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Un Farman F.50 Gigante de en Marruecos, circa 1920.

 

Tras la visita a Madrid de un ejemplar del F.50 en mayo de 1919, el Ejército compró tres o cuatro unidades y las envió a África. Allí demostró no estar adaptado a las condiciones de la guerra aérea colonial, pues resultaba demasiado grande y complejo para los estrechos campos de aviación y los rudimentarios servicios mecánicos disponibles.

No obstante, sirvió para que los militares españoles dieran un paso más en la dirección de la guerra total contra los cabileños: los bombardeos nocturnos. Bombardear de noche, cuando el espiritu está más desguarnecido, añadía un grado más a la commoción y pavor que las fuerzas aéreas pretendían provocar entre los cabileños. En términos militares, estos bombardeos “mantendrían… la intranquilidad de las cabilas, cuyo castigo constituye el propósito de aquella actuación”. A la noche se unió un nuevo instrumento de terror: los gases tóxicos. En mayo de 1922, el coronel Jefe de Estado Mayor anunciaba la llegada de aviones para los bombardeos nocturnos y de bombas de gas, “que convendrá lanzar poco antes del amanecer”.

Con el fin de sacar el mayor partido a los bombardeos nocturnos con gases tóxicos, el coronel pide que el servicio de información precise “el lugar donde duermen los enemigos reunidos en harkas, detallando si es el mismo que ocupan durante el día o [si] se reparten por los aduares más próximos” (1). Poco antes del amanecer es la hora más fría de todo el día, lo que permitía concentrar los efectos tóxicos del gas, evitando la rápida dispersión en la atmósfera que tendría lugar si se bombardeaba con el sol más alto y más calor.

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(1) LÁZARO ÁVILA, C.: Las primeras acciones nocturnas de la aviación militar española (1919-1924). Aeroplano (15 1997)

 

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