presentar problemas muchas concentraciones puntuales de trabajadores organizados, como los mineros de Peñarroya, los constructores de presas como Ricobayo en Zamora o la Cuerda del Pozo en Soria o los estibadores de puertos importantes como La Coruña.

Por el lado bueno, se demostró que las unidades militares profesionales no tenían muchas dificultades para derrotar a las masas revolucionarias. Si estas unidades incluían cuerpos especializados en el movimiento rápido por territorio enemigo, como las tropas coloniales con el apoyo de la aviación, las improvisadas milicias de trabajadores no tenían nada que hacer.

En Asturias se utilizó con éxito este sistema. Los aviones que bombardearon a los sediciosos eran Breguet 19, pues de todo el inventario de la aeronáutica militar española, el Breguet 19 (sucesor directo del Breguet 14, de incesante actividad en Marruecos) era el único apropiado para el control de poblaciones hostiles. Los aviones del Gobierno, siguiendo la táctica clásica de la aviación colonial, lanzaron proclamas sobre la zona minera y Mieres conminando a la rendición y amenazando con fuertes castigos si así no se hacía:

“Rebeldes de Asturias, rendíos. Es la única manera de salvar vuestras vidas: la rendición sin condiciones, la entrega de las armas antes de veinticuatro horas. España entera, con todas sus fuerzas, va contra vosotros, dispuesta a aplastaros sin piedad, como justo castigo a vuestra criminal locura.

La Generalidad de Cataluña se rindió a las tropas españolas en la madrugada del domingo. Companys y sus cómplices esperan en la cárcel el fallo de la Justicia. No queda una huelga en toda España. Estáis solos y váis a ser las víctimas de la revolución vencida y fracasada.

El daño que os han hecho los bombardeos aéreos y las armas de las tropas son nada más que un triste aviso del que recibiréis implacablemente si antes de ponerse el sol no habéis depuesto la rebeldía y entregado las armas. Después iremos contra vosotros hasta destruiros sin tregua ni perdón. ¡Rendíos al Gobierno de España! ¡Viva la República!”

(ABC, 13 de octubre de 1934).

No eran amenazas vanas. El día anterior (11 de octubre) los aviones habían bombardeado la plaza del ayuntamiento de Mieres, dejando detrás 16 muertos y docenas de heridos.

“La aviación coopera en las operaciones de represión. Ella jugó en la contienda la carta definitiva. Bombardearon sin piedad la zona insurrecta. Rompen las comunicaciones entre los centros mineros y la capital. El tráfico hay que realizarlo de noche para eludir los efectos mortíferos de sus ataques”.

(Extracto del libro de Manuel Villar, El Anarquismo en la insurrección de Asturias. Fundación Anselmo Lorenzo)

Después de este ensayo general de la guerra civil que supuso Asturias, las líneas generales de la sublevación militar quedaron mucho más claras. Para empezar, quedó absolutamente claro que la época de los pronunciamientos militares clásicos e incruentos, basados en el prestigio de un general que desencadena una reacción en cadena desde un punto clave, como el de Primo de Rivera (1923, Barcelona, exitoso) y Sanjurjo (1932, Sevilla, fracasado) habían pasado a la historia. El alzamiento sería sangriento, y no desembocaría en una guerra civil si las cosas iban mal, sino que sería una guerra civil desde el principio.

En 1935, el Ejército organizó unas aparatosas maniobras disuasorias en Asturias, durante las cuales se desalojaron varias aldeas y se utilizó fuego real. En julio de 1936 los militares sabían que no tenían ninguna posibilidad en la zona central e industrial del Principado, pero una actuación de camuflaje extraordinariamente hábil del coronel Aranda consiguió desviar a Madrid una amenazadora columna de mineros que avanzaba sobre Oviedo y conservar la ciudad para el Alzamiento.

 

 

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